Entre el asombro que produce Roca Rey y el cariño hacia Padilla

Porque todavía tenemos una reserva de bravura en nuestros campos y porque aún hay hombres en el mundo dispuestos a jugarse la vida por el prurito que reporta una vanagloria legítimamente alcanzada –al margen de la recolecta de  otras recompensas mundanas y tangibles–, merece la pena ir a los toros, estudiar su insólito e imprevisible carácter y tomar conciencia de la proeza que alcanzan aquellos individuos de la especie humana que son capaces de enfrentarse a ellos, creando arte en situaciones de máximo riesgo, sobre el albur que entraña lo recóndito, al filo de lo imposible.

Se hacen estas reflexiones después de haber presenciado las dos últimas corridas de toros de la feria de Valladolid, en cierto modo, paliativas ambas del petardo del jueves, puntual y suficientemente pormenorizado en esta misma página. Cuando el toro muestra su capacidad de ataque –o de defensa, que de todo hay en las ganaderías de bravo–, y los toreros a su vez justifican la vitola que envuelve su capacidad, cotización y prestigio –cada cual en proporciones bien diferentes–, la Fiesta toma aire y los públicos se reconcilian con los principales protagonistas. Son unas reflexiones consecuentes  con la realidad vivida, pero también resignadas a no librarse de caer en el saco-roto de la intransigencia, que es el paraíso del aficionado ceñudo e indómito, enrocado en su dogmatismo y refractario a toda alabanza de las grandes figuras del toreo, un personaje, por otra parte, que jamás falta a la cita con su asiento en la Plaza, y que, ¡faltaría más!, también tiene su corazoncito.

Hablando de enrocamientos: ¡que pedazo de torero es Roca Rey! Si lo viera torear un amigo mío, ajedrecista de pro, me daría todo un curso de los movimientos de dos piezas a la vez, la torre y el rey, que casualmente encajan con la descripción de este torero. Andrés es espigado, altanero, solemne e impertérrito, pero, fundamentalmente, clarividente: ve luz donde, a ojos de los demás mortales, solo aparece oscuridad. Una Torre de seda con luminarias de alamares y lentejuelas… y un Rey por apellido propio. Es, sin lugar a dudas, el mandón del toreo de este tiempo. Y quien las tenga –las dudas–, que venga a verlo. Sin prejuicios. Anteayer, en Valladolid, dejó despejado este panorama. Un toro de Garcigrande, bravo y encastado  le sirvió para que diera todo un curso de torería y valor sereno, siempre templado, siempre ajustado con el toro siempre pendiente de sus reacciones. Un extraño del animal a poco le cuesta un volteretón al iniciar su primera faena, por estatuarios. No movió un solo músculo. Ni un gesto de desagrado, ni un guiño de desaprobación. Siguió a lo suyo: a engarzar tandas de pases en redondo, sobre todo dos de naturales, de trazo curvilíneo que le salieron bordadas. Toda la faena tuvo la trabazón precisa y el ingenio a punto. Un circular con cambio de mano puso a la Plaza en pie. Y, luego, el cañón de su espada. Entra a matar con lentitud magnífica y la mirada clavada en el lugar donde ha de clavar la espada. Y la clava, ¡vaya si la clava! Dos orejas indiscutibles. Vuelta al ruedo mayestática, como dicen que las daba Luis Miguel (Dominguín, por supuesto); Pero Luis Miguel, al parecer, era un provocador, en el triunfo y en el fracaso. Éste peruano, en cambio, es reacio tanto a la sonrisa como a la acritud. Parece imperturbable, pero lleva escrito en el rostro el rictus sereno de una íntima satisfacción por saberse el amo del cotarro; un rostro aniñado, en el que todavía se muestra timorato el asomo del pelo de barba.

El segundo toro de Roca Rey era un manso bravucón, huidizo, remolón, artero y descompuesto. Un toro para tirar la toalla. Lejos de hacer tal cosa, Roca se fue a por él en varios terrenos de las Plaza; primero, en las afueras, después en las rayas y, al final, en la cercanía de las tablas. El toro parecía imposible de domeñar por sus escandalosas espantadas, pero el torero dio una lección magistral de dominio, logrando al final de la faena ligar cuatro naturales de muleta arrastrada y cintura rota que duraron una eternidad. Pareció que el animal se entregaba, resignado, al poderío del hombre, y si no llega a pinchar antes de la estocada letal Roca Rey hace pleno de trofeos. A pesar del aviso, el premio de la oreja llegó a su mano y la corrida acabó con el público haciéndose lenguas de lo acontecido.

En ese acontecer también llena un hueco importante la actuación de José María Manzanares, con el mejor toro de la notable corrida de Garcigrande. Bravo, encastado, de noble condición y embestida larga y humillada, sirvió para que José María toreara con esa placentera elegancia que le caracteriza. No es que el toro fuera la tonta del bote, sino que el torero se acopló a su carácter templándolo primorosamente en las telas de torear (cuatro verónicas con la capa fueron excelsas) y aprovechó su embates para torear con impecable ritmo y el empaque que imprime a los embroques. Además, el colofón fue extraordinario: un estoconazo por el hoyo de las agujas en la suerte de recibir y dos orejas de premio que validaban la salida por la Puerta Grande, en compañía de Roca Rey.

Esa tarde, a El Juli le acompañó el infortunio en el sorteo. Su primer toro llegó crudo a la muleta, soltando tarascadas a la salida de los pases, y el cuarto pasaba sin celo ni codicia, con una benignidad franciscana que no transmitía emoción alguna. Julián, resignado a su negra suerte y desacertado con la espada, hubo de conformase esta vez con contemplar el triunfo de sus compañeros de cartel. En el callejón, su mirada perdida y el gesto contrariado, revelaban una rebelión interna. No está acostumbrado El Juli a  estos desenlaces de corrida.

Ayer, el cartel anunciaba la despedida del público vallisoletano de Juan José Padilla, pero también anunciaba la actuación de sus compañeros de cartel, completando una terna que atesora otros valores que tienen su cotización en este variopinto grupo de gentes que acuden a presenciar los festejos taurinos. Si la tarde anterior casi se llenan los graderíos, en la de ayer solo se cubrió un tercio del aforo. Padilla hubo de saludar una encendida y sincera ovación de las buenas gentes de Valladolid y el torero respondió con sus largas cambiadas de rodillas al toro de la casa Matilla que abrió Plaza y sus meritorios pares de banderillas, en uno de los cuales, sufrió una horripilante cogida, con el cuerno del toro prendido a la altura del pecho y una sucesión de gañafones que hicieron temer un grave percance.  Por fortuna no se confirmaron los presagios y Juan prosiguió la lidia enfundado en un pantalón vaquero recortado a la altura de las corvas, pasándose al toro (mansito y manejable, como toda la corrida) por delante de la prenda azulona en una faena de coraje y, en ocasiones, templanza, rematada con una estocada letal. Oreja y vuelta triunfal, antes de irse para la enfermería, en la que los médicos apreciaron un puntazo en los blandos del triángulo de scarpa y contusiones múltiples. Regresó para actuar ante el cuarto, de parecidas características al anterior, y más de lo mismo: afán desmedido de triunfo, sinceridad y, cuando el toro lo permitió, reposo en algunos muletazos. Al final, estocada y  nueva oreja. Este último toro de Valladolid se lo brindó a su apoderado, Antonio García Matilla, el hombre que, cierto es, le ha abierto las puertas de numerosas plazas de toros en todo el mundo; pero que nadie olvide el mérito de este torero. Jamás volvió la cara, ni siquiera ante la más terrible adversidad. Esta temporada se va de los ruedos. Se va un guerrero, un torero que no regateó esfuerzo en el ruedo, participando casi todas las tardes en los tres tercios de la lidia, fuera el toro de la condición que fuere, manso, bravo, peligroso o mansueto. Puede que haya quienes no le den valor a estos gestos, pero no se imaginan la dificultad que entrañan. Practicar la suerte de banderillas reuniéndose con un animal de aviesas intenciones, que acorta los viajes buscando carne, y clavar los palos arriba una y otra vez, desde las afueras, desde las tablas, desde el tercio y desde donde se tercie, al cuarteo, de dentro a fuera, al violín…Es tremendo y, muchas veces, infravalorado. Ayer, uno de estos trances por poco le cuesta la vida.

Vimos también una espléndida faena de Antonio Ferrera a un toro que se quería rajar descaradamente, pero que metía la cara en la tela roja con palmaria boyantía. Antonio lo sujetó en los medios y logró series de magnífica factura, luchando con la condición huidiza del toro y el pertinaz viento que molestó toda la tarde la acción de los toreros. Quiso matar recibiendo y acabó recetando una soberbia estocada. La oreja concedida fue el premio a una labor impecable. No pudo repetir triunfo en el quinto porque esta vez el toro era un animal en permanente fuga, infamante comportamiento que fue in crescendo conforme avanzaba la faena. Ferrera saludó una cerrada ovación.

Dos orejas cortó El Fandi. Nada nuevo. David Fandila es un torero hecho sobre el yunque del tesón, la variedad y el sentido del espectáculo, valores todos ellos muy apreciados por un público generoso como el de Valladolid… y por el de la mayoría de los lugares de la geografía taurina del mundo. Por eso Fandi es un torero popular, del pueblo, que en modo alguno puede considerarse desdoro. Por si alguien no lo sabe: este granadino simpático y generoso en su quehacer es un banderillero extraordinario. Vale para él lo dicho para Padilla. Ahora va y dice el conspicuo que si la asomada al balcón, que si al filo del cuerno… lo que ustedes quieran, pero sepan que para banderillear a todos, todos, todos los toros, hay que estar dotado de una facultades físicas excepcionales y de un proverbial y certero conocimiento de los terrenos, así como de las condiciones del animal.  ¡Querría yo escuchar a esos toreros de antaño que han pasado a la historia como grandes banderilleros su opinión acerca de lo que hace El Fandi con las banderillas! Seguro que algunos le  tiraban el sombrero.

Ayer no se lo tiraron en Valladolid porque ya no se lleva ir a los toros con éste cubrecabezas, pero le tocaron las palmas a David con fuerza, especialmente en su labor ante el tercero de la tarde, el más boyante y de clara embestida de la corrida de Matilla. Lo toreó a placer… en su particular modo de concebir el toreo, tratando de imprimir cierta despaciosidad, de pie y de rodillas, a sus formas genuinamente arrebatadas. Certero con la espada en este toro, le concedieron las dos orejas y se llevó una ovación a la muerte del sexto, acompañando al Ciclón de Jerez en su salida en hombros por la Puerta Grande.

Se va Juan José Padilla, un torero curtido en mil batallas de extrema dureza, cosido a cornadas, con su pañuelo de bucanero que tapa la envoltura rota de un cráneo maltrecho por tantos palizones, con el parche negro que cubre la oquedad de la órbita de su ojo izquierdo  y ondeando su bandera de pirata de los ruedos. Se va, pues, un mutilado de guerra. Un torero de mérito indiscutible. Honor para él. Se va un veterano y llega un novel del Perú, que viene a reconquistar España, como un Pizarro redivivo e inverso. Ojo con Roca Rey, que está en camino de reafirmarse como torero de época.

Aunque solo fuera por el asombro que produce éste y el cariño que envuelve a aquél, merece la pena seguir yendo a los toros.