Un toro de bandera y un torero cuajado

Al poco de salir el tercer toro de la tarde, el cielo se abrió y cayó la mundial. ¡Agua, va!.... El cielo de Madrid se lleva abriendo y cerrando sin recato ni respeto hacia toros, toreros y público, desde hace más de una semana. Hoy es 40 de mayo, el día que el refranero alerta de la conveniencia de mantener el sayo bien ceñido. Para hoy también los mapas meteorológicos dan agua en abundancia, pero suponemos que la lona protectora del piso del ruedo y la misericordia divina ayudarán a que se celebre el penúltimo festejo de la feria de San Isidro. El tiempo ha toreado en Madrid demasiadas tardes; y es que, ya saben, también se anuncia en los carteles, según frase estereotipada desde hace más de un siglo: “si el tiempo no lo impide”…

Cuando el tiempo se puso revuelto e impertinente, ya estaba El Cid echado y dormido bajo el lamparón multifocal del quirófano de la enfermería de la Plaza. No hacía ni dos minutos que Manuel se fue avanzando hasta los medios, con la muleta plegada en la mano izquierda y la montera en la derecha, para brindar al público su faena al segundo toro de la tarde, primero de su lote. Era un toro apretado de carnes, cárdeno de pelo y bien armado, que metió la cara abajo en el peto del caballo y se dejó pegar sin pelear. El Cid tenía que triunfar ayer en Madrid, sí o sí. El brindis era una declaración de intenciones: vengo a por todas. Lo malo es que no calibró bien las intenciones del toro de Adolfo Martín, que le prendió por el muslo al segundo muletazo, le derribó y le campaneó de forma dramática, metiéndole el pitón hasta 20 centímetros en el muslo derecho. ¿Por qué fue cogido El Cid? Sin duda porque en casos como el suyo –del todo al casi nada en un par de temporadas—la ansiedad por recuperar lo perdido nubla la razón. Así, pues, El Cid, una vez más, se va inédito de Madrid. Se pide solo que, para el inmediato futuro, se tenga en cuenta su historia de guerra y gloria en esta Plaza de Las Ventas, el verdadero trampolín de su magnífica carrera taurina.

La corrida empezó con una alternativa. Las alternativas en Madrid, como comprenderán, asumen la doble función de investidura y confirmación. Como si al niño se le bautizara y confirmara a la vez. El niño –acaba de cumplir 22 años--  en esta ocasión era Ángel Sánchez, un torero de la tierra que deslumbró en su debut de novillero en este mismo escenario, y se decidió a pasar al escalafón superior porque en el que milita las cosas están del color de la lombarda. Era pues su tarde de cara o cruz. Más que la de El Cid, todavía.

No le ayudó demasiado el cinqueño de Adolfo que rompió Plaza, porque también se durmió en la guata protectora del caballo, sin apenas reaccionar ante el castigo de la puya. No fue fácil de banderillear –como toda la corrida— pero Miguel Martín se fue sin vacilar al embroque, se asomó al balcón  del testuz y colocó dos pares en todo lo alto. En los primeros compases de la faena acudió el toro engallado, codicioso y encastado, enjaretándole el nuevo matador unos pases por bajo prometedores y dos tandas en redondo con la mano derecha de apreciable contenido. Al natural, bajo el tono; pero el que bajó en actitud fue el toro, que muy pronto comenzó a racanear las embestidas. Sánchez se empeñó en dejarle puesta la muleta para ligar el siguiente pase, pero el toro no acudía. Había que ir a buscarlo, para hilvanar los pases, y el torero confiaba en la propia voluntad del animal. Lo mató de una estocada entera, algo trasera y tres descabellos. Le ovacionaron, a pesar del aviso que le envió el presidente. El percance de El Cid le puso un toro a mayores en su lote, que fue el cuarto de la corrida, un Adolfo cornipaso, muy serio, que combó la madera de la vara de picar, de tanto como empujó, pero después le dedicó medias arrancadas a la muleta del torero. Tomaba dos muletazos con aparente codicia y al tercero, ¡zas!, se paraba en mitad de la suerte. Complicado para un torero en agraz. Ángel Sánchez lo liquidó de un pinchazo hondo y cuatro descabellos. El último de la tarde se arrancó de largo al caballo y empujó de veras. Jesús Vicente le colocó un largo puyazo, pero después el toro cortó el viaje a los banderilleros y no acabó las embestidas en el paño rojo del nuevo doctor en tauromaquia. Le faltaba un tranco, por lo menos, al toro de Adolfo Martín. Afanoso y quizá desalentado, el joven torero se empleó en la inútil empresa de ligar tandas de muletazos ante un toro tardo y reservón, al que despenó de un pinchazo hondo, con el que Ángel Sánchez puso fin a su tarde más esperada. Ya vendrán tiempos mejores.

He de confesar que tenía grandes esperazas en la corrida de Adolfo Martín. Para empezar, hay que consignar que su presentación fue impecable. Los toros, en la hechura justa: musculados, recios, bien armados, cumplieron con creces la primera obligación de todo ganadero. Otra cosa fue el comportamiento del lote que llegó de Los Alijares. Tres toros solo tuvieron posibilidades de lucimiento en la primera parte de la faena de muleta, porque después se pararon y negaron las embestidas repetidas. El lidiado en segundo lugar, que hirió a El Cid, fue el más deslucido, y Pepe Moral le hizo una faena de aliño, sin meterse con él en ningún momento, y el primero ya hemos señalado que tuvo más y mejor partido que sacar. Tampoco el que salió en tercer lugar, lidiado en pleno diluvio, ofreció grandes posibilidades de lucimiento, porque al negativo carácter del adolfo –no quiso pelea en ninguno de los tres tercios-- se unió las infernales condiciones ambientales. Pepe Moral lo liquidó de un estoconazo y esperó a que el tiempo amainara y saliera el toro que le posibilitara el triunfo que vino a buscar en Madrid. Y, para su ventura, ese toro salió.

Fue el quinto de la tarde, un cinqueño ensillado, macizo de carnes y cornalón, que realizó una magnífica pelea en el tercio de varas. Casi empunta a Juan Sierra en el de banderillas, pero llegó a la muleta con un son de toro excepcional: pronto en acudir a los cites por ambos pitones, viaje largo y hocico surcando el humedal de la arena de Las Ventas. Pepe Moral se percató muy pronto de su fortuna y se empleó a fondo con él. Cada tanda en redondo superaba la anterior, destacando dos con la mano derecha y otras tantas de naturales de impecable factura. Faena de dos orejas y Puerta Grande, sin duda. Si no lo consiguió fue porque pinchó antes de la gran estocada; pero, a mi juicio, también porque los muletazos de la tanda final, ejecutados por bajo y flexionando la pierna, no alcanzaron el nivel de las tandas anteriores. Sea como fuere, la oreja que paseó Pepe Moral fue de ley, merecidísima. Como también lo era el premio de la vuelta al ruedo para el toro. Chaparrito, se llamaba el de Adolfo Martín. Un toro de bandera que tuvo suerte en el sorteo, porque le tocó un torero cuajado. Premios al margen, Chaparrito fue un toro para el recuerdo. El presidente --¿mal asesorado?—no quiso sacar el pañuelo azul. ¡Vaya feria que ha echado la gente del Palco!