Llegó Urdiales, y dijo: ¡Estoy aquí!...

Ocho toros, ocho, embarcó la ganadería de Alcurrucén. Ocho toros, ocho, se bajaron de las celdas de los camiones de transporte y todos ellos acabaron saliendo ayer tarde al ruedo de Vista Alegre. Cartel de lujo y corrida de máximo compromiso, después del Huracán-Roca, que dejó el listón del triunfo absoluto (la Puerta Grande) a una altura muy considerable, diríase que inalcanzable, porque el rescoldo de su apoteosis todavía seguía en plena y latente actividad durante la mañana de la corrida. ¿Quién osaría disputar al peruano el título de triunfador de las Corridas Generales de este año? Quimérica cuestión. Hacían falta demasiados argumentos –toros, toreros, ambiente propicio…-- Y, de pronto, llegó Urdiales y dijo: ¡Estoy aquí!

Y en efecto ahí estaba, presidiendo el desfile del paseíllo de esta octava función del abono taurino bilbaíno, escoltado por Enrique Ponce y El Juli, con los graderíos de la Plaza cubiertos en sus tres cuartas partes, la mejor entrada de esta Semana Grande taurina. Iban saliendo los toros de Alcurrucén, de preciosa lámina, “en tipo”, que se dice, pero no acababan de rematar, en lo que a comportamiento se refiere. El tópico del toro abanto, frío de salida, se convirtió pronto en una realidad plena durante la lidia de los dos primeros alcurrucenes. Ninguno de los dos valieron para que triunfaran dos toreros tan avezados como el valenciano y el madrileño, veteranos de mil batallas y figuras contrastadas en el universo mundo del toro. Distraído, desrazado y sin ánimo de atacar el primero, y el segundo negado a romper para adelante, abortaron cualquier lucimiento. Tampoco el cuarto, ayuno de casta, pero con su miajita de nobleza, permitió a Ponce otra cosa que poner de manifiesto su capacidad para sacarle partido, a base de llevarlo templadito y a media altura, en una faena muy larga, pero de escaso contenido. Enrique, ya se sabe, es un competidor duro de pelar, pero esta vez, los toros se empeñaron en arruinar su reposada labor, a la que le faltó el imprescindible gancho de la emoción que pone en ebullición a los tendidos.  Además, falló con la espada y escuchó un aviso, pero este público, poncista hasta la médula, le reconoció el esfuerzo, premiándole con una ovación. Peor suerte tuvo Julián, porque el primero de su lote (segundo de la corrida) acortaba los viajes una enormidad y tomaba la muleta previas ojeadas al ropaje del artista y porque después, hubo de enfrentarse con el capote a ¡tres toros! de Alcurrucén, el de su lote y los dos sobreros. El definitivo, conocido en la jerga del periodismo taurino como tris (¿?) fue un pájaro de cuidado. Había sido devuelto el titular (que prometía con su bravura en el caballo, donde se rompió la parte puntiaguda del cuerno, o sea, la parte más fina del pitón) y también el sustituto (el bis), por renquear ostensiblemente; así que este tris (horrible vocablo) estuvo en un tris de meter a El Juli en la enfermería, soltando fogonazos con sus implacables cabezadas, tiradas especialmente con el pitón  izquierdo. Fue este hermoso ejemplar, un morlaco berrendo en castaño oscuro, calzado de las cuatro patas y lucero, uno de los más complicados, deslucidos y de mayor peligro de este final de ciclo de toros de Bilbao. El Juli se la jugó, qué duda cabe, y también el público se lo reconoció, a pesar de que le tocaran un aviso. Conociéndole, se va de Bilbao con un cabreo de mil diablos.

Y en esto, llegó Diego Urdiales y dijo: ¡Estoy aquí!...

Estuvo porque le contrataron los de la Junta Administrativa o la empresa Chopera, quien haya sido. Pero hicieron bien. Diego lleva la temporada a remolque, tanto, que se ha vestido de luces tres tardes, incluida esta de Bilbao. Así está el panorama para este torero magnífico, intuitivo, artista sobre todas las cosas. Tuvo suerte, cierto es. Se llevó el lote de la corrida: un toro muy bravo y encastado (el tercero) y otro (el sexto) bravo y noble. Pero también tuvieron suerte esos toros y, por supuesto quienes contemplamos su espléndido juego y la suprema plasticidad de la obra del torero. Una obra con distintas partituras, y por ende, distintos fueron los compases que Diego hubo de manejar. La temperamental embestida de ese tercer toro transmitía un torrente de emociones, por eso la cadencia de los pases cobraba especial efecto en el público. Toro de bravura entintada en fiereza, que es el adobo ideal para que el espectador se eclipse ante lo que contempla. Como colofón, una estocada, cobrada a tumba abierta, tumbó también al animal. La oreja recibida  fue de los trofeos más incontestables que se hayan concedido en esta Plaza. Lo del sexto fue otro cantar, otro sonido, otra música, en definitiva. El toro embestía con templanza, y metía la cabeza en las telas de torear con extraordinaria nobleza. Diego lo  bordó en este toro. Hasta se permitió andarle al de Alcurrucén con un moranteo de evidente galanura. Sus muletazos, ejecutados con un aplomo de piernas magnífico y un juego de brazos y muñecas excepcional, acabaron por desbordar el entusiasmo en las gradas de Vista Alegre, y a pesar de que pinchó, la estocada postrera y definitiva fue antológica, provocando el desbordamiento de pañuelos, en demanda de premio para el arnedano. A ver, señor presidente, ¿qué hacemos ahora? A Roca Rey, anteayer, se le concedieron dos orejas a pesar del pinchazo previo. ¿Hará lo mismo don Matías con Diego Urdiales? ¿Urdirá el señor González alguna treta o disculpa para reducir el premio y hurtar así la Puerta Grande al torero? Pues no, señor: dos orejas como dos soles. Tres, en total en una tarde para el recuerdo. Una de esas tardes que el maestro Ordóñez fijaba en su calendario como fecha en la que había que alcanzar el triunfo sí o sí. A golpe cantado.

Así debió entenderlo este torero de finas formas y exquisito temple. Temple hasta en la yema de los dedos de sus manos, y temple, también para capear este temporal que le ha tenido dolorosamente marginado durante meses. Hasta que llegó la Semana Grande taurina de Bilbao y llamó a las conciencias que cohabitan en los entresijos de esta Fiesta nuestra, gritando: ¡Eh!, ¡Estoy aquí!...