Entre el petardo y la injusticia

Se acabaron las fiestas de San Fermín, en Pamplona y la ciudad amaneció esta mañana como un escenario fantasmagórico, un remedo de lo que fue, hace poco más de una semana. Pasar de la jubilosa explosión incontenible a la tristeza de una humareda residual, del fragor a la calma chicha, del ¡boooommm! al chiiiistttt… en el santiamén onírico del ayer al hoy,  induce a una suprema melancolía,  como si, de repente, se hubiera acabado el mundo de los vivos y los edificios siguieran enhiestos de puro milagro. Así se encuentra Pamplona –al menos así la encuentro— en el “día después” de la última jornada sanferminera, la del 14 de julio, la del “pobre de mí”: como una estampa alienígena, cubierta por la triste laxitud que envuelve a los que echan cuentas ante la caja de sus negocios, o ante el espejo que devuelve la imagen de un cuerpo duramente sometido al esfuerzo permanente del no parar, o el de la intimidad de una conciencia que ha permitido incontables desmesuras. Esa es la brutal metamorfosis que se produce en la capital de Navarra en un día como hoy. Definitivamente, el día siguiente –este 15 del 7–  es el peor día del año para quienes han vivido intensamente una fiesta de tan gigantesca singularidad.

Una singularidad que afecta, al sector puramente taurino, esto es, a quienes   acuden a la plaza de toros (una aplastante minoría) a ver el juego del ganado bravo durante su lidia y a comprobar la valía de quienes se juegan la vida, tratando de practicar el arte del toreo. Siento que cada año se le da una vuelta a la tuerca del ninguneo hacia lo que ocurre en el ruedo, a no ser que, como en esta edición del 2018, concurran circunstancias especialísimas, como la fugaz aparición de un ídolo de las Peñas, como Pepín Liria, o la despedida del un héroe y mutilado de guerra, como Juan José Padilla. Entonces, sí; entonces el público que abarrota los graderíos hace gala de esa portentosa generosidad de las gentes de  esta tierra, de ese cariño cuasi fraternal hacia los hombres que se enfrentan al toro, principalmente, a los que lo hacen con un valor montaraz, empírico y sincero, que por algo fue en esta parcela geográfica de la piel de toro donde hundieron sus raíces los primeros brotes de la Tauromaquia.

Ayer, salieron al ruedo pamplonés los toros de Miura. Los miuras son esperados cada año en la llamada Feria del Toro. Son, digamos, un clásico. Son los toros que suelen batir récords de tiempo invertido durante el recorrido del encierro, y por ello se les pone de colofón o en jornada dominical, porque aumenta el gentío de corredores y los miuras van a su aire, sin reparar en el  acompañamiento de humanos que les escolta o les precede, evitando con ello percances varios por la cosa de la masificación. Después, en el ruedo, son otra cosa.

La cosa de ayer sufrió un contratiempo previo, porque uno de los toros de Miura se lastimó en el enchiqueramiento y fue sustituido por otro de Fuente Ymbro, por tanto, la corrida del emblemático hierro empezó lisiada. Después, otros contratiempos se fueron sucediendo a medida que los miuras se lidiaban… como buenamente podían los toreros. Tres toreros de valor contrastado y con capacidad suficiente para resolver la dureza de estos especímenes de la raza, de trayectoria legendaria y tipología inequívoca. El problema es que, a lo largo de casi siglo y medio, tampoco han  variado en comportamiento, salvo en las primeras décadas de la posguerra, cuando el señor Miura Fernández (don Eduardo) consiguió que el genial Pepe Luis (Vázquez, naturalmente) se enamorara del ganado de Zahariche e incluso participara en sus tentaderos. Aquellos miuras (algunos) embestían lo suficiente para que se les pudiera practicar el arte del toreo, si bien jamás perdieron su fama de celosos defensores de prurito biológico, esto es, el afán de defenderse ante el desafío de las telas que les ofrecen los toreros, de tal suerte, que, con frecuencia, los espadachines no eran estos (los toreros), sino ellos (los toros).

Ayer, los mosqueteros eran Rafaelillo, Rubén Pinar y Pepe Moral; pero, sin D’Artagnan que les echara una mano, hubieron de competir con cinco morlacos de la especie bovina más ardua que se conoce para estos menesteres del arte del toreo. Por tanto, habremos de convenir que una corrida de Miura, salvo raro acaso, es un compromiso diferente para la grey taurina, es decir, el escalafón de toreros. Es otra cosa. Otro espectáculo. El espectáculo de ver cómo un hombre vestido de luces es capaz de zafarse de un combate singular y muchas veces desigual. Desde el punto de vista artístico, no hay maña que pueda con esta fuerza. Ayer, se trataba de ver si los tres toreros saldrían vivos del compromiso; por tanto, no se trataba de averiguar si serían capaces de dibujar y ligar muletazos templados o enhebrar verónicas lorquianas de alhelí. Les aseguro que fue imposible. Si acaso, el tercer toro consintió que Pepe Moral le galleara por chicuelinas al paso o lo embarcara en el capote aprovechando la inercia de las primeras embestidas. Incluso que le sorprendiera con dos o tres pases naturales. Algo parecido, solo que más continuado, hizo Rubén Pinar, pero a ninguno de los dos les hicieron puñetero caso. El público estaba a su bola, planteando la despedida de las fiestas, el lugar de la cena o gritando la promesa de que Osasuna volverá a Primera División. Y, mientras tanto, Pepe sudaba la gota gorda (dio la impresión de acabar agotado), sorteando calamocheos, zunas y tretas, y jugándose el tipo para lograr la estocada. Rubén, tres cuartos de lo mismo; y a todo esto, Rafaelillo, el hombre, jugándose la voltereta o la cornada con dos toros imposibles de torear, porque ni obedecían al toque ni querían saber nada de aquella cosa roja que portaba un tipo bajito de estatura, que se ha batido demasiadas veces en estas desiguales batallas. El caso es que el de Fuente Ymbro (un zambombo de toro lidiado en cuarto lugar) pareció contagiarse de sus ocasionales compañeros de chiqueros y tampoco tuvo ni un pase. Quería coger al torero hasta con el rabo.

Destacar, sin embargo, la buena actuación del picador Francisco Romero y de los banderilleros Ángel Otero y Victor Manuel Martínez. No fueron fáciles (algunos, imposibles) de banderillear los toros. Querían quitarles los palos a estos hombres a mordiscos. Destacar, también la generosa entrega (rayana en la inmolación) de Pepe Moral y Rubén Pinar con la espada. Dos estoconazos jugándose el tipo merecieron algo más que las palmas de un sector de la sombra  para Moral o la vuelta al ruedo de Pinar. ¡Con las orejas que se han dado en esta feria!…

Qué desastre de corrida. La mayoría de los miuras adoleció de falta de fuerza y se defendían a mandoble limpio, con cabezazos intempestivos y revueltas busconas de carne humana. Para colmo, el primer toro lucía unas paupérrimas defensas y el quinto tenía la estampa de aquellas vacas viejas con las que se fajaba Dámaso (González, por supuesto) en las capeas de sus comienzos. Es otra de las ventajas que tiene este hierro ganadero: envía seis toros y a ver quién es el guapo que desecha alguno. Quíntenles el hierro, pongan cualquier otro, y verán…

En fin, que el cierre sanferminero fue un fiasco. Y uno sale de la Plaza pensando en los toreros que se pasan horas y horas toreando de salón, soñando con que les embista un toro para mostrar el arte que atesoran y se encuentran con estas emboscadas. Mis respetos para todos ellos; y, por supuesto, para esta ganadería, que por cierto acaba de verse envuelta en una desagradable noticia, según la cual, el cuerno de uno de los toros lidiados en Madrid, dio positivo por “afeitado”. Espero que el técnico veterinario, responsable de los análisis y por tanto de su dictamen, conozca perfectamente la peculiaridad de los cuernos de las reses de este encaste, que tienen ancha mazorca, pala larga y pitón breve, es decir, de un macizo muy reducido, tanto, que algunos toros sangran en seguida al chocar contra las tablas, al tener la línea medular muy próxima a la punta del pitón. ¿Lo saben, o acaso aplican la aritmética del famoso quebrado sin tener en cuenta estas cuestiones? Cuidadín, cuidadín con estas cosas, porque pueden causar daños irreparables en la impecable trayectoria de honestidad de los propietarios de un  hierro ganadero de fama universal.

Otra cosa es la presentación y el juego de la corrida de ayer en Pamplona. Petardo ganadero e injustica para los toreros. Así no vamos a ninguna parte.