“Toñete” y el Himno, protagonistas

La novillada con que se inauguraba la feria taurina de Valladolid (la de la Virgen de San Lorenzo) venía cargada de una doble sorpresa: el aspecto de los tendidos, con más de dos tercios del aforo cubiertos, y la música que acompañó a los jóvenes toreros en el paseíllo: ¡el himno nacional! Dos temas que darían para explayarse en sendos artículos de opinión porque pueden marcar sendas pautas que señalicen la vereda por la que debiera discurrir la fiesta de los toros y fortalecer sus señas de identidad  en un próximo o inmediato futuro: una, para incentivar la respuesta del público que acude a presenciar la actuación de los jóvenes valores, los alevines toreros, el imprescindible relevo generacional, y otra para utilizarla como un lenitivo sentimental-emotivo-patriótico que sirviera de revulsivo a esa apatía con que se pretende enmascarar el inviolable vínculo histórico y patrimonial que sirve de nexo a nuestro país con una Fiesta de palmarias raíces culturales y toma como símbolo de identificación universal a su basamento primordial, el toro de lidia.

Pues sí, la iniciativa de la empresa de facilitar la entrada gratuita a los niños (y niñas) acompañados por los respectivos adultos que portaran la entrada correspondiente, fue todo un éxito. Daba gloria ver los tendidos de sol y de sombra cuajaditos, con el bullicio característico de las tardes de toros de gran expectación. Ahí tienen una primera solución para las novilladas con picadores, que suelen ser una ruina para los novilleros por las exigencias de “poner” para torear o, en caso contrario,  una ruina para los empresarios, por la desolación de las hojas de taquilla. Animen a los futuros aficionados a asistir a los toros facilitándoles la entrada y bajen los enormes gastos de producción dejándose pelos en la gatera, tanto los gremios taurinos intervinientes en este tipo de espectáculos como los organismos de la Administración Pública que los regulan. Valladolid, primer ejemplo.

De pronto, cuando todos esperábamos que sonaran las notas de La Entrada, o Amparito Roca o Marcial, eres el más grande, nos deja boquiabiertos las ¡del himno nacional español! Así, con la marcialidad que estimulan estos compases, magistralmente interpretados por la Asociación Musical Iscariense, hicieron el paseíllo los noveles Toñete, Darío Domínguez y Alfonso Ortiz. Doy fe, que durante este rutinario desfile, el insólito acompañamiento musical desató la ovación más rotunda y unánime que se haya escuchado en esta Plaza. Me cuentan que fue el Director de la formidable Agrupación Musical quien tomó la sorprendente iniciativa. ¿Sonará, de nuevo, en el resto de los festejos de la feria? ¿Será imitada por otras plazas de toros? Supongo que tal licencia encontrará alguna reticencia en la progresía militante y burlona, que también tiene derecho a discrepar; pero, insisto, fue un detalle que arrancó una espontánea tempestad de aplausos… y los inevitables gritos patrióticos de rigor.

Por lo demás, el festejo dejó entrever la madurez de un chico que no tiene agobios económicos y quiere ser torero porque le da la gana. Se llama Antonio Catalán y se anuncia Toñete, en los carteles Se cuida, se entrena, se desvela soñando con el triunfo y no le importa tirar por la borda su adolescencia y juventud para conseguirlo. ¿Alguien tiene argumentos para reventar su obsesión vocacional o motejar su lícita ambición por llegar a la meta de tan procelosa  aventura? Es la segunda vez que lo veo torear y también doy fe de que ha logrado progresos extraordinarios. Tiene solvencia delante de la cara de los novillos, interpreta un toreo de talentosa técnica y estudiada elegancia, sin duda, influencia de Manolo Sánchez, uno de los más preclaros intérpretes del arte de torear que ha dado Valladolid. Manolo se ha encargado de transmitir sus formas y modos a tan aventajado alumno, que tuvo el detalle de brindarle la faena del cuarto de la tarde. El primero, de gran nobleza pero escaso recorrido por su falta de fuerza, permitió contemplar unas muñecas engrasadas con el lubricante del temple y una armoniosa composición de la figura, y el segundo mansito y remolón, magistralmente picado por Pedro Irurralde, sirvió de modelo para que este Toñete enseñara su capacidad, valor y talento para sacarle  el mejor partido, en una faena de dominio por la vía de la suavidad, muy ponciana, que no en vano es Enrique Ponce su figura del toreo de referencia. Además, maneja la espada con contundencia. Dos grandes estocadas –especialmente, la que recetó al segundo novillo de su lote—le facilitaron la obtención de una y dos orejas, respectivamente. Tres orejas y la salida en hombros por la Puerta Grande en una feria como la de Valladolid son un serio aldabonazo; y un empujoncito más para que dar alas a este joven torero, de cara a su próxima alternativa en Nimes.

El resto del festejo transcurrió entre la bisoñez del torero local (de Iscar), Darío Domínguez  y la voluntad y el buen porte de un chiquillo de Madrid, Alfonso Ortiz, que le echa moranteo a sus forma de mover las telas. Ambos son un desastre con la espada, a pesar de que este último está asesorado nada menos que por José Ignacio Uceda Leal.  El iscariense Domíngez (¡qué apellido más vallisoletano y más torero!), fue un dechado de voluntad, pero no alcanzó a aprovechar el magnífico tranco de su primer novillo, el mejor de una preciosa y muy noble novillada de Torrealba. No obstante, corrió la mano con aceptables maneras y dio la vuelta al ruedo, después de marrar con la espada. Mucho más marró en el quinto, el único que sacó complicaciones… y se lo echaron al corral. En el recital de pinchazos casi le iguala Ortiz, pero a este solo le avisaron en primeras instancias.

Con un torero en hombros, escoltado por un grupeto de exultante y jubilosa chiquillería –¡qué gozada!—terminó este festejo inaugural de la semana taurina vallisoletana. El eco del tableteo del aplauso también escoltó la salida triunfal de Toñete; pero, desde luego, nada comparable con la ovación primeriza que subrayó los  compases del himno nacional. Se lo puedo asegurar.