El sudoku taurino y el “bombín” de Casas

Confeccionar una feria –una feria taurina de cierto nivel, naturalmente–, es lo más parecido a hacer un sudoku, ese juego matemático infernal que, tengo entendido, inventaron los japoneses para que el resto del mundo se devane los sesos, tratando de encajar los  números en las casillas correspondientes hasta  dar con la tecla, con la solución coherente y pretendida. Confesión de parte: no he hecho un sudoku en mi vida. Ni tampoco una feria taurina; pero, pero me consta –por estrictas razones profesionales– que ésta última, llevada al rango de máxima categoría, es un verdadero quebradero de cabeza para el empresario.

¡Ah, el empresario! ¡Qué tipo más fácil de vapulear! ¡Qué elemento más indeseable! Los aficionados, que son sus clientes, le ven como un sujeto que tiene la osadía de ir –supuestamente con maligno criterio—contra sus intereses y, también, la indecencia de no dejar a un lado el corolario elemental que debe perseguir el desarrollo de su función: buscar la rentabilidad de su empresa. Dicho esto, en el colectivo empresarial taurino, hay de todo, como en botica. Como en el entramado universal de profesiones y gremios. Los hay malos y buenos, como en las películas del oeste americano, y la mayoría continuadores de una inercia de incierta rentabilidad, secular y primaria, más cercana al trato que al contrato. Menos imaginativa, en suma. Por tanto, sería injusto no reconocer, valorar y alentar, la aparición del ingenio en medio de este mar de tópicos en que sobrenada como puede, desde hace demasiado tiempo, la fiesta de los toros.

Viene esto a cuento del nuevo sistema que ha ideado Simón Casas para confeccionar la feria de San Isidro de este año: el bombo. No el bombo puro y duro de la Feria de Otoño, sino un sucedáneo. Otro bombo. El “bombín”, que es prenda cubrecabezas bien castiza.

Verán: consiste en participar en la tómbola que rifa el trozo del roscón de Reyes supuestamente más exquisito, con sorpresa incluida, a cambio de optar al consumo del resto del pastel, negociando, en su caso, lo que –siempre teóricamente, porque el toro es imprevisible– pudiera ser menos indigesto.

Habrán visto que, respecto a la conveniencia del invento, hay opiniones encontradas. Naturalmente. Y todas ellas muy respetables, vengan de donde quieran. Hay quien opina que las medias tintas son una pamema, poco menos que un engañabobos, quien asegura que las figuras del toreo se han ganado el derecho a elegir, que para eso hicieron un gran esfuerzo en alcanzar tan caro rango. No seré yo quien cuestione tales derechos; pero creo que si de algo adolece esta Fiesta nuestra es de imaginación, de alicientes, de sorpresa. En este tema, el “bombín” de Casas, es el empresario quien se la juega. Si se resiente la taquilla con las ausencias, habrá errado con el novedoso planteamiento; pero si, por el contrario el boletaje gana o, al menos, empata, se habrá dado motivo para seguir alimentando el ingenio.

He esperado a que entrara en acción el ya célebre bombo, para rematar las apreciaciones ya esbozadas en un reciente programa de televisión, El kikiriquí, de Movistar Plus. Ya ven el resultado: a Roca Rey le ha tocado la sorpresa del roscón y le va a meter el diente a la corrida de Adolfo Martín. Menos mal, porque si se lleva la de Juan Pedro no hubiera faltado el pelele que hablara de bolas calientes o algo por el estilo. Qué quieren que les diga, yo estoy encantado. Y sospecho que el torero, también. Y el ganadero, no digamos. ¿No ha sido benéfico este pequeño bombo? ¿No nos ha traído una grata sorpresa?

A partir de este momento, se trata negociar el resto del pastel, donde hay menos nata, menos guinda menos almendra, más mogollón; pero ya veremos qué ocurre con los que se colocaron el  “bombín”, porque lo bueno sería que, para avalar su decisión, alguno se apuntara a otras corridas, signadas con el calificativo de una supuesta dureza. En tal caso ¿qué dirían los escépticos?

Digan lo que quieran, las grandes figuras del toreo lo son porque han demostrado una capacidad excepcional para crear arte en una situación de riesgo. Ah, pero parece ser que solo tiene riesgo el toro que se defiende y quiere destruir la obra del artista. No hay toro de lidia que mate más o mate menos.   Los habrá que presenten más problemas, y entonces habremos de establecer una valoración del valor, la esgrima y la técnica del torero, que es el componente de artesano que tiene todo artista; pero al que suscribe no le cabe la menor duda de la capacidad de quienes han alcanzado las más altas cotas de prestigio y cotización para afrontar todo tipo situaciones, por intrincadas que sean. El último ejemplo lo tienen en Castella, que ha pedido la corrida de Miura como segunda actuación en la feria de abril de Sevilla.  En el fondo, los toreros que son figuras eligen el ganado que mejor se adapte a su concepto del toreo, el que supuestamente les “garantice” el triunfo; y los que no lo son, aspiran a que ese sobreesfuerzo les permita dejar la batalla campal del día a día para confortarse con la embestida de ese otro toro que “garantice” demostrar su calidad artística. No conozco torero que toree de salón ensayando suertes para defenderse del toro. Todos sueñan con interpretar ante los cuernos de verdad las bellas composiciones que ensayan ante los del carretón.

Por eso voy a favor del sorteo, “puro” o “impuro”. Necesitamos algo que inquiete, más allá de las inefables críticas a las presencias y ausencias. Que cada cual juegue con la suerte fuera del ruedo, antes de jugársela dentro de él, frente al toro. Lo cierto es que, antes de conocer el desenlace del “bombín”, el invento era tema cotidiano de conversación… y discrepancia, y después de conocido se han disparado las expectativas. Ganador, sin duda Simón Casas, que ya le estará dando vueltas al bombo siguiente de esta misma temporada.

Tengo mis ideas al respecto,  pero me las callo, porque no soy empresario taurino, ni Dios lo permita. Soy consciente de que, como señalo más arriba, el engranaje de una feria taurina de alto bordo le pone a quien se mete en el lío la cabeza como una devanadera. O, mejor, como un bombo. En este caso, ha sido el “bombín” quien ha propiciado la expectación, a expensas de lo que resulte de posteriores negociaciones, para cerrar las combinaciones de toros y toreros. Es una tarea farragosa –muchas veces ingrata, créanme—en la cual, el empresario habrá de conjugar nombres y cifras en cada cartel. Veremos qué sale de todo esto, pero no descarto que haya más sorpresas.

Al final, todo es cuestión de que cuadren los números, cada cual en su casilla. Como en el sudoku.