Sin Puerta Grande, no hay paraíso

Veo la actuación de Andrés Roca Rey en San Sebastián y con ella deja constancia el peruano de que no tiene intención de que nadie le tosa. Es insaciable. Va a por todas y a por todos. No hay toro ni Plaza que se le resista. Es, además, el que tira de la taquilla con más fuerza. Está imparable. Tres orejas en Ilumbe, mano a mano con Ponce, forzado reparto de funciones entre los dos toreros  por la baja a última hora de Cayetano. No llevo la cuenta  --soy alérgico a la estadística-- de los trofeos conseguidos por este Roca, ni de las salidas en hombros de las Plazas, pero deben ser inmensa mayoría entre sus actuaciones.

A tenor de esto último, me llamaron la atención dos cosas: su paseo en hombros por el ruedo y su salida de esta guisa a las afuera del coliseo multiusos donostiarra. Lo llevaron en hombros los areneros, uniformados de blanco impoluto, con su faja a la cintura y el pañuelo al cuello de color  azul intenso, como el del mar en la bahía de la Concha. Lo malo es que no lo sacan a la calle, como debiera ser obligado, sino que lo conducen directamente a una furgoneta con el motor en marcha, aparcada al efecto sobre la pulimentada solera al cuarzo en la misma embocadura del ancho patio de cuadrillas. Fue la secuencia postrera de una corrida triunfal --una más— para Roca Rey, por cierto, esta vez ante la presencia del rey emérito don Juan Carlos de Borbón,  el broche de una apoteosis que me provoca, también, dos reflexiones antitéticas.

La primera, de signo positivo, se refiere al personal sobre cuyos hombros se posan las posaderas del triunfador. Los areneros, en grupo compacto, y el torero sobre ellos, sonriente, formaban un cuadro de amable pulcritud.

A este respecto, conviene recordar que en un principio eran los propios aficionados quienes se arrojaban al ruedo, empujados por el éxtasis que acababa de provocar el torero, disputándose entre ellos el indescriptible honor de izar a las alturas y procesionar sobre sus clavículas al ídolo que había conseguido remover sus entretelas y estimular sus emociones más íntimas. Una vieja película, de 1914, nos muestra a Joselito el Gallo rodeado de una imponente multitud, sacado a duras penas por entre ella hacia la carretera de Aragón de Madrid, la tarde de los siete toros de Martínez. Apenas se distingue al torero. Cuentan que lo llevaron hasta Cibeles, y que allí lo recogió un coche de caballos. Muchos años después, Antonio Bienvenida salía de Las Ventas entre una masa de aficionados, turnándose entre los hombros de sus más rendidos admiradores, que acababan depositándolo –después de una penosa subida por Manuel Becerra y calle de Alcalá arriba-- en el mismísimo zaguán de general Mola, 3. Y, en fin, ya en una cercana contemporaneidad, a Enrique Ponce lo tuvo que rescatar un coche particular después de zafarse de los hombros de los apasionados aficionados mexicanos, entre el tráfico infernal de Insurgentes. Cito estos ejemplos como referencia al sentido que siempre se dio a los finales de las tardes de toros apoteósicas y a la multitudinaria participación de las gentes que tuvieron la dicha de testificarlas. En este tiempo, sin embargo, los toreros son levantados sobre los hombros de “profesionales” de un sector, nada cualificado, ni por esencia ni por presencia. A veces, por un solitario y desmañado “costalero”, que cumple su función a duras penas, en busca del salario que el rumbo de los adláteres del izado estimen oportuno. Por eso, la troupe de los areneros de Ilumbe, es una limpia y buena solución. En Cali (Colombia), se hace algo semejante.

El signo negativo está en el destino que encuentra el torero a la salida de esta moderna Plaza. Resulta que va en hombros y sale… ¡a la nada! Al silencio. O, peor, al ronroneo del motor de una furgoneta. No hay alborotos que le aguarden, ni policía montada que trate de poner orden a  la espontánea manifestación de admiración y beneplácito, que es el último disfrute del triunfador, aclamado por una muchedumbre que, muchas veces, se incrementa por otras gentes que se suman al homenaje sin haber presenciado el espectáculo. ¡Menuda carrera me pegué, desde la calle Ibiza a la Puerta Grande de Las Ventas, aquél junio del 64, para ver salir en hombros a El Cordobés en la corrida de Beneficencia que había presenciado, en blanco y negro, por la tele! Me la jugué entre los cascos de los caballos de los grises. ¡Qué alboroto!

Resumiendo: el alboroto que provocó en el ruedo Roca Rey, se vio desmerecido por el final de su salida en hombros de la Plaza. Claro que si quieren sacarlo hasta la calle hubieran debido subirlo ¡en hombros! por la cuesta que hay según se sale del patio de caballos a mano derecha; son las cuestiones que se les escapan a los arquitectos que proyectan en función de su ideario técnico y artístico, sin tener en cuenta estos detalles, puramente taurinos.

Cuando se decidió la construcción del madrileño Palacio Vistalegre, tuve la oportunidad de estar cerca del proyecto y apunté, discretamente, algunas recomendaciones al respecto, como posibilitar la salida de los toreros en hombros hacia las calles de Carabanchel o dotar a la fachada de unos toques de diseño que la identificaran con una Plaza de Toros. Resultado de los apuntes: le colocaron dos esculturas en bronce (supuestamente del uro primigenio)  horrorosas. Tampoco hay Puerta Grande. El progreso --siempre imprescindible, en todos los órdenes de la vida-- desde el punto de vista arquitectónico, a veces mata la esencia de los escenarios taurinos.

Daba grima ver a Roca Rey enfilar el túnel que conduce a inmenso patio de caballos del confortable coso donostiarra, sin un palmoteo, por discreto que fuera, que le acompañara a su alrededor. Una plaza de toros sin Puerta Grande es un error de concepto imperdonable; y salir en hombros sin traspasar el umbral y el dintel de esa Puerta, se proyecta como un contrasentido. En el mundo de los toros (y, sobre todo, en el de los toreros), sin Puerta Grande, no hay paraíso. Desde luego, si se hubiera inspirado en la actual plaza de toros de San Sebastián, Elvira Checa jamás hubiera compuesto su celebérrimo pasodoble.