Que vuelva el Rey

Allí estaba el Rey. El Rey de verdad, el que reina. En una barrera del 9, junto a Victoria Prego y el torero Roberto Domínguez, que baja trajeado hacia su localidad, al lado de la presidenta de la Asociación de la Prensa. Corrida de los periodistas, que, a decir verdad, no sé muy bien qué trámites tiene en la actualidad; solo sé que los plumillas y demás colegas de la información ni pinchamos ni cortamos en el tema organizativo. Afortunadamente. Por mucho empeño, ilusión y filantrópico entusiasmo que ponga a esta tarea, a un periodista taurino (o varios) metido a redentor de la cosa empresarial, le puede reportar más coces que goces, se lo aseguro. Y todo para que las arcas de la Asociación se limpien de telarañas, si las hubiere. Dejemos que los profesionales se encarguen del asunto de las perras, que mejor le irá a la Prensa, en general.

Corrida de Victorino Martín, que es un reclamo magnífico de cara a la taquilla. Ahí está también el cartel de No Hay Billetes, algo que no es fácil de colocar en Madrid,  y menos después de treinta y tres tardes de toros consecutivas.

Corrida ejemplar, en lo que a presentación del ganado se refiere. Impecable. Toros de lustroso aspecto, mirada agresiva, caras y testuces rizadas y cuernos pulidos y barnizados por la jara del monte. Ni un cinqueño; todos cuatreños, pero eso sí, bien surtidos de pienso, de ese pienso que complementa el ramoneo de árboles y arbustos y el dentellear entre los herbazales del campo. Corridón de toros, con su peso más que razonable, una media de 560 kilos de peso. Una tía, como se decía antes. Hubo algún atisbo de protesta a la salida del primer toro, pero habrá que tomarse el sinsentido como la necesidad de hacer extraversión al último estertor contestatario de la feria.

Hecha la premisa de la impecabilidad del lote de toros de Victorino, habremos de consignar que su comportamiento fue bien dispar, desde el toro listo que salió escandalosamente abanto (al punto de despreciar la presencia genuflexa de Manuel Escribano a porta gayola), que no quiso pelear en varas y llevó siempre los pitones por encima del estaquillador de la muleta, a otros de nobleza y fijeza bien palmaria. El peor de la corrida, pues, fue el abreplaza. Después hubo tres toros de triunfo claro, segundo, tercero y quinto; uno, cuarto, guapo como él solo, bravo en varas y fijo en los engaños, aunque algo flojo, que acabó agarrado al piso y sin querer pasar en pos de la muleta; y otro, el sexto, que peleó en varas con fiereza y siempre se mostró engallado y retador. Fue el más conflictivo y exigente para el torero. Todos murieron con la boca cerrada, como mueren lo toros bravos (más o menos) y encastados.

El peor lote se lo llevó Manuel Escribano, torero esencialmente valiente al que no le van los toros que embisten al paso y reniegan el remate de los pases. Se fue a buscar a los dos de su lote arrodillado en la raya del tercio. Ya hemos dicho que el tercero se dio el piro y un garbeo solateras por el ruedo, dejando a Escribano en desairado trance sin saber qué camino tomar. Tomó el de banderillear con denuedo, colocando un buen par (el tercero) y vulgarizando los restantes. El toro apenas dio opciones de lucimiento en la faena de muleta, porque su condición de reservón arruinó cualquier intento por lograr encandilar al público. Después de colocar una estocada caída, que tiró sin puntilla, le ovacionaron. La nueva porta gayola del sexto tuvo más argumento, porque el toro se decidió a tomar el revuelo del capote en la larga afarolada. Menos mal que en ese revuelo el toro perdió el equilibrio y no hizo por el desarmado torero, que se libró milagrosamente de un serio percance. El tercio de banderillas fue muy deslavazado y la faena otro tanto, por las desfavorables condiciones del toro. No obstante, dio la impresión de que este Escribano usa una caligrafía torera bien simplona. Pinchazo y estocada trasera. Silencio en las masas.

Paco Ureña reaparecía en Madrid aún  no recuperado de la lesión vertebral que padece. Ignoro las condiciones en que salió a torear, pero supongo que los facultativos le aconsejaron aplazar la reaparición en los ruedos. Sea como fuere, Ureña se presentó en el patio de caballos de Las Ventas a eso de quince para las siete. Su primer toro recibió un buen puyazo de Pedro Iturralde y dos excelentes pares de banderillas de Curro Vivas, llegando a la muleta con una embestida pastueña de sublimada humillación, pero muy  lenta, muy lenta, muy lenta… Al ralentí. Como para torear de salón, vamos. Me recordó a la embestida del toro Matador, también de Victorino, que lidió –y desorejó—Roberto Domínguez en la corrida de la Prensa del 89.  Claro que estos toros de morro por los suelos y viaje lentísimo son muy difíciles de torear. Hay que gestionar perfectamente los tiempos, las distancias y las alturas de la muleta. En aquella recordada tarde, Domínguez le dio el breve espacio que demandaba el toro, para engarzar los pases sin solución de continuidad, rematando con unos pases de pecho que duraban una eternidad. También este toro pedía esa gestión, y no el agobio de presentarle de inmediato la panza de la muleta en cercanías. Paco se empeñó en angosturas y en algún que otro acosamiento en la tabla del cuello del astado. Mató de estocada desprendida y algo así como cuatro golpes con el estoque de cruceta y saludó una ovación, además de recibir un aviso. Algo semejante sucedió con el quinto victorino de la tarde, salvo que éste toro tenía más ritmo en la acometida. De nuevo Paco Ureña toreó despacio, con la mano baja y el compás abierto, pero tampoco consiguió arrebatar al público, y eso que en abrumadora mayoría le empujaba hacia el triunfo. Ayer, “tocaba Paco Ureña” en Madrid. ¡Qué suerte, poder contar con el abrigo de público tan desabrido para con los toreros, en general! Tras varios intentos con desigual fortuna, por fin logra unas tandas en que se mezclaban muletazos magníficos y otros de una vulgaridad aplastante. Es de justicia consignar que el toro, que morreaba la arena en la embestida, se fue quedando paulatinamente más corto, pero dio la impresión de que tenía una docena de muletazos pata negra y un estoconazo por el hoyo de las agujas para llegar a alcanzar el triunfo incontestable. Paco se los dio de forma intermitente, con los agobios antedichos y mató de una estocada. Sonó de nuevo un aviso, pero las palmas, esta vez, sonaron menos.

Emilio de Justo regresaba a Madrid después de una larga travesía del desierto, con un toro al corral a sus espaldas. Pero las espaldas de Emilio son anchas y su perseverancia inquebrantable; por este motivo prodigó actuaciones más allá de los Pirineos y regreso a la capital del reino en corrida de tronío y en el último suspiro de la feria.  El hermoso tercer toro  –¡como impresionaban los rizos de la cara y el testuz!—apretó en varas en los dos buenos puyazos que le colocó Germán González, antes de que Morenito de Arles hiciera estallar los tendidos en ovaciones cuando clavó dos pares de banderillas extraordinarios. Fue este otro de los toros que embistieron con el hocico por el suelo y el viaje rebosante tras la muleta. Fue un toro más de público que de torero, porque, en puridad, el animal se frenaba en el viaje, mediada la faena. Emilio le metió la espada en la parte trasera del morrillo y dio unos cinco descabellos (a mí, esto de los golpes de verduguillo me descolocan; siempre se me olvida alguno). El sexto fue el toro más enrazado, más fiero y más complicado del lote que envió a Madrid Victorino Martín. Cortó el viaje a los banderilleros y se mostró altanero en el ruedo, pidiendo guerra. Toro para apostar, sin muchas garantías de éxito. Y eso fue lo que hizo De Justo, ponerse allí y no quitarse, entresacando muletazos de bello trazado, donde solo se oponía la bronquedad y las artimañas del bruto astado. Faena de gran mérito la de Emilio de Justo, en la que sobresalieron unos naturales de gran exposición, ejecutados con pausa, de uno en uno, que abrochó con un largísimo pase de pecho. Faena también larga –un aviso–, que remató de una estocada caída. Mereció el torero, al menos, la  vuelta al ruedo, pero se conformó con una gran ovación.

Los toreros y sus cuadrillas cumplimentaron al rey Felipe VI en la sala Alcalá, instalada en la galería baja de Las Ventas. ¿De qué les hablaría el monarca? ¿Se explayaría en la relativa intimidad para aclarar, por ejemplo, con Paco Ureña el pequeño desaire que le hizo al brindar la faena de su primer toro al público y después a él? Ya se sabe que, en estos casos, el protocolo aconseja que los primeros toros sean brindados a la máxima autoridad el Estado; pero no a medias. A un Rey no se le puede compartir con el público. Mejor no brindarle que hacerlo como el correturnos de un hotel de vacaciones, que sirve los canelones, sin orden ni concierto.

El orden y la cortesía son también parte del rito de la corrida. Necesitamos que vuelva el Rey.

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