Una estocada que pide buriles o pinceles

Cuentan que fue don Modesto, aquél crítico taurino pionero en el arte de echarle  a la crónica taurina las guindas dulces o guindillas picantes de sus ocurrencias, quien pidió a don Mariano Benlliure que esculpiera en bronce la estocada que acababa de dar Machaquito en la vieja Plaza de Madrid, la de la carretera de Aragón. Y don Mariano entró al trapo, porque aquél don Modesto de marras era, más que un personaje del mundo taurino de la época, una pluma –de las de mojar en tintero—de lo más ingeniosa e influyente; así, pues, el insigne escultor se puso manos a la obra de inmediato, modelando en barro lo que pasó a limpio después en bronce: un toro que “se tambalea como un beodo” –frase del crítico--, agotando sus últimos alientos con  la empuñadura del estoque asomando tímidamente por lo alto del morrillo y un pedazo de la pechera del Machaco en la punta del pitón derecho. “La estocada de la tarde” tituló a su obra. Dos obras de arte que quedaron inmortalizadas en los anales de la Tauromaquia: la del que manejó manos, espátulas y cinceles y la del que empuñó el rayo mortífero de un estoque de acero toledano.

De aquello hace ya más de un siglo –109 años, exactamente--, que se dice pronto. Ayer, en Madrid, un torero de este tiempo, más modestito que aquél contundente estoqueador cordobés, dejó escrito sobre la arena de Las Ventas el teorema perfecto de la suerte del volapié. Fue en el primer toro de la corrida, de nombre Vendimiador, con el hierro de La Ventana del Puerto, al que Emilio de Justo cuadró sobre las rayas del tercio del 10, en la suerte natural. Arrancó el torero derecho como una vela, echó la muleta ligeramente abajo en su lento caminar hacia el llamado hoyo de las agujas del animal y allí dejó enterrado hasta los gavilanes el acero. A partir de ese momento, la plaza fue un clamor, batiendo palmas con la gente en pié mientras el toro perdía sus patas hasta estrellarse contra la arena, a los pies del torero, triunfante y magnífico, héroe recién nacido. ¿Una escultura o una pintura para ese excepcional y apocalíptico cuadro? Ahí lo dejo.

La corrida con que fina la primera parte de la feria de Otoño de Madrid, reunía varios alicientes: dos toreros (dos buenos toreros) con las carnes recién abiertas, Emilio de Justo herido hace justo siete días, y Román, también seriamente lesionado hace prácticamente un mes. Y junto a ellos, el gran triunfador del sanisidro del 17, Ginés Marín.  Al atractivo de los artistas, la curiosidad, y a la vez esperanza, que siempre despiertan los toros salmantinos del Puerto de San Lorenzo, propiedad de Lorenzo Fraile, que también hierra –y, por cierto, no yerra—otros con el de La Ventana del Puerto, encastados estos primero en el linaje de Domecq vía Aldenueva y posteriormente con los otros domecqs de Monte La Ermira, y El Torreón. Con toda sinceridad: a mí me pareció que los dos toros de La Ventana lidiados ayer en Madrid tenían más perfiles y hechuras de Atanasio-Lisardo que de Domecq, pero ¡vaya usted a saber!...

Centrándonos en la cuestión que nos atañe: qué ovación se llevó Emilio de Justo nada más abandonar el ruedo los componentes del paseíllo. De gala. Saludó el torero montera en mano, emocionado hasta las trancas. Y también sus compañeros de terna, que motivo había. Y digo yo: ¿cómo es posible que un torero herido “de gravedad”, según el parte facultativo, esté listo para torear a la semana justa del percance? Una de dos, o no fue tan grave la cosa o este Emilio es un tipo de muy especial encarnadura. Sea como fuere, allí estaba el extremeño, vestido de verde esmeralda y oro, con el cuerpo necesariamente dolorido y el alma partida por la partida hacia mejor vida de su señor padre, también hace nada. Allí estaba, con su crespón negro en la manga de la casaca y la hambruna de triunfo brillándole en la mirada. Estos toreros tan buenos y tan injustamente arrumbados bien merecen el empujón definitivo hacia el lugar que legítimamente les pertenece; pero sobre todo que les visite la suerte, en el día exacto, a la hora en punto y en el sitio adecuado. Todo esto se conjugó ayer, último día de septiembre, en la Monumental de Madrid. Salió el toro Vendimiador y abrió la ventana de su puerto de par en par para derramar casta de la buena en el caballo de picar, respondiendo con empuje denodado a los dos fuertes puyazos de Germán González. Fue un bravo toro, encastado y codicioso, que permitió desgranar a Emilio de Justo lo mejor de su clásico repertorio, fundado en los pases naturales de largo trazo y muleta baja, agavillados en varias series, y reatados con ampulosos pases de pecho. También, ¡cómo no! se asomaron por el tendido algunos gritos impertinentes de quienes hacen de la ignorancia una catequesis, y a punto estuvieron de arruinar la excelente obra de un buen torero. Lo diré por enésima vez: citar cruzado al pitón contrario es recurso para forzar la arrancada a los toros tardos ¡en el primer muletazo!, pero para ligar los siguientes, necesariamente --¡lógicamente!-- el toro tiene que pasar por delante del torero, estando éste --¡lógicamente!—al rafe de la pala del cuerno. De no ser así, el toro lo arrollaría. ¿Es tan difícil de entender? Me temo que será inútil abundar en tan palmaria  elementalidad.

A lo que íbamos: Emilio de Justo cuajó en este toro varias series de pases en redondo, con la derecha y la izquierda, encajado en el piso de Plaza, llevando al toro empapado en la muleta,  sin dudar un solo momento, con serenidad y buen pulso. Antes, bordó un quite por ceñidas chicuelinas y, después… lo dicho, la estocada de la tarde, de la temporada y de muchas temporadas. La oreja de mayor peso específico que se ha concedido este año en Las Ventas, llegó en la punta de la espada de un cacereño, torero por la gracia de Dios. Y otra oreja más lograría del cuarto, un toro del Puerto de San Lorenzo abierto de palas, alto y grandón  --598 kilos—que levantó en vilo al caballo de picas en el primer encuentro y se arrancó casi desde los medios para tomar el segundo puyazo. En ambos encuentros, se agarró bien Mario Benítez, aunque la mayoría del cónclave ni se enteró. Llegó el toro a la muleta calamocheando y gazapeando, dos serios problemas a resolver por el torero. Ambos fueron resueltos divinamente por Emilio, porque ayer tocaba triunfar a golpe cantado. El del Puerto embistió suavón, medio adormilado, como si quisiera evidenciar su condición de toro-buena-gente. De Justo le fue buscando las vueltas, mostrando bien a las claras que el animal se acostaba por el pitón izquierdo  y recreándose en dos últimas tandas en redondo por el derecho de indudable magnificencia, que pusieron al público en pie. Pinchó, pero… otra estocada colosal tiró al del Puerto de San Lorenzo sin puntilla. Nueva oreja. Puerta Grande. Las fotos de sus estocadas están a estas horas dando la vuelta al ruedo del mundo de los toros. Las dos, sobre todo la primera, están pidiendo  buriles o pinceles.

Román también reaparecía en Las Ventas. Dura papeleta. Este torero lleva un mes  convaleciente y se guardó a sí mismo celosamente para “llegar a Madrid”.  Y llegó, pero no tuvo suerte. No es tópico, es la realidad. Su primer toro sufrió dos largos y lacerantes puyazos de Pedro Geniz, colocó dos buenos pares de banderillas Raúl Martí y el toro del Puerto llegó a la muleta desparramando la vista, sin celo ni fijeza.  Descastado y mansurrón, entrampilló a Román en un descuido y se lo echó a los lomos, buscándole con saña en el suelo. Sus compañeros tardaron en llegar al lugar del percance (los medios) una eternidad y el torero cogido fue repetidamente víctima de gañafones malintencionados del cornúpeta. Por fortuna, ninguno hizo carne, pero Román salió del trance adolorido y mermado de facultades. Valeroso, volvió a la cara del toro, pero poco había que hacer. Se fue a por la espada y le hizo guardia en el primer encuentro, aunque fue suficiente para que el toro se rindiera y el público reconociera con una ovación el esfuerzo del torero.  En ese ínterin, sonó un aviso. ¿No tuvo en cuenta el presidente los minutos perdidos durante el percance? Lo menos tres. Pues tres de añadido (como en el fútbol) son los que se deben compensar en estos casos. ¿Los concedió el presidente? He ahí el dilema, Mr. Hamlet.  El quinto fue un toro boyancón, justamente protestado Hay que protestar a estos camiones de alto tonelaje (598 kilos) y feas hechuras (carne desigualmente repartida). El de Lorenzo Fraile levantó en vilo al caballo en la suerte de varas, donde le dio para el pelo Chocolate-hijo (Santiago). Después se comportó como un mulo, por tanto como un semoviente vacuno descastado, de embestida tontorrona, a su aire. Todo voluntad en este Román, que siguió en el ruedo con su vestido espuma de mar y plata desguazado y enrojecido por la sangre bovina del percance anterior. Se pasó de tiempo con las espadas y, esta vez con lógica, le enviaron un aviso.

¿Qué decir de Ginés Marín?, pues que armó un verdadero taco en el tercero de la corrida, de La Ventana del Puerto.  Muy sangrado en varas, el toro pedía pausas, para recuperarse del esfuerzo y mostrar sus virtudes de buen tranco y largo recorrido. Inteligente Ginés, que le dio estos espacios y citó de largo, arrogante y torero, para cuajar varias series de muletazos muy reunido con el toro y muy ligadas. Una tanda de naturales, en concreto, alcanzó el calificativo de excelsa. Mató de media estocada y descabello, el público miró una nube negra que se cernía por el caballete del tejado y dejó de pedir el premio de la oreja, pero Marín dio una reposada y degustada vuelta al ruedo. Hay vueltas  que tienen mejor sabor que algunas orejas. ¿O no?

El sexto fue un toro muy serio del Puerto de San Lorenzo que salió al ruedo cuando comenzó a soplar un ventarrón que hizo flamear las capas de los toreros. Apretó en varas en el primer puyazo y se llevó dos soberbios pares de banderillas de Fini, que en un gesto de extrema generosidad instó a que compartiera el saludo montera en mano a su compañero Manuel Izquierdo. Cuando Ginés intentaba centrarse con el toro, cosa de indudable riesgo, por lo incierto de su acometida, el animal lo prendió y derribó arañándole con el  pitón (por fortuna la herida fue superficial) una parte de la mejilla. Acabó con el toro Emilio de Justo de otra buena estocada, previo pinchazo, justo minutos antes de que se lo llevaran en hombros de la Plaza, camino de la Puerta  Grande.

La gran pregunta, es: ¿será recompensado un triunfo tan palmario, después de tanto esfuerzo, tanto dolor y tanto riesgo? El invierno es, además de largo y frío, olvidadizo. Veremos…