Diego Urdiales, revienta Madrid

Hurón, se llamaba el toro. Puede que la madre se llame Hurona, o simplemente el nombre del toro de Fuente Ymbro fuera ocurrencia del conocedor de la ganadería, que tuvo un rapto profético cuando la recién parida limpiaba al recental a lametazos. En cualquier caso, Hurón llegó a Madrid hace unos días y salió al ruedo de Las Ventas a eso de las siete y quince minutos de la tarde, dos meses antes de cumplir los cinco años. Era un toro serio y fuerte. Hondo y negro. Ligeramente listón. Apareció sobre la arena de la Monumental cuando el otoño ventoso se había echado de bruces sobre el ombligo de la tierra ibérica,  que es donde se ubica geográficamente la capital del reino de España. Cualquier aficionado taurino, avezado en cuestiones morfológicas del ganado de lidia, viendo el perfil anatómico de Hurón, también hubiera profetizado: es cuellicorto y acochinado. Muy difícil que descuelgue para humillar durante la embestida. Pesa una barbaridad: 589 kilos.  Mala suerte, la de Urdiales. ¿Mala? Bendita suerte. Bendito toro. Bendito bombo. Y benditas las circunstancias que se concitan y concilian a la vez para que en este día y a esta hora, quienes ocupábamos los asientos de la Plaza de Las Ventas –todos—nos hiciéramos cómplices de una comunión colectiva: el éxtasis que trae acarreada la belleza… cuando la belleza no admite discusión.

Deliberadamente, no quiero entrar en la consulta a la RAE para encontrar las concomitancias entre el éxtasis y la belleza, por temor a que sean varias y no suficientemente explícitas ambas definiciones. Todo aquello que afecta al ánimo no solo es intangible sino, la mayoría de las veces, inexplicable. Me lío la manta a la cabeza y quiero pensar que él y ella forman un matrimonio indisoluble e  indivorciable. Y que solo se puede entrar en éxtasis (estado de placentera abstracción) cuando la belleza es auténtica y deslumbrante, tan auténtica y tan deslumbrante, que no te cansas de consumirla, aunque sea a pequeños sorbos.

Y eso fue lo que ocurrió ayer en Madrid, cuando todavía el relente no hacía la carrera del señorito a la espina dorsal de los espectadores. Hurón, el toro de Fuente Ymbro pareció entrar en la chistera de Diego Urdiales para que este mago del arte sublime del toreo nos ofreciera en toda su espléndida dimensión el caudal que guardaba para Madrid. La feliz conjunción de un toro encastado y bravo y un artista en el culmen de la inspiración, pueden traer cosas como estas.

Andaba el toro por el ruedo, en fase de inspección ocular, cuando Diego le ofreció el capote y toreó a la verónica ajustado a la cintura y suelto de brazos. Nada extraordinario. Bonito, sí; pero lo bonito está bien alejado de lo bello. Peleó con fijeza el animal en el caballo de picar y el peonaje cumplió su función en banderillas sin grandes alardes. Un poco más tarde, Diego Urdiales citó al toro y lo trasteó sólido y firme en el inicio de faena. El viento no molestaba tanto por su friura como por su velocidad, y toro y torero se domiciliaron en   el ruedo, allá por la raya del 5. Entonces comenzó la sinfonía de toreo más admirable que se ha visto este año en Madrid… y en muchos años. Fueron media docena de tandas de muletazos de métrica justa y ajustado embroque, pero de tan deslumbrante ejecución que el público pareció enloquecer de repente. La naturalidad al servicio de la elegancia. El temple, al de la armonía. El ritmo a la medida del diapasón más refinado. Y todo muy, muy, muy despacito, con el regodeo que el artista añade a su obra de arte cuando alcanza la plenitud. Decía Picasso: lo importante, es que la inspiración, cuando llegue, te pille trabajando. Con el respeto debido a don Pablo (el genial pintor malagueño), el torero Diego Urdiales es un artista que no trabaja: torea. Pero torea como se sueña torear: relajado, ensimismado, recreado, complacido y en paz consigo mismo. El resultado que provoca tan confortante situación da la impresión de ser la belleza en estado de pureza.

Me van a perdonar, pero en el corto espacio que dedico a mis anotaciones, el que corresponde al cuarto toro solo está prácticamente en blanco. No tuve tiempo, ni ganas, de escribir. No tomé una sola nota, porque tenía las manos posadas sobre la cabeza u ocupadas en aplaudir como pocas veces he aplaudido  en una plaza de toros. “Ah, pero usted aplaude? Pensé que los críticos no aplaudían en los toros”, dirán algunos. Pues, sí, señores,  aplaudo solo por dos motivos: por el irrefrenable impulso que me provoca la belleza o lo intrínsicamente emotivo y porque me da la gana. ¿Alguna pregunta más?

La faena de Diego Urdiales ayer en Madrid es una de las más rotundamente bellas que he presenciado en mi larga andadura profesional. No me pidan que describa los muletazos al natural o en redondo con la mano derecha o los pases de trinchera o de pecho, los molinetes y los adornos. Ni si la estocada hasta la empuñadura, letal de necesidad, cayó ligeramente desprendida o estaba en el mismísimo hoyo de las agujas. Sería, por mi parte, poco menos que una obscenidad. En esos últimos instantes estaba pendiente del mudo diálogo entre toro y torero durante el momento brutalmente bello de la agonía del animal, casi al hilo de las tablas del 2 y el 1. Dos o tres veces, Hurón se paró y se volvió hacia el torero, quiero pensar que no para mirar a su agresor, sino para admirar al artista que le había inmortalizado.

Ni que decir tiene que Diego Urdiales fue premiado casi instantáneamente con las dos orejas el toro de Fuente Ymbro, arrastrado en medio de una imponente ovación, con petición de la vuelta al ruedo. Dos vueltas, por cierto, hubo de dar  Diego, tras su histórica actuación, portando al final la bandera de la Rioja, su Comunidad geográfica de nacencia.

Ya había presionado lo suyo el arnedano ante el toro que abrió el festejo, un fuenteymbro bravo y encastado, que se empeñó en pedir la documentación de torero cuajado a Diego Urdiales. Fue un toro muy exigente, porque cada arrancada era un pequeño misterio, y las repetía incansable y retador. Es lo que diferencia a los toros bravos de los toros buenos, de los encastados a los “de calidad”. Y también lo que diferencia a los toreros profesionales, dependientes del funcionariado, de los artistas de una pieza compuesta por el dominio, el valor y el arte. De todo ello ofreció cumplida muestra Diego en esta su primera actuación, en la que hubo de cambiar los terrenos para ir adonde bajaba la intensidad del viento (del 10 al 5), y, de paso, bajarle los humos a este tejón de bravura, que si le duda se lo come. Faena, por otra parte, laboriosa, porque así lo exigía el carácter del toro. Por tanto, el aviso cuando se perfilaba para entrar a matar, antes de colocar una buena estocada, parece absurdo, tan absurdo como enviarle un segundo aviso cuando el toro ya estaba a punto de doblar. La absurdez no implica al presidente, sino al Reglamento que trata de cumplir. Una de dos, o lo cambiamos o lo rompemos (el Reglamento, no el presidente). Dos avisos y oreja, pedida por contundente mayoría. Ya ven…

Se vio, igualmente una actuación maciza, de enorme mérito, a cargo de Octavio Chacón, una de las revelaciones de la temporada. Tuvo este torero una pésima suerte en el sorteo (el de siempre, el de las 12 de la mañana), porque se llevó el lote más desabrido. Un primer toro fiero, enrazado, tunante y astifino, que en otras manos hubiera sembrado el caos a voleo. En las de Chacón hubo de claudicar al poderío de su muleta y su valor sin fisuras.  Ni un paso atrás en cada pase, y en cada pase, el sorteo de una incertidumbre de la que salió felizmente ileso el pradense gaditano. Meritoria también la estocada y merecida la oreja que paseó. El quinto, un toro alto como la torre de mi pueblo y largo como una anaconda, desmontó al picador de turno, Juan Melgar, sembrando el caos en el ruedo, le pegó una coz a Chacón y a punto estuvo de empitonarle en su veloz huída hacia las tablas. En ellas se quedó, cobardemente, en la faena de muleta, una faena de imposible lucimiento, porque no había quien hiciera vida de aquél manso cobardón, que se espantaba hasta de su sombra. Cuando le puso en el balancín de las mulas de pinchazo y estocada, se llevó el toro una sonora pitada en el arrastre y el torero una ovación.

Con toda sinceridad, he de consignar que el toro de la corrida fue el tercero, de nombre Laminado. Un bello ejemplar de Fuente Ymbro que salió engallado, mirando campanudo hacia las alturas, “hecho cuesta arriba”, que dirían los camperos. Pero ¡qué toro, amigos! Bravo, encastado, de tranco rítmico y largo trayecto en cada viaje, embestida hocicada a ras de arena y gran fijeza en las telas de torear. Toro de lío gordo que empujó con  poder en varas y se llevó un buen par y otro sencillamente soberbio de Ángel Otero. Su matador, David Mora lo había toreado a la verónica con apreturas y comenzó la faena luciendo al animal en cites de largo, que fueron aceptados sin titubeos por el animal con arrancadas alegres y de largo recorrido. Muy pronto, parte del público se puso a la contra del torero. ¿Razones? Las habituales en esta Plaza: que “colócate”, que  “así no”, que “ponte bien y estate quieto”… en fin, ya saben. En puridad –y probablemente por estas circunstancias apuntadas–, David no estuvo a la altura de tan extraordinario ejemplar de la raza de lidia, aunque cuajara algunos muletazos de limpia ejecución y apreciable temple; pero las continuas recriminaciones y otras voces punitivas de dudoso gusto y discutible razón, determinaron que Mora se fuera sin más demora a por la espada. Pinchazo y estocada. Como decían en las viejas reseñas, “muestras de desagrado” para el torero y gran ovación al toro en el arrastre. Éste sí era de vuelta al ruedo. El sexto de la ganadería titular, un toro alto y largo, de casi 600 kilos y estrecho de sienes, romaneó en varas, pero se partió la pezuña de un pata y fue devuelto a los corrales. Su sustituto, con el hierro de El Tajo, la ganadería de Joselito, salió suelto de la suerte de varas, pero embistió con rectitud en el tercio final. Tampoco David Mora pudo cambiar el sino de una tarde que pintaba mal, después de su actuación en el tercer fuenteymbro. La eviente buena voluntad del torero no pudo torcer el brazo de un público que estaba deseando que acabara el festejo para homenajear al gran triunfador de la corrida, Diego Urdiales. Así que cuando David abandonó el tajo de la faena y mató al de El Tajo de media estocada, apenas le echaron cuentas.

 

Ya de noche, las cámaras fotográficas de los teléfonos móviles cabrilleaban en flash por encima de la multitud que vitoreaba al gran triunfador de la tarde y de la temporada en Madrid. Como tantos otros, Diego Urdiales era zarandeado sobre las cabezas de los entusiastas de forma inmisericorde. Creo que no le importaba lo más mínimo. Tras él, el escenario en que había representado su gran obra parecía arder bajo las lámparas eléctricas, en plena incandescencia,  Había reventado la Plaza de Las Ventas. A ver quién le tose el año que viene.