Padilla y Roca Rey, apoteosis diferentes

Estaba el cielo de Pamplona preñado de nubes y el bombo de su monumental   plaza de toros, preñado también de fervor padillista. Era el cartel más llamativo de la Feria del Toro, el más atractivo, el de mayores promesas, la tarde de toros que todo buen pamplonica no debe perderse porque se barrunta corridón lleno de emociones, de adioses y bienvenidas: un torero que dice irse de los ruedos y otro que llega, para quedarse… por tiempo indefinido. Las banderas negras con calaveras blancas aparecían por los tendidos de sol a medida que se iban cubriendo de espectadores cuando Juan José Padilla no daba abasto para atender a otra nube, humana esta vez, que le asediaba en el patio de cuadrillas para obtener un selfie o un garabato en el papel de la entrada, recién mutilada por el esquinazo. La tarde, amenazante de lluvia, amenazaba también con un empadillamiento fuera de catálogo. ¡Ya quisiera el Ciclón, el Pirata o como ustedes quieran llamarle haber tenido un recibimiento, en coyuntura semejante, en su tierra de nacencia! Pamplona es así, para estas cosas de toros y toreros:   generosa, apasionada y filantrópica.

En medio de este apoteósico planteamiento, el feliz resultado de la tarde de toros dependía precisamente de ellos, de los toros; y pronto se vio que los de Jandilla también se apuntaban al banquete triunfal. Dicho esto, ya veo venir a los del monóculo con la chaira de rebanar voluntades o la manguera de apagar fogosidades. Triunfal, no: ¡triunfalista!, vendrán a decir. Y yo responderé: dejen que los públicos sean fieles a su propia identidad y no malmetan con la castración de idiosincrasias. Además: la palabra triunfalismo, en estos casos, está mal empleada, porque en su principal acepción se refiere a la prepotencia, a la imposición supremacista, y nada más lejos de la realidad pamplonesa y, particularmente, la pamplonica.

Decía que la corrida de Jandilla empujó al triunfo de los toreros como ninguna otra en esta feria. Brava y noble, fundamentalmente, algunos toros sacaran además casta de la buena. Algunos empujaron en varas con poder y fijeza y todos –en mayor o menor medida—se fueron tras las telas de torear con viaje codicioso y bonancible, especialmente el lote de Padilla. A él le correspondió el lote que llevaba con mayor claridad  el triunfo en bandeja, y Juan debe agradecerle a este cielo, ayer brumoso, tanta y tan bendita regalía. Iban y venían sus toros tras la bamba del capote y el faldón de la muleta con una derechura que daba gloria verlo, y más aún paladearlo. Padilla pegó muchos lances con la capa, largas cambiadas de rodillas, chicuelinas, revoleras y tal cual chicotazo que pretendía ser un recorte, y con la muleta, series de pases por alto de rodillas o de pie y en redondo, al natural, molinetes, desplantes, manoletinas… en fin, todo el arsenal de su peculiar repertorio. Padilla en estado puro. El público –todo el público, no solo el de sol—jaleaba sus intervenciones con verdadero frenesí. No quiero decirles cuando clavó banderillas con su habitual soltura y precisión y más aún cuando se fue tras la espada con arrebatadora decisión en los medios de la Plaza. ¡Illa! ¡Illa! ¡Illa!, ¡Padilla, maravilla!… era el alirón consensuado que atronó el ambiente, antes de que tronaran las nubes y soltaran su carga de agua. Tres orejas, dos y una, respectivamente, se lleva en su esportón este ciclón torero que sopló por primera hace ya diecinueve años, ante los toros de Miura; pero sobre todo se lleva el calor y el cariño de unas gentes que han hecho de su figura parcheada y maltratada un icono  para los restos. Ayer, por cierto, salió a torear con un pañolón negro en la cabeza, remedo de los que recogían las “moñas” de los toreros del XVIII, solo que, en esta ocasión, ocultaba la parte del cuero cabelludo arrancado en su reciente percance en Arévalo, recosido con un aluvión de puntos que ya los quisiera Osasuna para empezar la temporada. En resumen: Padilla y Pamplona han fraguado en un maridaje indisoluble, absolutamente refractario a cualquier  dogmatismo de los sesudos analistas. No le den vueltas.

El otro gran triunfador de la tarde fue Andrés Roca Rey. El rey de la feria, sin duda. Arrollador, pero ajeno a parafernalias; antes al contrario, es ampuloso en sus movimientos y llena la Plaza con su prestancia dionisíaca. Cometió el error de no dar el “toque” preciso en el momento del embroque a su primer toro, cuando comenzaba la faena por estatuarios y el jandilla lo prendió por la parte de la cadera, dando la impresión de haberlo calado sin remisión. No fue así, por fortuna, pero el torero desarrolló toda su labor muletera con evidentes muestras de impotencia física. Cojeaba Roca y esta roca peruana no teatraliza los percances, como se hace en algunas plazas de toros, y ya no quiero contarles el   cuento que se cuenta en los campos de fútbol. El caso es que Roca-Rey se olvidó del dolor y se puso a torear con impecable trazo, dibujando muletazos de mano baja y ceñido ajuste, con esa primorosa facilidad que acredita tan  fulgurante encumbramiento. Faena, rematada con unas ajustadísimas bernadinas, que iba para dos orejas y se quedó en una, por el pinchazo previo; pero una vez restaurado por los médicos y motivado por la bravura encastada del sexto jandilla de la tarde, volvió a cautivar a los aficionados (a los aficionados, digo) con su toreo cuajado y profundo, un toreo al que pone aditamentos de su peculiar cosecha, especialmente con el capote, al que hizo volar en una larga afarolada de pie o tras la espalda en saltilleras, caleserinas o revoleras del mejor porte. El espadazo fulminante puso en sus manos las dos orejas y al final se fue en hombros junto a Padilla en busca de la noche por las calles de Pamplona, mojadas por el aguacero y empapadas del frenesí vivido en la tarde de toros más clamorosa de la feria. Padilla y Roca: dos apoteosis bien diferentes.

Una tarde en la que Cayetano no terminó de subirse a su carro de fuego triunfal, porque mostró cierta indolencia ante su primer toro y acabó despertando de ella de mitad de faena para adelante en el quinto, para cuajar tres series en redondo, a derechas y al natural, reposadas y celebradas por el público. El estoconazo fulminante en los terrenos de afuera puso en su mano la oreja del buen toro de Jandilla, ganadería que se ha hecho acreedora del trofeo a la mejor y más completa de este ciclo de toros que hoy se despide con la corrida de Miura. Digo Miura y, casi sin querer, lo entronco con Padilla. Diecinueve años han pasado desde aquella tarde en que Carlos Zúñiga, su apoderado entonces, me abrazó, lloroso de emoción, nada más terminar la corrida de la presentación de su torero en esta Plaza. Lo había perdido entre los hombros de una multitud, pero Juan José se había ganado a Pamplona para los restos. A las pruebas me remito.