El contexto y la corrida de los puntos finales

Si hay algo circunstancial, tan inaprensible como inapelable, que nos acompaña permanentemente en los actos de nuestra vida es el contexto. El contexto, no se define, se palpa; nos lleva de la mano, de acá para allá, condicionando –a veces, alterando—actitudes y comportamientos, al margen de las normas de conducta  o protocolos que exigen corrección en la respuesta ante determinadas circunstancias o señalan  o el pautado de la sociedad en que vivimos; resuelvo, por tanto, que la personalidad o el carácter del ser humano, a veces, está a expensas del efecto que provocan determinadas situaciones contextuales.

El mundo de los toros, por supuesto, no escapa del contexto. Diría más: en el desarrollo formal de la corrida, el contexto actúa de manera determinante. Condiciona los resultados. No se puede –no se debe— ejercer la rigidez especulativa de la crítica dejando a un lado las circunstancias ambientales o emotivas que directamente le afectan. No se es más objetivo por aislarse del entorno, provocado o fortuito, en que se desenvuelven toro y torero sobre el ruedo; al  contrario, se puede caer en la subjetividad de ignorar “el  por qué de las cosas”, que es, precisamente, la piedra angular del entendimiento.

He presenciado las dos últimas corridas de la feria del Pilar de Zaragoza, un fin de fiesta por todo lo alto, programado inteligentemente por la nueva empresa que regenta el muy venerable coso de Pignatelli. Dos llenos de “no hay billetes” y ambientazo por las calles de la capital de Aragón, vestida de gala para recibir al aluvión de visitas que colapsaron calles, hoteles y restaurantes. ¡Ah, los toros! ¡Qué inyección económica le inocula en las ancas a las arcas del comercio de la ciudad! El sábado, El Juli conmemoraba el vigésimo aniversario de su alternativa enfrentándose a seis toros de diferentes ganaderías, un empeño que no siempre resulta apoteósico, como todo el mundo sabe. El evento no propició el triunfo presentido porque el contexto lo impidió. Un estrellón contra el burladero del precioso y bravo toro de Garcigrande que abrió la corrida, propició la rotura del cuerno y la iracundia del público, que pidió y logró que el animal volviera a los corrales. Un golpe bajo al ánimo de El Juli, que se dibujó en el rictus de contrariedad de su semblante. ¡Mal empezamos!, debió pensar el torero; por eso echó el resto en los tres primeros toros, especialmente en el de Los Maños, ganadería de la tierra (aragonesa) que representa algo así como la reserva espiritual del encaste santacoloma. Toro encastado y bravo, con el que Julián hubo de emplearse a fondo, ofreciendo una magistral lección de mando y poderío, que es lo que exigen los toros de este tipo y de este carácter, con esa mirada negra y brillante (“de cucaracha”, diría Esplá) que tanto desconcierta a los toreros… que no tienen recursos y agallas para superarla, naturalmente. Me encantó El Juli en este toro, pero lo   pinchó hasta hartarse. También toreó con gran ritmo, temple y mando a los toros de Cuvillo y El Pilar (sobreros, porque el zambombo de Parladé también fue apara atrás), pero su espada estaba esa tarde roma y mellada, y su bajón físico y síquico se fue haciendo evidente. Así son las cosas. Parar con el capote hasta ¡ocho toros!, es mucha tela. Cortó oreja en el primero de turno corrido y en el tercero, escuchó un aviso y fue despedido con una gran ovación. No se puede hablar, pues, de fracaso, sino de chasco provocado por las circunstancias. El contexto impuso que no era el día.

Ayer domingo, el tifón, ciclón o como se llame que venía paseándose por el Atlántico, llegó a la costa española y entró belicoso en nuestro territorio, haciéndose presente en Zaragoza con una tormenta de agua de las que hace temblar del misterio. La corrida, sin embargo, no peligra: ahí está la cubierta de Beltrán, el mañico generoso y testarudo que tan mal han tratado los politicuchos que mandan en esta preciosa ciudad, quitando del zaguán del patio de caballos de la Plaza el azulejo que perpetuaba su gran obra. ¡Cuánto me acuerdo de ti, Arturo, al enfilar la carretera que todos los años me lleva a los Pilares de Zaragoza! Los graderíos del coso de la Misericordia, a rebosar. Ambientazo. Banderas piratas por doquier. Se retira Juan José Padilla de los ruedos y el torero  quiere hacer de esta corrida el más grande y postrero  acontecimiento de su dilatada, durísima y hasta tenebrosa trayectoria taurina, pero también triunfal. Ayer me di cuenta de la que tiene liada este tío entre la gente joven. Se ha convertido en un ídolo para los chavales que andan barruntando la adolescencia o se asoman a la pubertad, incluso para los niños ¡y niñas! que aún se mantienen en el bendito estado de la inocencia. Son “de Padilla”, el  torero-bucanero, pirata de los mares del mundo de los toros, pero pirata bueno, generoso y simpático, como Robin Hood. Un héroe que tiene el cuerpo lleno de costurones por fuera y las venas y arterias, mil veces ligadas por dentro, con un parche en el ojo que le vació un toro de Ana Romero en este mismo escenario, hace ya siete años. Es un modelo para mentes limpias y soñadoras, como lo fueran El Capitán Trueno o El Jabato de mi niñez, solo que, en este caso, es torero; un torero que, sorprendentemente, ha entrado en la leyenda sin él proponérselo, sin utilizar marketing o merchandising o algo por el estilo, que es lo que tiene verdadero mérito. Padilla es un increíble producto de la Naturaleza.

En este contexto se desarrolló la corrida de ayer, la de los puntos finales. Punto final de la Feria, punto final de la carrera taurina de Padilla y –¡oh, sorpresa!—punto final, por el momento, a la actividad de Talavante en los ruedos.

Tantos alicientes –el último, repito, inesperado—hacen que el festejo se dislocara en brazos de la corriente que arrastraba hacia el éxito al gran protagonista: Padilla. Todo el mundo estaba ayer empadillado en la Plaza de Zaragoza. Lo sacarían en hombros sí o sí. El torero era consciente de ello, y, por tanto, se empleó con enorme entusiasmo ante los dos cuvillos de su lote, el segundo de los cuales fue el complemento ideal para no descabalar el pronóstico. No regateó el torero el esfuerzo ante un toro bravo y de suprema nobleza, que parecía diseñado  ad hoc por un guionista anónimo. Juan José dio muchos pases, de pie y de rodillas, la mayoría de ellos buscando la respuesta más directa y eficaz entre el público. En este ambiento –¡illa, illa, illa, Padilla maravilla, se gritaba a coro en los tendidos–, con su mujer y sus hijos en una barrera y el público absolutamente entregado, Padilla metió la espada y se arrodilló ante el toro, sin importarle que sonaran avisos. Tampoco al padillismo militante le importaba. Dos orejas y vuelta triunfal, apoteósica, con profusión de flores, regalos, banderas y general bouquet para gran el protagonista de la tarde. Una corrida de Núñez del Cuvillo que rozó la excelsitud en casi todos los toros, y una tarde en la que Manzanares toreó con suprema elegancia, sobre todo con la mano izquierda, como en sus mejores faenas de temporadas anteriores. Faenas que merecieron tres orejas, aunque el presidente solo sacara  el pañuelo una vez en cada toro, quizá en el quinto, porque pinchó antes de la estocada de efectos fulminantes, si bien el animal casó fuerzas para cornear furiosamente contra las tablas e hiriendo de pronóstico menos grave a excelente banderillero Suso, a las órdenes del alicantino. Otro tanto ocurrió con Alejandro Talavante, que bordó literalmente el toreo, especialmente en el último de la corrida. Impresionante. Le anoté dos series de naturales largos, templadísimos, maravillosos, adobados por una prestancia y arrogancia inimitables. ¡Pedazo de figurón del toreo, es Talavante!   Solo cortó una oreja, en el tercero, al que también toreó a placer. Me importa un rábano. Y a él, probablemente, también. Tan es así, que al final de la corrida tiró de Twitter y dijo que se iba… por tiempo indefinido. Pues yo quiero que vuelva, cuanto antes.

Estaba claro que la fecha era para el Ciclón de Jerez. Manzanares le brindó un toro, pero Talavante se lo brindó a sus hermanos (Fernando oficiaba de ocasional apoderado), dato este que parece indicar su predisposición al retiro momentáneo.

Salimos de Zaragoza con la chaparrada a cuestas y con Padilla en hombros de la multitud. No pretendan que ahonde en detalles puramente taurinos, porque hay tardes en las que el contexto hace de director de lidia, y por tanto, esta debe ser la crónica de una apoteosis anunciada.

Larga vida al Ciclón, al Pirata, al depredador de los toros más duros y peligrosos que haya visto jamás. Ante ellos se jugó la vida limpiamente y salió triunfador en el empeño, aunque por allí anduviera el milagro, abroquelado por los burladeros. En cualquier caso, un torero honrado y cabal; pero, además, un  torero que deja la semilla del héroe plantada en el terreno abonado de las juventudes del siglo XXI. Por todo ello, bien merece el espeto el cariño y la gratitud del muy cañabatero “planeta” de los toros.