Benjamín

Es noche ciega ahí afuera, pero se presiente el próximo amanecer que viste de luces a la madrugada. Me pongo a escribir a deshora porque me pide el cuerpo rebobinar en el tiempo hacia unos años de ilusiones, ensoñaciones e incertidumbres, en los cuales aparece la desgalichada figura de un adolescente sin pelo de barba subiendo  por la acera de los impares de la Gran Vía madrileña (entonces avenida de José Antonio), para detenerse en el número 11, tomar un herrumbroso ascensor de cancela de hierro repujado con puerta interior de doble hoja y subir hasta el quinto piso, donde una vieja vivienda se ha convertido en la redacción de una revista taurina: Fiesta Española. Lleva el ilusionado jovencito una carpeta bajo el brazo que porta la feble mercancía de unos dibujos hechos a plumilla, aquellas viejas plumillas que se mojaban en los tinteros enanos y achatados de tinta china, cuando los años sesenta del siglo pasado estaban a punto de partirse por la mitad. Iba a vender esa mercancía por lo que fuera, porque estaba tieso  como una regla y necesitaba unas perrillas, para ir tirando: pagar el Metro, algunos libros imprescindibles para abordar la inminente aventura universitaria y poco más. Fue varias veces, casi todos los lunes de la temporada taurina, que era “el día después” de una tarde de toros en Madrid, y allí los dejaba: cuatro o cinco escenas de lo sucedido en Las Ventas y un pequeño comentario en el reverso. Los dejaba en depósito, en aquél improvisado “monte de piedad”, con la esperanza de que el próximo número de la revista tuviera el arrebato de publicar las obras de un aprendiz de todo, un autodidacta que, de momento, quería emular –¡qué pretencioso!—al maestro Antonio Casero y sus dibujos en el semanario El Ruedo o  el diario ABC. Hasta que, por fin, apareció, ocupando media página, un collage, por él firmado, que relataba la cogida de Emilio Oliva, “en cuatro momentos”. Era el relato gráfico del percance gravísimo sufrido por el padre de la dinastía torera de los posteriores años 80, un chiclanero modesto y valentísimo que casi se deja la vida a la luz de los focos de la Monumental de Madrid, el día de su confirmación de alternativa. El torero casi se desangra sobre la arena  y casi se muere en la cama de un cuarto del Sanatorio de Toreros, al punto de casarse in artículo mortis, con su novia; y al dibujante ilusionado, casi le da un síncope, de alegría. Dos casis, bien diferentes. Y dos cobros, también, diametralmente opuestos, el uno precipitó la desilusión por la merma de facultades y el otro avivó la esperanza, tomó impulso su verdadera vocación y cobró en especies: veinticinco pesetas.

Como habrán adivinado –y si no, se lo aclaro–, el mocito de marras es el firmante de estas líneas. Revivo aquellos años de mi arribada a “los madriles” y pormenorizo en el suceso relatado porque fue mi primer contacto, digamos, formal, con el periodismo taurino y porque entonces conocí a Benjamín Bentura Remacha, si por conocer se entiende el reojo que echaba al despacho del director de la citada revista taurina, abroquelado como estaba tras una mesa de considerables dimensiones. Debo reconocer que, por aquellos años, yo leía Fiesta Española y me encocoraba el anticordobesismo de Bentura Remacha. Yo era del Benítez porque sí, porque me daba la gana, y porque era el nuevo ídolo de masas, más allá de lo puramente taurino; pero me “reconcilié” con  él –con el jefe—después de leer su crónica del gran triunfo de El Cordobés  en la Plaza El Toreo, de México. Recuerdo que escribió: “debo reconocer que toreó con un temple extraordinario”… Desde entonces, en mi más recóndita intimidad, hicimos las paces.

En puridad, jamás tuve contacto alguno con Benjamín, más allá del puramente visual. Corriendo el tiempo –mucho correr, más de veinte años—lo encontré en los corrales de la Plaza de Zaragoza y le saludé con el respeto reverencial que siempre le tuve. Pero no le hice la más mínima referencia al pasado. Fue él quien me sorprendió años después con la fotocopia del collage de marras, en la seguridad de que me iba a dar una gran alegría. Lo acepté de buen grado, pero le aclaré: “Lo tengo. Encuadernado en uno de los tomos de Fiesta Española”. En ese momento, creí adivinar en su rostro un ligero rictus de melancolía.

Una melancolía que también me embarga esta madrugada, porque anteayer murió en Zaragoza Benjamín Bentura Remacha. Y bien sabe Dios que lo siento. He dudado en escribir sobre él porque también siento una especial prevención o reticencia hacia los obituarios, aunque es bien cierto que los he tenido que pergeñar con demasiada frecuencia. Me cabrean los elogios gratuitos, apoyados en una sensiblería necrofílica. Habla la gente de la gente sin tener pajolera idea acerca del triste protagonista de quien habla. Sin embargo, me decido a ponerme ante el teclado porque quiero manifestar ahora lo que en silencio y desde la distancia siempre sentí por Benjamín: admiración y respeto. Nunca lo supo, pero he leído algunos de sus libros, concretamente los referidos a Goya y los toros, además de los muy documentados sobre la Fiesta de los años 60, y seguido fielmente sus colaboraciones en la Red, especialmente ilustrativas las referentes a la tauromaquia aragonesa. Excelente escritor, aficionado culto y persona amable. Siendo titulado en Derecho, se refugió en la Diputación de Zaragoza, donde trabajó en calidad de funcionario de carrera, pero jamás dejó de estar al tanto de lo que ocurría por los ruedos del mundo. Fiel asistente a las corridas del coso de la Misericordia, fue el impulsor de que Goya estuviera presente y perenne en el tendido, esculpido en bronce y con papel y pluma en ristre, para tomar apuntes de los Martincho y compañía. Ah, y pionero en contratar a una mujer como cronista taurino: María Pilar, que era como firmaba quien se ocupaba de valorar los festejos dominicales en el coso de Vista Alegre, de Madrid. Entonces se veía poco menos que como una provocación. Una mujer escribiendo de toros, ¡qué barbaridad! Es un detalle más del talante de este hombre, un adelantado a su tiempo, en la época en que reinaba el machismo por doquier, y más en un mundo como el de los toros. Creo que Rhut Porta, que colaboraba como redactora y cronista en El Mundo de los Toros, de Palma de Mallorca (después dedicada a la política en las filas del  PSOE) es posterior a ella.

Quienes tengan compilada la colección de El Ruedo, también podrán leer las crónicas taurinas de su padre, asimismo Benjamín de nombre, firmadas con el seudónimo de Barico. Una de ellas, con ocasión de la actuación en la Chata de Carabanchel de tres toreros gitanos, Gitanillo de Triana  (Rafael), Cagancho y Rafael Albaicín, la escribió Barico en caló. Histórico. Genial.

En esa prolífica fuente bebió su pasión por la fiesta de los toros, el arte del toreo y el periodismo taurino Benjamín Bentura Remacha. Reitero que lo conocí, tangencialmente, en los años de su máximo esplendor profesional, pero después lo traté, sinceramente, en los de su retiro espiritual de la Prensa, aunque no de su inmarcesible vocación por narrar las cosas que pasan cuando el hombre y el toro se ponen frente a frente.

Ha muerto Benjamín, a los pocos días de morir el primer Oliva que pisó los ruedos. Dos nombres que llevo sólidamente grabados en la memoria, porque fueron las primeras referencias con que inicié mi larga andadura por entre las letras y las imágenes taurinas. El respeto y el cariño que ambos me despiertan, bien merece el pequeño desvelo de esta vaga remembranza.