¡Qué pesadez de corrida, por Dios!

Las ciudades –al menos en España—tienen color. O colores. De todas ellas, el más indefinido es el de Sevilla, que según  una popular canción tiene un color especial. Bilbao, también tiene el suyo: el “azul Bilbao”, que es un azul intenso, según dicen, el que en su día, ya muy atrás en los siglos, debió tener la ría del Nervión cuando la invadía el mar de la cornisa por acá arriba. Es el color que se elige para identificar estas fiestas de la Aste Nagusia y del de las butacas de poliéster de su plaza de toros. A mayores, Bilbao tiene otro color para su cielo: el gris. Es el gris clarito de la bruma que produce la calima en verano, que se convierte en gris plomizo cuando barrunta lluvia. El “bocho” de Bilbao, pues, tiene su txapela particular, de rabo empinado, como los toros bravos. Ayer, en el coso bilbaíno de Vista Alegre, la boina vasca bilbaína tenía ese grisáceo  aspecto que hace resudar los cuerpos, azuzado por el bochorno climático. Es un plomo candente, que acentúa sus efectos cuando las corridas de toros enfilan el sendero de la decepción.

Decepción es la palabra que más se repite por Bilbao en estos días, sobre todo de mitad para adelante de sus afamadas Corridas Generales. Unas corridas que están bajando el tono de forma alarmante, sorprendente y preocupante en lo que a asistencia de público se refiere. Flojas entradas. Ayer, quizá no se llegara a la mitad de aforo cubierto. Miras al cielo, ves el plomo de las nubes y miras a los tendidos y ves el plástico “azul Bilbao” al descubierto y se te cae el alma a los pies. Bilbao/Bilbo de mis amores, quién te ha visto y quién te ve.

A priori, el cartel de la corrida tenía alicientes suficientes para que la Plaza mostrara una excelente entrada:  Antonio Ferrera, en su nueva versión, de artista en busca de las musas, Miguel Ángel Perera, que se atrevió a verse las caras en Algeciras mano a mano con José Tomás y su legión de arrebatada feligresía, demostrando que su categoría de figura del toreo contemporáneo no ha cedido ni un ápice y el joven Ginés Marín, que el año pasado fue la sensación de la temporada y es uno de nuestros más preclaros toreros emergentes. Si a ello le sumamos la novedad de una ganadería de nuevo cuño, que lleva varias temporadas causando sensación, triunfando a golpe cantado en la lidia de novilladas, lo normal es que la Plaza hubiera registrado una estrada, digamos, aparente, rozando los tres cuartos. Pues ya ven: la gente pinteaba por aquí y por allí, entre el sol y la sombra, en este caso solo presente en la leyenda del boleto. Ruina, en todos los aspectos, pero sobre todo para el devenir de nuestra Tauromaquia, tan fustigada por diversos flancos.

Ruina, también, de corrida la de El Parralejo. Dispareja de presentación y deslucida de comportamiento. Me cuentan --¿será cierto?-- que dos de los toros vinieron a Bilbao para completar el lote de ocho que los nuevos ganaderos embarcaron, pero advirtiendo que descabalaban el lote. Ingenuos, los ganaderos. La autoridad competente los metió en seguida en el orden de lidia, quedando encuadrados en el famoso “cuadro” del aparatado en cuarto y quinto lugar. Eran los dos toros más cornalones de la corrida. El primero de ellos, cuarto de la tarde, fue recibido con una gran ovación. ¡Estamos en Bilbao!

A la vista del resultado artístico del festejo (solo se escucharon aplausos para Ferrera), el juego ofrecido por los toros debió ser de lo peorcito de estas corridas generales, y, ciertamente, el fracaso de este hierro ganadero fue palmario y  notorio. Tremenda de volumen y de edad, con un toro (el primero) de bonita lámina, careando los seis años, pero descompensada de armamento y vacía de contenido y otro, el cuarto, con dos pitones descomunales que casi no cabían en  el faldón de la muleta. Ya me contarán a qué  viene esta desmesura, en todos los sentidos. No me valen las excusas de los dos toros de referencia, metidos por un por si acaso. Mala corrida de El Parralejo, sin paliativos… Bueno, sería injusto no señalar que los toros apretaron de firme en varas, con bravura, fijeza y poder –algunos, incluso derribaron--, pero ello demuestra que el toro bravo actual debe aportar otros valores para que los toreros puedan lucir sus habilidades y los aficionados completar sus apetencias. Las desmesuras de carnes y cuernos, a veces, acaban embistiendo, pero son excepciones. Ya he repetido hasta la saciedad que el toro bravo es un misterio, afortunadamente; pero hay leyes, no “mendelianas”, en la estampa del toro de lidia que debieran  ser de obligado cumplimiento.

Así las cosas de la función taurina solo se salva un precioso quite por salerosas chicuelinas de Antonio Ferrera, en su turno, al tercero de la tarde y su breve y voluntarioso ensayo de la mariposa de Marcial, algunos muletazos de Perera (solo una tanda) al segundo y dos soberbias estocadas de Ginés Marín a los de su lote y un gran puyazo de Francisco Doblado. El resto fue un monólogo torista de parones, caras por las nubes, y ladinas intenciones. A mayor abundamiento, algunos hasta blandearon, no se sabe si por molestar o porque, en efecto, las fuerzas estaban al límite. Para colmo, Perera pegó un mitin con el descabello en el segundo toro. Tanto él como Ferrera, fueron avisados. La tarde, por tanto, acabó rozando la desesperación de este generoso y bonancible público de Bilbao, que pide música en cuanto el toreo pega cuatro muletazos seguidos sin enganchones.

Los metales nobles se distinguen de los pesados en que aquéllos tienen una alta resistencia a la oxidación, además de otros valores que los hacen preciados en joyería. Por el contrario, los pesados suelen ser, incluso tóxicos, para la especie humana. El plomo, está entre estos últimos. Con los toros de lidia, ocurre algo parecido. Los hay nobles y bravos, resistentes al castigo, y pesados en todos los sentidos, con la consiguiente carga de toxicidad para criadores, toreros y público en general.

Qué plomazo de corrida, la de ayer. Esta vez, el cielo de Bilbao era premonitorio.