Izquierda y derecha

Desde que el mundo es mundo, es decir, desde que el mundo se muestra a los ojos de historiadores y antropólogos como el lugar en que se reúnen los individuos que utilizan el pensamiento para configurar lo que llamamos Sociedad, la política juega la baza fundamental. La política es –dicen—una ciencia; la que trata de ordenar la convivencia entre los colectivos humanos. En este mundo nuestro, pues, todo es política.  ¿Qué sería de nosotros sin la política? Probablemente, la reedición de trogloditismo.

Hace más de medio siglo, Ramón Pérez de Ayala escribió un célebre artículo titulado Política y Toros, en el cual, hace un memorable repaso, en clave taurina,  a la psicología del pueblo español, haciendo hincapié en “este placer de disputas y quimeras, aversión a la mesura y horror a la verdad real y comprobable, todo esto lo lleva consigo el aficionado a los toros a las demás manifestaciones de la vida social y política/… y no hay dos españoles que hablen apaciblemente arriba de cinco minutos”.

La cita encuentra su cabalidad en el ambiente de tensión política que vive España en estos momentos, a raíz de los resultados de las elecciones autonómicas celebradas en Andalucía, una de las tajadas geográficas más importantes del país, gobernada desde hace más de tres décadas por los socialistas. O sea, la izquierda. Después de casi cuarenta años, los andaluces han votado cambio, y han ganado los partidos que se alinean al otro lado del escenario político. O sea, la derecha. Cambio de planes. Nuevos tiempos. ¿Qué hay de malo en ello?, dirán los observadores pacíficos y bienintencionados que se asoman al balcón de la lógica desde fuera de nuestras fronteras. Pobres incautos, no saben lo que es este país. Además de Pérez de Ayala, lo sabían bien Antonio Machado: Españolito que vienes al mundo/te guarde Dios/una de las dos Españas ha de helarte el corazón o José Ortega y Gassett: ¡No es esto, no es esto!,  cuando vio el cariz que tomaba la llegada de la segunda república. Aquí la democracia, si falta hiciere, se impone por la fuerza, que es el contrasentido más flagrante y contaminador que puede darse en el ideario fundacional del demos-kratós de la antigua Grecia.

Como es de sobra sabido, las derechas y las izquierdas no son más que una derivada anecdótica de la visión posicional de dos opciones políticas en la Asamblea Francesa, recién salida de la Revolución de 1789: a la derecha del presidente, los burgueses girondinos, a la izquierda, los menos afortunados jacobinos (perdón por la simplicidad), es decir, las clases más acomodadas y las más populares, respectivamente; un sistema democrático basado en el constitucionalismo y en la libre expresión, mediante el sufragio universal. En las plazas de toros (al fin y al cabo parlamento, ágora o foro a cielo abierto de libre expresión), también se puede observar la división social del solysombra y la disposición de las localidades y sus carestías, en función de su ubicación; pero los pañuelos (los votos) valen lo mismo cuando se trata de justipreciar lo que ocurre en el ruedo, donde el torero ha tenido que torear con la derecha y la izquierda.  

A este respecto, me permito recordar la anécdota (mal contada en su día por José Bono a Eduardo Zaplana en un previo de corrida, emitida por el Canal de televisión Vía Digital), en la que se hacía un remedo político-taurino de un hecho cierto que me parece oportuno ordenar en este  momento: A raíz de la llegada de la dictadura de Primo de Rivera (septiembre de 1923), el crítico taurino César Jalón, Clarito, recibió de la Censura de aquél tiempo un sobre a su nombre, en cuyo interior había un “altavoz” –sección sin firma creada por los nuevos propietarios del periódico El Liberal, y, efectivamente, suyo–  dedicado al dictador, que días antes había manifestado su desazón por ser acusado de “derechista”. Su razonamiento era tan simplón como ingenuo: “es como cuando se torea. Si se hace bien, ¿qué más da torear con la derecha o con la izquierda?”; a lo que Clarito respondió en otro “altavoz”: “Olvida el general, con ser andaluz y, por tanto, aficionado, que para torear con la derecha hay que apoyarse en la espada”.

Por tanto, no es nueva la consideración de que, políticamente hablando, todo lo que no esté a la izquierda –y si es izquierda radical, mucho mejor–lleva implícito el estigma del autoritarismo, cuando no la violencia. Es una falsedad absoluta y tremenda. La historia de  los pueblos está llena de sucesos terribles, invasiones, genocidios y guerras civiles de ingrato recuerdo, pero de imprescindible espacio en la memoria de las gentes. De un lado… y de otro. Izquierda-derecha-derecha-izquierda, un dos… nos decían en la mili para marcar el paso de aquella ingenua y primeriza tropa, mandada por un sargento chusquero. Pues así ocurre en la vida real. Los políticos elegidos por el pueblo para que gobiernen democráticamente nos marcan el paso, solo que en esta época nuestra, la de ahora mismo, algunos de esos dirigentes, en cuestiones de inteligencia, cultura y capacidad legislativa,  no llegan al rango jerárquico de cabo primero. Y están ahí, en la pomada, unos abrazados a la ideología, otros a la espera de que les marquen el paso.

El resultado de las elecciones andaluzas ha causado un verdadero terremoto, del que no se ha librado la fiesta de los toros. Una fiesta que, para muchos –especialmente bajo el prisma de la izquierda–, es un espectáculo esencialmente derechista, mucho más en este instante, con la irrupción avasalladora de  Vox en las urnas, un partido cuyo más grave pecado consiste, precisamente,  en denunciar el camino errático del stablishment político actual, plagado de supremacismos, separatismos, entreguismos ruborizantes, estúpidas complacencias o los placebos provisionales que otorga una recién llegada al poder de la nueva izquierda –a la que llama “boba”Alfonso Guerra— que se ufana de exhumaciones y se pavonea en despachos y recepciones a contrarreloj.

Es la izquierda que, según el escritor francés  y taurino de pro Jean Cau  (secretario que fuera del filósofo y existencialista  Juan-Paul Sartre) abriga en su corazón un democrático horror a la violencia. Y de toros, nada. Es más, el actual presidente del gobierno (del PSOE) ha manifestado que jamás le verán en una plaza de toros, mientras en el programa ideológico de Podemos ya se habla abiertamente de prohibir las corridas y demás espectáculos taurinos.

Mirando para el toro lado, Ciudadanos, que en el tema taurino no sabemos a día de hoy si es carne o pescado, si es partidario o no, si comulga o excomulga; parece estar detrás de la mata, a ver qué pasa y por dónde tira. El Partido Popular, desde luego se muestra menos alambicado, pero también timorato; es, de los tradicionales, el que parece estar más por la labor de meter el hombro.

En cualquier caso, aquí todo el mundo se olvida de que existe una ley aprobada por el Parlamento que obliga a las administraciones públicas a apoyar, mantener y fomentar el patrimonio cultural inmaterial que representa la fiesta de los toros. ¿Es que nadie va a denunciar a quienes no solo no la cumplen, sino que descapitalizan, coartan y marginan impunemente a la fiesta de los toros?

El partido político Vox, de Santiago Abascal, en cambio, ha cogido el toro por los cuernos y se ha comprometido hasta el cuello con la Tauromaquia. Sin ambages. Pero es, según la izquierda –toda la izquierda,           que conste— el muladar del país. El coco. El lobo. Caca, culo pedo, pis. Así que los más radicales de izquierdas, estimulados por las arengas de ese demócrata ejemplar que es Pablo Iglesias,  se han echado al monte,  instalado en las barricadas, junto al contenedor de basura incendiado, pronunciando  gritos democráticos que hablan de mutilaciones horripilantes a quienes no piensen como ellos. No le gusta a Iglesias el reparto de cartas y cómo le ha salido la jugada, así que ha tomado la decisión de romper la baraja. Iglesias, de momento, no habla de quemarlas (las iglesias, no las cartas). Cada cual que saque sus propias conclusiones, pero todo esto es una realidad palpable e  incontestable.

Así está el patio en España cuando hoy se celebra el aniversario de la Constitución que abrió uno de los periodos más prósperos y felices de este país. Claro que, entonces, había otra izquierda, a la que votamos con ilusión y otra derecha, que también votamos  mayoritariamente y cumplió con las expectativas.

Al final  va a tener razón el canciller alemán Otto von Bismarck, si es verdad que dijo que España es la nación más fuerte del mundo, porque siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. Quietos hasta ver…