Venturoso, tú, Diego

Es lo que tiene darle al cuerpo un descansito, marcar los asuetos de recuperación –física, síquica y familiar—, poniendo por delante el empachoso cartel de la feria de San Isidro y elegir el sábado como  rellano de la empinada escalera de festejos taurinos, a semejanza del ritual hebreo que consideró al shabat día de reposo, de ahí que a las transiciones ociosas y anuales en la actividad profesional de las gentes se les adjudique el calificativo de año sabático.

En lo que a servidor respecta, he de reconocer que mi sabático día de ayer me ha clavado un rejón bien doloroso en todo lo alto: perderme el suceso que ocurría en la Plaza de Las Ventas, el zambombazo histórico, el hito increíble que protagonizó un torero a caballo –lo de “rejoneador” es cosa de siglos muy atrás—y que hoy es noticia de portada en (casi) todos los medios de comunicación. Cuando a eso de las nueve de la noche de ayer me enteré de que Diego Ventura había cortado ¡el rabo! a un toro en Madrid, un calambrazo emocional me dejó estremecido. Me pareció un logro increíble. ¡Por fin!, me autorrespondí en mi más íntima intimidad, mientras me flagelaba, también por dentro, por haber sido víctima de la contrariedad con que me castigan los azares del Destino.

No presencié, por tanto en vivo y en directo la portentosa actuación de este tío de la Puebla del Río que torea sobre una silla de montar como los propios ángeles. Lo he repasado en los videos que proliferan por las redes sociales, y me ha impresionado. Me ha emocionado, sobre todo, la respuesta del público, poniéndose en pie al unísono, como si los individuos que componen esta heterogeneidad obedecieran a un mandato castrense, emitido por el que ayer ofició de Capitán General de la Orden de Caballería Taurina en el ruedo de la Monumental de Madrid, desde el solio que se asienta sobre el espinazo de un caballo.

El arte del toreo, sea cual fuere su disciplina, su intérprete, su momento y su lugar, cuando suelta el trallazo que culmina por la espita de la inspiración, conmueve como pocos artes, sencillamente, porque es instantáneo, sorprendente y fugaz. Por eso, cuando Diego Ventura llevaba cosido el toro del Los Espartales al estribo de su montura, con un temple prodigioso y una cercanía inenarrable, el público gritaba ¡torero!, ¡torero!, ¡torero!, enardecido y asombrado. El público de Madrid, sí, señor; porque el que ayer acudió a la Plaza a pesar de las perores previsiones climatológica, llenado los graderíos  hasta el caballete esmaltado del tejadillo, el que tuvo el honor y la gran fortuna de presenciar un hecho histórico –y, por tanto,  difícilmente repetible--, es tan válido como el que acude día tras día a presenciar las corridas de toros.

Posiblemente, ayer tampoco estarían en los graderíos de Las Ventas la mayoría de los que hostigan a los toreros de a pie, día a día, tarde a tarde, invocando a una severidad ancestralmente practicada, una costumbre arcana e inveterada razón que se esgrime para disfrazar la inverecundia del prejuicio o, sencillamente, el atrevimiento de la ignorancia.

Ayer, en efecto y afortunadamente, el público de Madrid se expresó conforme le pedía el cuerpo y le recomendaba el alma: con la explosiva espontaneidad que impulsa lo que emociona bárbaramente. Ayer, Diego Ventura cortó un rabo en Madrid, después de que en Las Ventas lo hicieran otros diez toreros –desde Belmonte a Palomo Linares-- y antes, en la vieja Plaza, un novillero, José Valencia. Dejo la enumeración y las connotaciones puntuales para los amantes de la estadística; pero el hecho fehaciente es que en esta Plaza, la Primera del Mundo, según titulación honorífica, por primera vez en la historia de la Tauromaquia un torero a caballo ha cortado un rabo.

A estas horas, cuando el gran protagonista de la hazaña es entrevistado por la inmensa mayoría de los medios de comunicación audiovisuales y de la prensa escrita, las huestes justicieras y vengadoras que esta tarde tomarán de nuevo asiento en sus tendidos, gradas y andanadas, ya estarán afilando las espadas o municionando los trabucos naranjeros, para abortar o minimizar un triunfo apoteósico, de mundial repercusión. Así es una parte del público taurino de Madrid, el que atizado por la venalidad de cierta prensa taurina, hizo poner crespones negros en la andanada del 8 de Las Ventas, cuando el citado Palomo cortó el último rabo, en el año 72 del pasado siglo Llevábamos, pues, cuarenta y seis años de luto…por una faena tan contestataria como memorable.

Desde la tarde de ayer, alguien pensará que nos hemos librado del brazalete negro; pero no va a ser así. Se dirá que esto de “los rejones” nada tiene que ver con la Plaza de Las Ventas, porque el toro sale al ruedo con las defensas disminuidas –reglamentariamente, por supuesto-- y porque el torero, el “rejoneador”, pone por delante en riesgo a su caballo. Pero no es cierto; al contrario, el público que acude a este tipo de espectáculos vibra también con la “torería” de los cuadrúpedos de herradura que burlan y encelan al otro semoviente de pezuña más breve y desnuda que, por mucho que esté despuntado, puede matar y, de hecho, mata, ya que su fuerza descomunal hace que el cuerno taladre la fina piel y la noble carne del caballo. Lo he visto demasiadas veces, y les puedo asegurar que impresiona hasta las lágrimas; porque lágrimas, entre gritos de impotencia, fueron las que derramó aquél cuidador de  Diego, cuando apuntillaron a uno de sus caballos, hace ya quince años, en la plaza de San Sebastián. Esta vez, vi aquello con mis propios y aterrados ojos.

Por tanto, no quitemos ni un ápice de mérito al rabo cortado por Diego Ventura ayer en Madrid. Mejor, pregúntenles a quienes lo pidieron de forma multitudinaria y enfervorizada, los que todavía están echándose las manos a la cabeza, no de estupor, sino de asombro. Espero que tampoco se moteje de “triunfalista” al presidente, al que esta vez, rompiendo mi costumbre, me atrevo a citar con nombre y apellidos: Gonzalo J. de la Villa. Esté usted  tranquilo, hombre. No eche cuentas de las lenguas viperinas. A su lejano antecesor en caso semejante, José Antonio Pangua, le costó el puesto, pero con usted –espero-- no irá la cosa. Seguro que ayer, en su Palco justiciero, se emocionó tanto como el que más

No me queda otro remedio que reconocer mi desventura por permanecer en aislamiento sabático la gloriosa tarde de toros que ayer se vivió en Madrid; y por el contrario, la ventura que se apareció ante los casi veintitrés mil espectadores, felices todos ellos. Venturoso, tú, Diego, porque has colocado un jalón inamovible en las historia de esta Plaza… y en la del Toreo, en general.

Por no desbarrar ante lo no conocido de primera mano, he preguntado a algunos de estos felices asistentes –de proverbial equidad y atinado criterio en  la materia—y todos coinciden: ¿No lo viste? ¡Cómo lo siento! ¡Lo que te perdiste, amigo!

Más lo siento yo.