La Fundación y Victorino

Hace ya un cuarto de siglo que avizoramos el peligro que acechaba a nuestra sociedad desde un cuerpo de ataque sumamente activo, de creciente efervescencia, una tropa bien aprovisionada por la novedosa intendencia que aportan las redes sociales y por el protagonismo que ha ido adquiriendo la soldadesca alistada en el ejército “anti”, una tropa más numerosa y mejor dotada de armamento y entrenada de lo que pudiera parecer. Los “antis”, por definición ideológica, se dividen en dos: los que van contra algo y los que van contra todo. Los primeros, focalizan su mapa de acción en determinadas disciplinas de los colectivos humanos, sus usos y costumbres, la organización de las instituciones del Estado para la  gobernanza de los pueblos, etcétera, y los segundos van, simplemente, contra la aldea global en que cohabitan, muy a su pesar: son los “antisistema”, dinamiteros alistados en la contra permanente. En cualesquiera de ellos, tienen cabida los “anti-taurinos” actuales, tomadores del relevo de ese flanco beligerante y opositor perpetuo al que la Tauromaquia ha tenido que enfrentarse por los siglos de los siglos, casi siempre con  “incierto acierto”, por no decir precario.

Las cosas iban tomando tal cariz de negrura y alcanzando tal nivel de hostigamiento a la fiesta de los toros, que esa maquinaria de engranajes enquistados en su propio dentado que llaman los “estamentos” tensaron las orejas hacia arriba y se llamaron a filas, con celebrado toque de rebato. Lo malo fue que las supuestas cohesiones fraternales resultaron ser una filfa oportunista. Un trampantojo sin consistencia. No sirvieron para defender la bondad, verdad, belleza, historia y razón de ser de la Tauromaquia, sino para articular mecanismos de autodefensa, cada cual con la artillería de sus propios intereses. Aquello de la CAP fue un caos y los melifluos inventos que la sucedieron  murieron por inconsistencia, de tal suerte, que se hacía necesaria la creación de un Organismo cabal, serio, responsable y prestigioso, que tomara las riendas de un asunto tan conflictivo como trascendental para el futuro de este patrimonio cultural inmaterial tan nuestro, inmerso como está en una disyuntiva de futuro difícilmente predecible. Para todo esto, se precisaba  algo más que un lobby  creíble: había que encontrar un líder.

Mira que le hemos dado vueltas al asunto y nadie era capaz de dar con la tecla; pero, ¡albricias!, tengo la certidumbre de que, esta vez, el Organismo, lobby o como quieran llamarlo, ha encarrilado en la vía correcta y el líder es un maquinista excepcional.  Aquél, es la Fundación Toro de Lidia y éste, Victorino Martín García.

Debo confesar que, en un principio, cuando se fundó la Fundación me eché en brazos del escepticismo. En esta olla hirviente de la Fiesta, meter la cuchara o hacerse ingrediente es el oscuro objeto del deseo del arribismo o el postuero. Pero, no. Victorino ha logrado rodearse de un espléndido grupo de colaboradores, la actividad es frenética y los resultados no han tardado en presentar su mejor cara. Con él, la Tauromaquia se ha hecho respetar, recurriendo a los tribunales de Justicia para lograr castigar las salvajadas de tuiteros carroñeros y demás gentuza más o menos apócrifa que circula por los vericuetos de la Red, enseñándoles que la impudicia o desvergüenza tenebrosa, el insulto, la difamación y la protervia como herramienta de uso común, tienen punición ante la Ley. Y que las leyes, también son de obligado cumplimento para las administraciones públicas, motivo por el cual, quienes las infrinjan tendrán su adecuada sentencia condenatoria, con las responsabilidades de todo tipo a que hubiere lugar. Por último, Victorino y un pequeño grupo de intrépidos fajadores (entre ellos Paco March, que es un empecinado luchador en arriscadas lides) han emprendido viaje a Cataluña, para pedirle al alcalde de Olot (Gerona) la venia para organizar corridas en la plaza de toros de propiedad municipal, ateniéndose a la legalidad vigente. Todo esto ya está  en el haber de la Fundación, porque la Fundación funciona y porque su líder ejerce como tal.

A Victorino se le han unido un grupo de asesores, comisionados, protectores, benefactores y amigos que forman la estructura básica de la Fundación. En este último grupo, el de “amigos”, es obligado hacer especial hincapié, pues es muy necesaria una pequeña aportación crematística, entre profesionales y aficionados, para que este Organismo no sea excesivamente oneroso, principalmente para quienes trabajan en él. Al presidente no le gusta que se sepa, pero yo hago público que Victorino Martín García está pagando de su bolsillo gran parte de los continuos viajes que emprende para hacer un ejercicio de empeñoso proselitismo en favor de la Tauromaquia por toda la geografía peninsular. Son constantes. Un no parar. Ayer mismo, a Valladolid llegó acompañado de Espartaco y Cristina Sánchez, que son estrechos colaboradores, a todos los niveles, y hoy se va con el torero de Espartinas a  Pontevedra. Tampoco es nada del otro mundo: 20 € ¡al año!, los menores de 26 años y 50 € ¡al año! los de mayor edad. Cristina hubo de recordarlo al final de un  espléndido acto, organizado por la Federación  Taurina vallisoletana, con el Teatro Zorrilla lleno hasta las trancas.

Es imprescindible enviar un  mensaje a los públicos que acuden a las plazas de toros y a quienes intervienen de forma directa en los espectáculos taurinos  para que se hagan “amigos” de la mejor causa que se ha emprendido en  defensa de la Tauromaquia en toda su historia. Tenemos la gran suerte de contar con la generosidad y filantropía del propietario de la ganadería que atesora el más alto prestigio entre las de su género, el toro de lidia. Victorino Martín es también el mejor embajador de esta Fiesta nuestra, que necesita una mano de pintura anti-antituarinos y otras varias capas en los distintos sectores que la integran. Su voz, en magistral conferencia, ha sonado en el Senado de España con el tono grave, poderoso y firme que imprimen a la oratoria los que tienen razón. La Fundación y Victorino, cabalgan juntos, ganando, paso a paso y golpe a golpe,  en credibilidad y eficacia. Ayudémosles a ambos con nuestro apoyo. Hay que hacerse amigo de lo que es bueno, saludable y enriquecedor. Hay que hacerse “amigo” de la Fundación. En cuanto llegue a Madrid, me haré. De Victorino, para fortuna mía, ya lo soy, desde hace muchos años. Per saecula saeculorum. Amén.