La corrida del NO

Este año, en Valladolid, los autobuses urbanos pasean una leyenda digitalizada y en clave que, supuestamente, es un mensaje para proclamar la libertad de la mujer en cuestión de relaciones sexuales: “No, es no”. Es una réplica a lo que en el pasado mes de julio fue algo así como el eslogan oficial de las fiestas de San Fermín en Pamplona, recordando lo despreciable e irrepetible que debe ser el forzamiento abusivo de un acto que, por naturaleza, debiera ser placentero y consentido. Todos conocemos el desagradable tema y la pertinente conmoción social que provoca. Lo malo es que los políticos de la municipalidad vallisoletana que ahora mandan en el Consistorio, han aprovechado la ocasión de estas fiestas patronales de la Virgen de San Lorenzo para rescatar la frase  que popularizaran sus correligionarios en las últimas legislaturas, cuando  aquellos cachorros pesoes y demás alineados afines, en su  lucha cerril contra el gobierno pepero, la utilizaban para negar toda acción de sus adversarios políticos, así fuera la más sensata y provechosa para el país y los españoles: “No, es no”, ¿recuerdan?

Pues, bien, ahora, la tozudez negativa ha sido recuperada –“puenteada”, diría yo— y utilizada sin orden ni concierto, en un alarde –uno más—de matrimoniar, por lo civil, la incoherencia con la propaganda (y, de paso,  presumir de frase propia). El pantallazo en la parte superior del parabrisas de estos elefantes rodantes de la urbe, repite de forma contumaz: “No, es no”. Bueno, sin la coma, porque la ortografía no es el fuerte de quienes sacan pecho con lo del marketing, que está de moda. “No”, a qué y a quién: ¿”No” a los viajeros que hacen cola en la parada, advirtiéndoles de que dentro le vehículo ya no cabe un alfiler? ¿No  a los viandantes, para que persistan en su vocación peatonal? ¿”No” porque sí? ¿A qué “no” se refiere ese “no”? Ah, que es por lo de la cosa sexual y las mujeres, ¡acabáramos!…

Así las cosas, yo también me apunto a la frasecita, pero puntualizando: Digo “No, es no” a este asqueroso planteamiento de la Fiesta, de la que debe ser, siempre, siempre, DE LOS TOROS. Sin toros no hay ni fiesta, ni ná de ná. Es un esperpento. Una farsa. Un ridículo colectivo. Un desencanto cabreante.

En efecto, con un cabreo de mil demonios salió ayer del coso del paseo de Zorrilla el público (casi tres cuartos de entrada) que acudió ilusionado y a favor de obra a presenciar la tercera de abono de la feria de Valladolid, una de las ciudades más taurinas de España. Caras lacias y gestos agrios se veían por doquier, consecuencia de la amargura que provocaron  la presencia y el juego de los toros de Vellosino; unos pobres semovientes pajunos, amuermados, sin fuelle, sin atisbo de casta brava… y con unas cornamentas que invitan a una más que fundada sospecha. ¡Menudo petardo! Petardo de todos: empresa, ganadero, toreros y adláteres correspondientes.

A tenor de los hechos presenciados, el NO será la palabra que se apodere del espacio de una crónica de toros, sin toros que “cronicar”. Una corrida en escalera, pasando del seiscientos más abultado al cuatrocientos más esmirriado. Por dentro, todos podridos. Dos, devueltos a los corrales, por claudicaciones físicas, un sobrero de José Vázquez que no se tenía en pie y otro de Garcigrande, grande y gacho, pero que, al menos, siguió la telas con una pinta de codicia.

Con este material se fue desarrollando la corrida del NO. Por tanto, NO seré yo quien caiga en la tentación de puntualizar que algún toro –el lote de Emilio de Justo, por ejemplo–, “se dejó”, porque quien “se deja” es un perdedor abandonado a su negra suerte. NO me pete aliviar lo inaliviable. Emilio de Justo, que se había ganado por derecho propio la sustitución de Cayetano, pensaba que tenía una oportunidad de oro, pero se encontró con una encerrona. Habrá quien diga: ¡Si llega a entrar la espada de Manzanares en el segundo sobrero y la de de Justo en sus dos toros, se llevan alguna oreja! Y eso es lo malo, lo triste: enmascarar la podredumbre de un ganado supuestamente bravo con  orejas, saludos desde el tercio y tal, es ponerle un poco de canela a un helado de leche merengada y cortada.

¿Y Morante?, pues allí anduvo, cabizbajo por una malhadada y reciente noticia, que enlutó la manga de su casaquilla, y resignado ante la poquedad de bravura  y la invalidez  de lo que salía por la puerta de chiqueros. ¡A ver quién es el guapo que se atreve a pintar un cuadro con el caballete sin equilibrar y los pigmentos aguados burdamente! Algunas pinceladas…, dirán los morantistas, con inocente benignidad. Yo, que lo soy como el que más, no me resigno.

Miro a la pantalla del ordenador y veo que el blancor me pide más texto. Pues, lo siento, NO tengo nada más que explicar, comentar o puntualizar. NO merece la pena enumerar pinchazos, estocadas, descabellos, aquél aviso a Manzanares y sus muletazos engarzados al sobrero de Garcigrande. ¿Para qué? Todo se diluye con la imagen del toro feo y destartalado, borreguil y rendido desde que sale al ruedo. Así NO vamos a ninguna parte.

Créanme que me entristece tener que entintar de negativismo una crónica taurina, pero lo de ayer en Valladolid no hay por dónde de cogerlo. Lo peor es que la cosa no es novedad. Si alguien no lo remedia (Dios no está para estos menesteres), estos males consuetudinarios y ya endémicos que padece la Tauromaquia se pueden cronificar (que viene de crónico, no de crónica).

A la vista del documento gráfico que encabeza estas líneas, alguien pensará que, en ocasiones, se pudo disfrutar del toreo caro. Es posible. En los años 60 del pasado siglo le hicieron a Juan Belmonte la clásica pregunta: Maestro, ¿se torea hoy mejor que nunca?, y la respuesta fue contundente: No, lo que pasa es que hoy hay mejores fotógrafos. Un NO, también, muy oportuno.