Roca Rey, al rescate en el naufragio

Un cable por la borda, eso fue lo que echó ayer en Bilbao Andrés Roca Rey a las Corridas Generales de Bilbao, salvando, de paso, un nuevo naufragio ganadero.

Dos horas y media largas de festejo se habían cumplido cuando salió a la palestra de Vista Alegre el toro que cerraba la función; una función que, otra tarde más, iba a la deriva, y con ella una semana de toros que pasará a la historia de esta Plaza como la más paupérrima de los últimos años. En todos los sentidos, tanto por la presentación del ganado –desde la desmesura a la racanería—y su deficiente juego, como por la respuesta del público, que apenas ha llegado a cubrir los dos tercios del aforo, algo insólito e inaudito en una ciudad que tiene a gala ser una de las principales referencias de la temporada taurina en España. Salió al ruedo, digo, el toro de Victoriano del Río y solo su nombre invitó al mosqueo colectivo: se llamaba Despreciado.  Era un toro de pelo burraco, que empezó a  moverse por la arena sin demasiado ímpetu. Roca Rey le ofreció el capote y lo llevó prendido en su bamba con suavidad, en inequívoco afán de no quebrantar demasiado las primeras embestidas. Ordenó al piquero, José Manuel Quinta, que no apretara en ninguna de las dos entradas y ello pareció despertar un fondo de genio en animal, al punto, de que acudió rebrincado y mansurrón a las acongojantes saltilleras por las que el torero le obligó a pasar en el quite. Es el quite frontal de mira por aquí, mira por allá, que pone un punto de angustia a la suerte ideada por el viejo Armillita, hace casi un siglo. El quite que asusta a todo quisqui, toro incluido. Cuando este Despreciado llegó a la muleta, estaba sin definir. Acudía a los cites mansurroneando, despreciando la generosa entrega del torero en los medios de la Plaza. Y, al fin, tras el clásico y estático comienzo de faena y un par de tandas en redondo con la mano derecha, se dio el piro de forma escandalosa, provocando en todos los presentes un ¡oh! o un ¡ay! de profunda decepción. En todos, menos en el torero, que tiró del morlaco remolón hacia los terrenos de afuera y allí se embraguetó con él, pasándoselo por los muslos con la muleta medio acostada en el piso, dibujando un largo trazo curvilíneo, en formidable alarde de poderío. Fueron unas tandas en redondo con la derecha y, sobre todo, dos de naturales de arrebatada sinceridad, de macizo contenido e incontestable pureza que el toro de Victoriano del Río no tuvo más remedio que aceptar. Eso es mandar, eso es torear. El arte del toreo ejecutado sin pestañear sobre el filo del máximo riesgo. Ni más ni menos. Las bernadinas finales, ajustadas y poderosas, con el toro ya rendido a la osadía del peruano, pusieron punto final a un faenón de máximo premio. Sin duda. La duda nos asaltó cuando pinchó en todo lo alto, antes de la letal estocada en la yema que desató una pañolada unánime en los tendidos. ¿Cuál sería la respuesta del presidente? Conociendo el paño, aquí el firmante creyó que no pasaría de la solitaria oreja. En semejante tesitura, y en estos tiempos, un pinchazo es algo así como el mecanismo del freno que se echa, sin querer, en plena ascensión de una dura carrera. Pero, no. Esta vez, el señor presidente, tan cicatero, tan insensible y tan a la contra en innumerables ocasiones, tras un impás de misterio (¿de duda?) hizo así y sacó los dos pañuelos a la vez, provocando tal cual discrepancia. Mi opinión: los jueces de Plaza –los jueces, en general—deben pronunciar sus veredictos atendiendo no solo a la letra de la ley, sino al espíritu que en ella subyace y envuelve al hecho que se juzga. Ayer, en Bilbao, el hecho fue que Roca Rey cuajó una labor magnífica ante un toro bravucón, irascible e indómito, de alto riesgo, que anunció su renuncia a la pelea de forma escandalosa, demostrando que es un torero completísimo, y un líder de una pieza. Oreja más oreja menos, ese es el fondo de la cuestión.

Antes de todo esto, Roca Rey había apechugado con toro mansote de Victoriano, con el que esbozó el apunte de lo que vendría después. Lo toreó ceñido, reunido y mandón, en una faena en la que destacó una preciosa serie de naturales de largo trazo, pero es esta ocasión la rajadura del toro fue tan escandalosa y abochornante que se refugió en tablas, al hilo de las cuales lo despachó Roca de media estocada y descabello, escuchando un aviso, antes de saludar una gran ovación.

Sebastián Castella se enfrentó a los dos toros que llevaban el hierro de Toros de Cortés, que no es sino el otro anagrama de una sola ganadería. Manso el cinqueño  primero y anodino el cuarto. El torero jamás perdió la compostura, llegando a hilvanar algunas buenas tandas de muletazos en aquél, antes de que perdiera movilidad y entregara la cuchara y lo despachara de pinchazo y estocada pasada, escuchando un  aviso y una posterior ovación. El cuarto fue otro toro deslucido, que tomó dos varitas con resignación y llegó como “desmotivado” a los siguientes tercios. En el de quites, Castella respondió al de Garrido por elegantes verónicas –el toro embestía a pasitos-- con unas tafalleras ajustadas y en el de banderillas, Rafael Viotti clavó dos excelentes pares. El esfuerzo de Sebastián con la muleta fue baldío. Estocada caída y silencio en las masas.

José Garrido entró en el puesto del lesionado Cayetano. Tuvo la suerte absoluta y tozudamente de espaldas. Se fue a saludar a porta gayola al segundo de la corrida, y el de Victoriano salió de los vuelos del capote con su cuerpo partido por la mitad. Lástima, porque el sobrero de Encinagrande fue un toro desrazado que acabó  entregando la cuchara apenas le había presentado la muleta; y el quinto, de Victoriano del Río, fue sencillamente impresentable, chico y con dos pitoncitos por defensas. No era toro de Bilbao, sino de Rentería, con todos los respetos para los renterianos. Al torero le enviaron un aviso, porque prolongó en exceso una faena de imposible lucimiento, acabando con un desplante “a lo Padilla”, tirando al suelo la muleta, digo yo que por no darle al toro en el morro con ella. Tras media estocada eficaz y el aviso de rigor, José Garrido recogió una larga y cariñosa salva de aplausos. Sigo apostando por este torero. Es uno de los mejores intérpretes del toreo a la verónica y tiene un empaque fuera de lo común manejando la muleta. Denle tiempo. Y suerte. Ambas cosas se las merece.

Ya era de noche cuando Roca Rey trasponía en hombros la puerta Grande de Vista Alegre. Los de la salida en hombros de esta Plaza es, desde luego, una hombrada, en el más amplio sentido de la palabra, porque es uno de los pocos toreros que han conseguido este honor. Dos orejas después de un pinchazo es un dato que dará pie a ciertas reticencias, pero lo cierto es que avala todavía más la gesta. Dos orejas después de un pinchazo, en Bilbao y con Matías González en el palco. ¡Cómo estaría Roca Rey!