También los que valen son valientes

Primera precisión: me congratula manifestar el tácito reconocimiento a la elegante actitud del público de Madrid (sin excepciones ni localizaciones puntuales) para con Alejandro Talavante en los prolegómenos de la corrida, obligándole a saludar una cerrada ovación como premio al “gesto” de haber participado en el bombo del sorteo puro, una fórmula novedosa cuya explicación no creo necesaria. Bien está que se reconozcan los detalles de las figuras del toreo, y Talavante --¿alguna duda?—lo es al más alto nivel. Segunda precisión: entiendo que no salieran a saludar los otros dos componentes del cartel, fundamentalmente, porque de ellos, solo Fortes participó de tan sorprendente rifa, y no era cuestión de que Aguado --sustututo del herido Paco Ureña--, que no fue invitado al programa de la Rueda de la Fortuna, quedara rezagado en el callejón. Hubiera sido un desaire –un “feo”—imperdonable. Tercera precisión: a la vista de lo sucedido, ser agraciado con la inclusión en este cartel no era para tirar cohetes, y vaya si se tirarían en su momento.

Es lo que tiene de misterioso y magnífico esta Fiesta: su impredecibilidad y el misterio que encierra el toro de lidia. ¿Quién es el guapo que se atreve a vaticinar en una cuestión tan insondable como el carácter de este hermoso y bello rumiante, que se enseñorea sobre los pastos de nuestro campo bravo? Pues… ¡cualquiera! Todos hemos apostado a priori y todos hemos fallado estrepitosamente. Una tarde que se tuerce sin saber por qué, unos toros que reniegan de su buen linaje o unos toreros que no dan con la tecla en el momento clave de lidia, y la corrida más prometedora y de mayor alcurnia se convierte en un tostón insufrible.

La de ayer, que inauguraba la feria de Otoño de Madrid, no alcanzó tal calificativo, pero no me cabe duda de que al público que casi llenó los tendidos de Las Ventas le supo a poco. A muy poco. Y ese muy-poco tuvo un protagonista principal imprevisto: Pablo Aguado. Desde que se abrió de capa en el primer toro de la tarde, le vimos asentado, seguro, ceremonioso y despejado. Como si en vez de llegar aturullado a tan peliagudo escenario fuera a recitar una ópera prima en si bemol y en el mismísimo Teatro que trasdosa la Plaza de Oriente. Los lances al primer toro, ganando terreno hacia las afueras, embarcando al toro en el  capotillo y acariciando su belfo, fueron una promesa, como la estampita que daban los novicios a la entrada de la iglesia, en día de misacantanos: estas son mis santas intenciones.

Item más: se envolvió al toro en salerosas chicuelinas, escudriñó el quite por gaoneras de Talavante y se fue de nuevo a la cara del cornúpeta para replicar al maestro con unos delantales suaves, gráciles y limpios, como los mandiles de las doncellas de antaño. Fue el quite del pique o la réplica que suelen darse los gallos de pelea en el ruedo, solo que, en este caso, se trataba de un pollito que le salió respondón al de la más alta crestería del corral (del cartel, en este caso), el que lo coronaba en belleza. Bendita insolencia. Al final de la corrida caímos en la cuenta de que fue uno de los momentos que tuvo la corrida para ser recordados; por tanto, y en este punto, a él me remito.

Pregunta previa: ¿de verdad, Victoriano, que no has tenido la tentación de probar a inyectar sangre de aquellos lisardos que te llevaste a la finca hace unos años a tus vaquitas que rebosan domecqs del hocico a la penca del rabo? Ya he recibido demasiados noes, rotundos, pero permíteme ganadero que  recele e insista, quizás por pura ingenuidad; pero es que ese perfil de cuarto trasero en recesión, y ese escarbar reculando para, en seguida, embestir hocicado y empeñoso, en plan bravucón, mas que bravo, mosquean mazo, colega, que diría un cheli de Chueca, por ejemplo. Ese primer toro de la corrida, de nombre Bolero, con el hierro de Toros de Cortés --creado para el encaste referido-- cantó la gallina  demasiado pronto, porque lo que se dice prometer prometía cante grande, con sus viajes codiciosos en pos de las telas de torear. La verdad es que el animal se desfondó muy pronto, pero también es muy cierto que posibilitó contemplar al neófito Pablo Aguado correr la mano en dos series de naturales que fueron un dechado de serenidad, decisión y torería. Mató a este toro de la confirmación de su alternativa de una estocada trasera y tendida y escuchó una fuerte ovación.

En sexto lugar salió al ruedo un torazo de Victoriano del Río alto como un ciprés, largo como un tren y con dos bielgos arremangados que daba miedo ver. Tremendo toro. Dio la impresión de blandear en algunas fases de su lidia, pero más parecía una claudicación de la carrocería por falta de motor que invalidez congénita. Tan alta tara –604 kilos—precisan una potencia acorde con el volumen a desplazar; pero fue un toro noble con fijeza y recorrido, con una altura de testa y de cruz que obligaban a  agigantar la menuda figura del torero. La faena de Pablo a este toro postrero de la corrida --con la tarde ya alicaída-- tuvo enorme mérito y momentos verdaderamente magníficos, como una tanda con la mano zurda de cite frontal y los subsiguientes pases de una profundidad meridiana y extraordinaria cadencia. Un primor. Faena de interés creciente en el público, que acabó aclamando a este nuevo valor de la Tauromaquia. Valor en su doble acepción: de valía y de arriesgado. También los que valen son valientes. Estocada casi entera y tendida y oreja  bien ganada. Me encanta este torero.

El resto de la corrida transcurre en una meritoria actuación de Talavante ante el segundo toro, muy protestado, sin razón aparente. Alejandro se fue a los medios cabizbajo y, ¡zas!, de sopetón citó con la muleta plegada y se lió a pegar naturales a cual más ceñidos, largos y mandones. Protestas. Más con la derecha, también pasándose al toro por la faja y rematando muy atrás. Protestas. Parecía como si parte del público le estuviera descambiando la ovación de salida. Mató de pinchazo arriba y estocada. Le enviaron un aviso cuando el toro caía --¡qué reglamentitis más estólida—y la mayoría del público le aplaudió con fuerza. El cuarto --de Toros de Cortés--, fue  un inválido de los cuartos traseros que se lidió en medio de una justa protesta. El desatino presidencial por no devolver el toro encocoró a la gente, esta vez cargada de razón, y el torero cortó por lo sano, yéndose a por la espada a las primeras de cambio. Pinchazo y estocada. Silencio para el Tala y pitada de gala para el palco.

El segundo espada del cartel, Fortes, lidió en tercer lugar un bravo toro de Victoriano del Río, que ya de salida cantó su humillación para tomar las telas. Fue el mejor toro de la corrida. El que ahora se anuncia simplemente Fortes le dio seis o siete series de pases en redondo, a derechas e izquierdas, con decisión y sentido de la estética, pero… algo desangelado, que no es lo mismo que relajado, por tal motivo no encontró en el personal que abarrotaba los tendidos la respuesta que buscaba. Le anotamos unos buenos pases naturales y dos de pecho ceñidos y profundos; pero dio más pases, muchos más, que no pasaron de discretos y el toro se los tragó sin decir ni mú. Estocada perpendicular y caída. Silencio. El quinto blandeó de manos y el presidente –tras el petardo anterior-- se apresuró a sacar el pañuelo verde. Salió un sobrero del conde de Mayalde, de casi seis años, un castaño salpicado corraleado a más no poder, gordo como un elefante y redondeado de carnes, que tuvo nobleza, pero escaso fuelle. Faena anodina a un toro grandón y asfixiado que quería tomar los engaños, pero su capacidad mecánica estaba en bancarrota. Entra a matar Fortes, clava una estocada y el toro lo prende de forma dramática, produciéndose un remolino de capotes caótico que no evitó nuevos prendimientos; uno terrible, a la altura del pecho, que sembró en la Plaza un rumor de desgracia. ¡Lo que le faltaba a este torero! Por fortuna –sí, por fortuna--, todo quedó en múltiples contusiones, varetazos, magulladuras y rotura del peroné. Nada, para lo que pudo ocurrir. Talavante remató al toro con el estoque de cruceta. ¡Uff!, qué cruz. Por "h" o por "b", este Fortes siempre nos pone un nudo en la garganta.