¡Han secuestrado a Guerrita!

Entre ese revoltón de hechos teñidos de dolor, rabia o dramatismo que nos sirve esa despensa de sucesos en que se ha convertido un país llamado (de momento) España, para el abasto de la información diaria en prensa, radio, televisión y redes sociales, extraigo de estas últimas una noticia que se ha servido envuelta en el débil celofán de lo inaudito y servido en el plato de lo anecdótico; en consecuencia, escaqueada o desechada, por fútil, del mínimo espacio en los citados soportes anteriores: en Córdoba, han secuestrado a Guerrita.

Las crónicas de telefonía móvil, páginas web o portales de todo tipo se hacen eco del suceso, a sabiendas de que estas lenguas virtuales de portería, a veces, causan mayor impacto que las tradicionales de papel, altavoz y pantalla, lo cual se traduce en una llamada a la atención colectiva a las gentes del mundo, con la esperanza de que la causa-efecto de estos gigantescos órganos emisores, tantas veces nido de falsedades, groserías y matonismos, tengan esta vez certera  operatividad y se alcancen resultados positivos, esto es, dar con los secuestradores y hacerles pagar la fechoría.

Leen esto las gentes del mundo, ajenas a cuestiones de ese otro mundo tan  esotérico que es el taurino, y pensarán, ¿qué nos importa a nosotros el Guerrita ese?, pero no tienen razón: ese personaje secuestrado no es persona de carne y hueso, sino relieve en bronce. Fue torero, sí; pero un torero muy especial, genial, irrepetible. Extraído de la intrahistoria de la España de Antonio Machado, “devota de Frascuelo y de María”, pero, indiscutiblemente, un fenómeno social de aquella época. Un especialista en batirse ante los toros bravos y de convivir con las convulsiones tremendas del país de ese tiempo, practicando, dentro y fuera de los ruedos, la filosofía parda de los tipos iletrados, pero de magín despierto Todo un personaje, profundamente cordobés, que es la tierra de Séneca y Averroes.

A Rafael Guerra, Guerrita, le tenían perpetuado, físicamente, en un parterre. Encastrado en doble roca y rodeado, supuestamente de un pequeño óvalo ajardinado. Lo pusieron allí, en la esquina de Molinos Alta con Colón,  en tiempos del alcalde Julio Anguita y lo han quitado sus correligionarios munícipes de este tiempo. Supuestamente de forma provisional, lo trasladaron hace ya unos cuantos meses, a la sordidez de una nave industrial que sirve de almacén de sus cosas a la Delegación de Fomento de la Junta de Andalucía, mientras se realizaban las obras del acondicionamiento urbano de la zona. El parterre y las rocas, han vuelto, pero el busto ha desaparecido… y nadie sabe cómo ha sido.

Insisto en que esto no debe ser un robo, sino un secuestro. Alguien ha querido  para sí la imagen del genio cordobés y lo tiene bien amarrado, en lugar desconocido. Si yo fuera el teniente Colombo de la vieja tele, o similar, iniciaría pesquisas en dos direcciones: entre  la gente de coleta que profesa una filia taurina desmesurada a sus héroes de leyenda y entre la que practica la fobia antitaurina, no menos disparatada, en algún caso, muy próxima al filibusterismo de otra coleta. Por ahí van los tiros.

El caso es que Guerrita y Córdoba han perdido parte de ese tálamo sentimental que durante tantos años  compartieron, entre ruidos, soles, aguas y dióxido de carbono. El gran Rafael estaba muy bien instalado, al lado de la acera de su nombre y mirando a lo que fuera sínodo permanente de su obispado taurino, aquél Club, desde el cual, pasaba revista a todo quisqui, donde sentenciaba el presente de cara al futuro, evocaba sus tardes felices y no dejaba títere con cabeza, mientras le escuchaba arrobada la curia permanente e insensible a su proverbial altanería, tantas veces rayana en la insolencia, incluso ante personajes de la más alta alcurnia; porque allí, desde su solio, pegado al ventanal de Gondomar, recordaría la fase que le espetó al mismísimo rey de España, Alfonso XIII, cuando quiso lisonjear en una cacería el reverso púrpura de su capa de terciopelo y le aseguró que parecía un obispo. El Guerra le corrigió: “Majestad, en el toreo yo he sido el Papa”.

Pues, bien, ese Papa taurino ha sido privado de su presencia morena en bronce, recordatorio sentimental de los cordobeses, en general. Lo han desmontado de su soporte rocoso, lo habrán depositado en cualquier rincón de una fría nave de polígono industrial y lo habrán dejado de la mano de Dios, que es la única que permitía el colosal torero que le pusieran encima.

La desidia, la ignorancia o la ignominia, puede que impulse a algún desaprensivo a tirarlo a un Punto Limpio, que sería la más sucia jugarreta de todas, pero no creo. Sigo en mi tesis del secuestro. Lo tienen escondido, tapado tras algún mobiliario desechado de Ikea o vaya usted a saber dónde. En cualquier caso, humillado. Y la humillación, es el único estado que no permitiría jamás Guerrita, ni siquiera muchos años después de muerto. Córdoba, por tanto, tampoco lo debe permitir. Y cuando digo Córdoba, englobo a toda la ciudadanía cordobesa, no sea que por este ramalazo antituarino tan de moda acaben quitando la de Manolete, por cuestiones de aconfesionalidad del Estado retiren las de San Rafael o por antibelicismo la del Gran Capitán. A la vista de la corriente “ista” que asuela España, cualquier cosa.

Como tengo también noticia del ímprobo esfuerzo que está realizando el torero cordobés José Luis Moreno (concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento)  por restaurar este estropicio, y el escaso apoyo que está recibiendo de sus colegas con asiento en los Plenos municipales, así como de otras instituciones de rango autonómico, insto, desde este modesto rincón digital y periodístico, a la señora alcaldesa, doña Isabel Ambrosio, a que ponga en marcha la maquinaria pertinente, o apele a superiores instancias, para dar con los secuestradores y el secuestrado, reinstalando el busto de Guerrita en el lugar de origen. Una afrenta de este calibre no puede mantenerse encogiéndose de hombros o contentando a los apoyos afines para la gobernanza municipal. No es una cuestión puramente taurina, sino histórica.

Sería penoso, que, con el correr de los años, volviera a tener vigencia la famosa frase del irrepetible torero, con ocasión de otra retirada, la suya y definitiva de los ruedos: No me voy, ¡me echan!