Fue muy Justo, Emilio

Dicen que la Justicia es pesadora, castigadora y…ciega, o, al menos, así se la representa, en imagen alegórica; pero en estos tiempos, ciertamente, la Justicia, nuestra Justicia anda poco menos que alicaída, con el fiel de la balanza desequilibrado, los platillos de acá para allá, la espada mellada y la venda de los ojos flácida y descentrada. Digo nuestra Justicia y me refiero a la de los toros –¿o debería decir la Justicia, en general?– ; porque es la que tiene más de cegata o bisoja que ninguna otra. O sea, que mira, pero no ve. O no quiere ver. Por tal  motivo, hay una notable pléyade de toreros que pululan por ahí con un hatillo virtual al hombro, relleno de desencantos. Son los que gritan sotto voce por lo bajini, pidiendo (suplicando, más bien) atención a su ejecutoria por la Francia torista y los villorrios de rebojo de pan. Piden, digo, la atención de los aficionados y, sobre todo, de esas gentes que organizan corridas de toros, sin que las mercedes de sus mercedes (esas gentes) lleguen por ninguna parte. Así pasan parte de su vida profesional toreros de una pieza que van practicando funambulismo en el filo de la desesperación. Algunos, se rinden, se van, les echan. Otros se quedan, porque confían en la providencial aparición de esa diosa que los romanos llamaron Lustitia. Uno de esos toreros es Emilio de Justo, y ayer toreó en Valladolid.

Era el segundo festejo de la feria vallisoletana de septiembre. Primera corrida de toros. De nuevo, la respuesta del público –con los niños entrando gratis—superó el tapado de la mitad de los asientos del graderío. De nuevo, el himno nacional sonó, entre el general entusiasmo, pero sonó al finalizar el desfile, no durante él, como ayer comentaba. Y, por cierto, la idea fue de la empresa, concretamente de su gerente, el torero Jorge Manrique, que puede presumir de haber encendido –quizá sin proponérselo— la espoleta de una traca henchida de españolismo, capaz de enhebrarse y derivarse a otras Plazas españolas en un inmediato futuro. Tampoco sería nada nuevo. Las gentes del toro sabemos que en muchos países de la América hispana el himno nacional del país suena al finalizar el paseíllo; eso sí, con los toreros aún formados, quietos y respetuosamente desmonterados, mientras el público puesto en pie canta la letra de su himno patrio a voz en grito en los tendidos. En Quito, por ejemplo, es (fue, en un cercano pasado) un prólogo de festejo realmente emotivo, por la fuerza y sinceridad con que se vive esa fase liminar de la corrida. Jorge Manrique, pues, ha sido el impulsor de que suene el himno nacional en el recinto taurino de una vieja ciudad castellana de  esta España nuestra, antes de que salga el toro. Recuerde el alma dormida…

Volviendo a la cuestión que afecta a toros y toreros. La corrida de El Pilar estuvo impecablemente presentada, en el tipo de este peculiar encaste domecq que el viejo Raboso se trajo a sus predios salmantinos, para echar una pizca de  suavidad a su nueva ganadería de bravo, frente a la pimienta de sus coquillas, herrados con la interrogación que tanto hacía dudar a los toreros. Con esa cazurrez ladina que le caracterizaba, el celebérrimo José Matías Bernardos me confesaba una tardenoche en el Gran Hotel de Salamanca: Me he tenido que ir a lo suave, porque veía que las figurillas se  hacían a un lado cuando les hablaban de los toros de mi encaste de siempre, ¡con lo majos y bravos que son!…

Pues bien, una gran parte de “lo suave” del Raboso, herrado con el marbete de Aldeanueva fue a parar a uno de los hermanos Fraile, Moisés, que lo ha ido moldeando conforme a su filosofía de ganadero de buena ley, criando un toro alto de cruz, zancudo, longilíneo, patialto  y silleto, pero de cuello flexible, para  que permita la bajada de morro y el desplazamiento largo. Y así, con estos perfiles anatómicos, salieron ayer la gran mayoría de los toros por los chiqueros del coso del paseo de Zorrilla. Primero, bravo y encastado; segundo, noble y obediente a los toques; tercero, complicado en el último tercio; cuarto, de paulatino acortamiento en su viaje y sexto, manso perdido y a la defensiva, acabó rajándose escandalosamente. En quinto lugar se lidió un sobrero del mismo hierro, sustituto del titular, blando y lesionado. Fue un toro de abundante romana (573 kilos) pero con las mejores hechuras de los primeros aldeanuevas de Domecq, ya especificadas. Por tanto, fue un toro extraordinario que, además, derribó al picador Mario Benito y estuvo una eternidad prendido en el peto del caballo, antes de que José Manuel Pérez le clavara dos soberbios pares de banderillas. Un toro de bandera.

Hecha la descripción anatómica y de carácter de los toros de El Pilar, hay que consignar la buena técnica que despliega Juan  Bautista manejando capotes y muletas.  Es un torero en plena madurez. Torea como el que lava. Conoce como pocos los resortes de la lidia y da la impresión de que no pasa miedo delante de los toros. Y eso que el primero de la corrida, bravo como un tejón, tenía mucho que torear, pero en manos del francés pareció un toro de carril. Y no era tal. ¡Dios te libre de un toro bravo!, decía El Guerra. Pues este lo fue. Por eso la faena de Juan tuvo gran mérito y fue merecido el premio de la oreja tras la eficaz estocada. El cuarto, en cambio fue más esaborío, pero aquí se vio al torero dominador, habilidoso y práctico, que acabó convenciendo al público de Valladolid, que, por cierto, esta tarde estaba de mazapán. Nueva estocada y nueva oreja. Otra consiguió López Simón del tercero, a pesar de pinchar antes de la estocada, para finalizar una labor ardua, en la que no tenían cabida florituras de ningún tipo. El mérito de Simón se apareó con su innegable afán de triunfo, cosa que siempre agradecen estos paisanos míos, tan majos ellos. En cambio con el sexto, el toro más feo y más malo de la guapa y buena corrida de Moisés Fraile, no pudo rematar con éxito su actuación y salió andando de la Plaza, mientras sus compañeros se iban en hombros.

Porque junto a Juan Bautista también auparon a Emilio de Justo, un torero nuevo en esta Plaza que impactó al público con su forma de bambolear el capote a la verónica, o de envolverse al toro en salerosas chicuelinas, o de correr la mano y quebrar la cintura en el toreo en redondo, tanto con la izquierda como con  la derecha. Emilio conquistó esta Plaza con estas simples armas. Simples y bellas. Sin alharacas. El tercero fue un buen toro, y el quinto-bis un toro magnífico. Precisamente por eso su labor alcanzó niveles de torero caro, cuajado, con la ambición en pleno borboteo. Le anotamos series largas templadas y mandonas, llevándose el toro hasta más allá de la cadera, en semicírculo y en un palmo de terreno. Faenas de alto bordo, de figura del toreo, rematadas con dos estoconazos, cobrados haciendo la suerte con despaciosidad. Incluso acertó con un golpe de verduguillo al bravísimo sobrero, que tenía la espada envasada hasta los gavilanes. Tres orejas como tres soles (una y dos) y la Puerta Grande abierta de par en par. Ya era hora de que este chico se reivindicara en una Plaza importante, dentro de lo que llaman el circuito de las ferias de temporada. La Justicia, ya ven, a veces no se hace demasiado de rogar.

Quizá no sea demasiado original, pero el triunfo de Emilio de Justo, ayer en Valladolid, me ha dado hecho el titular.