48.000 gramos de locura

Regreso de la plaza de toros de Pamplona y al llegar a la planta de mi lugar de alojamiento, encuentro que mi habitación es lindera con la que tiene la puerta  abierta de par en par, de la cual emana un bullicio discreto, pero inequívocamente jubiloso. Miro de soslayo y veo a Pepín Liria, semidesnudo, todavía embutido en la taleguilla blanca bordada en oro que hace unas pocas horas era parte de un terno impoluto y ahora es una calzona desconchada y sucia. Está con su hija María en el regazo. Entro y saludo, como fórmula de cortesía previa, antes de preguntar: ¿Cómo estás, torero? Y el torero, sin parar de sonreír me contesta que está feliz, que ya ha pasado el trago más duro de esta su sorpresiva reaparición en los ruedos, porque Pamplona era su rubicón más turbulento, el más duro de vadear. Pienso para mi coleto: ¿Qué hace aquí este tío, rozagante y divertido, gastando bromas en la intimidad de un cuarto de hotel cuando, hace nada, un toro le ha podido partir por la mitad? ¿Qué clase de ejemplar de la especie humana es capaz de salir de una coyuntura de máximo riesgo (a punto de protagonizar una tragedia) y está tan pancho, sin darle un pijo de importancia, que dirían sus paisanos de Murcia? Allí, en la intimidad brumosa de aquél habitáculo, hace rato que se han acabado las cervezas del mueblebar  y solo se oye el monólogo risueño de un torero que –pienso—aún no es consciente de la suertudo que es, aunque, según él, las oraciones de su madre hacen  milagros. Ya lo creo, Pepín, ya lo creo.

Ante situaciones como estas –y he vivido de cerca unas pocas—siempre me acuerdo de ese gramo de locura que hace de los toreros unos héroes anónimos entre las gentes del común. Un gramo de locura, inoculado severa y formalmente por una vía ignota en el cuerpo de algunos humanos, metidos a toreros, basta para hacer exhibiciones de este tipo, en las que la vida entra en juego sin que el dueño de la misma –el hombre o Dios, según el credo de cada cual–, le dé la más mínima importancia, probablemente, por esa tendencia ancestral del hombre hispano que, según el escritor mexicano Guillermo H. Cantú, necesita hacer una permanente ostentación del sacrificio estoico.

En el caso de Pepín Liria, un gramo de locura me parece poco bagaje para afrontar un compromiso tan arduo, tan quimérico, tan imprevisible y tan arriesgado. No tanto por la edad (48 no son años para tirar la toalla a la lona de la vida) como por la merma de facultades físicas con que se ha presentado en Pamplona para lidiar una corrida, mitad cinqueña, de una ganadería que no está en su mejor momento, precisamente. Hacen falta muchos gramos de locura, quizá a mil por año, para meterse en este berenjenal y competir con otros compañeros en plena forma, en plenitud de bienestar físico y de conocimientos del arte que practican. Liria tiene seriamente dañado el ligamento interno de una de sus rodillas y por este motivo no pudo incorporarse cuando el primer toro le apretó a la salida de un muletazo de rodillas. Ahí ya se vio que podía ocurrir cualquier cosa, y no buena, a nadita que los toros complicaran su lidia. Ese primer toro, castaño, serio, con movilidad, que apretó en varas y puso las peras a cuarto a los banderilleros, llegó al tercio final pidiendo no solo carnés de toreros, sino certificados de su idoneidad sicosomática. Liria se echó de rodillas con el capote y con la muleta y sudó tinta para domeñar las indómitas acometidas del burel, pero acabó con bien su primer trago, a pesar de que la espada invistiera de guardia al de Victoriano y le enviaran un aviso. El otro aviso, el serio, el definitivo, llegó en el cuarto, el toro de mejor hechura de la destartalada corrida del ganadero madrileño y el que mejor tomó las telas de torear. Con él, Pepín esbozó los momentos más lucidos de su actuación, gustándose incluso en algunos muletazos, tomando al toro alternativamente por los dos pitones; pero Liria era consciente de que estaba donde estaba y que se debía a su público, especialmente al que llena los tendidos de sol. Ocurre, sin embargo que a esa hora, la de la merienda, los peñistas estaban afuera, en las galerías exteriores de la Plaza, dando buena cuenta de sus viandas y al torero le faltaba el soplo de su canto de guerra: ¡Pepín! ¡Pepín! ¡Pepín!… Aquella momentánea orfandad obligó al torero a buscar alardes, volviendo a echar las rodillas al suelo en un desplante que acabó en espeluznante voltereta, saliendo con la frente enrojecida por el porrazo, el traje hecho jirones y la pierna ensangrentada, por fortuna de sangre bovina. Se tiró sobre los pitones para lograr la estocada y por poco el toro le vuelve a empitonar, saliendo rebotado y perseguido. Oreja, petición de la segunda. Negativa del palco. Vuelta en loor de multitudes. Esta vez los gritos de ¡Pepín!, ¡Pepín!, ¡Pepín! sonaron como nunca.

Es por eso que ahora le encuentro sorprendentemente bienhumorado, sin dolerse del palizón, con esa frente en la cual la calva va ganando espacio de forma inexorable, que oficia de base para estampar el sello sanguinolento del trompazo contra la arena silícea del ruedo pamplonés, haciendo cábalas, entre chascarrillo y arrumaco, de lo que le falta para cumplir a plena satisfacción con esta ocurrencia que por poco se acaba en plenos sanfermines.

El resto de la corrida se resume en la descabalada corrida de Victoriano del Río, con un sexto toro, de nombre Beato, que fue un inválido y hubo de ser sustituido por otro de pitones como garfios e ideas como Satanás. Ginés Marín, que escanció algunos naturales de mérito en el tercero –por cierto más feo que Picio—falló con la espada y El Juli dio dos lecciones de cómo se les puede sacar partido a un toro que necesitaba espacios para aprovechar las inercias de  la embestida y a otro que protestaba si se le violentaba en las distancias cortas. Falló con las espadas en aquél, pero acertó en este con un espadazo pelín trasero. Apenas le pidieron la oreja, pero la mereció. Pedazo de temporada está haciendo El Juli.

Y pedazo de susto el que nos deparó éste Liria, el Pepín por excelencia de la vieja Iruña, donde a estas horas de la noche pamplonica, un torero murciano estará celebrando la fortuna de atesorar cuarenta y ocho mil gramos de locura. ¡Qué tío!…