Los toros de los toristas, también eran toreristas

Como, según el papel oficial, era un desafío entre ganaderos, habrá que especificar la razón por la cual se echan a pelear toros de dos encastes idénticos y por qué el tal desafío se descafeína antes y durante la corrida. A saber: primero, porque resultó que el ganadero de Rehuelga, Rafael Buendía, no pudo aportar más que dos toros, con lo cual, los cuatro restantes se anunciaron de Pallarés, y, segundo, porque el primer pallarés que salió al ruedo estaba lesionado de las manos y le sustituyó un toro de Marca, cuyo pelaje y linaje difiere y mucho de los anunciados.

Convendrán conmigo que si a priori buscar una pendencia de dos contra cuatro parece un abuso flagrante,  meter en ella a un toro de Marca –primer sobrero de la corrida--- no viene a cuento. Como decían en mi pueblo, no tiene ni sentido ni común, ni educación ni  descanso.

El caso es que lo del Desafío Ganadero despertó ciertas expectativas, sobre todo por el buen éxito que Rehuelga alcanzó el pasado año. Resultado: más de media entrada, que no está nada mal, teniendo en cuenta que ha vuelto a Madrid el cielo gris y el viento fresco.

Así, pues, esta especie de torneo made in Casas se llevó a cabo contra viento y marea, porque a la vista de los inconvenientes citados, llamarle desafío a la coincidencia en el cartel de dos ganaderías de un mismo origen, me parece un mero eufemismo.

Se pintó en el ruedo un área de forma trapezoidal donde supuestamente habría de colocarse a los toros en la suerte de varas. Faltó la numeración de las distancias, para que el público se diera cuenta del metraje al que se arrancaban los toros al caballo de picar. Pero, en fin, ahí estaba el área susodicha que, por razones obvias, bien pudiera bautizarse como el área de castigo en las corridas de este cariz. Así que ya saben: como alguien se extralimite de forma intencionada, en la zona acotada, ¡zas!, penalti.

No hubo caso, porque para romper Plaza apareció en el ruedo un toro de fisonomía atablada, estrecho de todo, huero de morrillo, tocadito con dos pitones astifinísimos. Una raspa, vamos. Les echas de primer plato al torismo de Madrid una raspa de esta naturaleza y los militantes montan en cólera. Con razón. El caso es que el animal derribó al caballo de picar y apretó en la segunda vara, desarrollando nobleza a lo largo de toda la faena de muleta. El segundo era un inválido, lastimado de remos y fue devuelto sin dilación por el presidente. Se corrió turno y salió en su lugar el reseñado como quinto de la tarde. Esto de correr turno no deja de ser una tunantada. ¿Por qué se deja el sobrero para las sobras?  Se supone que el sobrero debe sustituir al toro rechazado, y punto; porque, ¿y si el correturno lastima al matador que le corresponde? ¿Carga con el supuesto mochuelo del sobrero el espada correspondiente, ajeno a la echada al corral de un toro que no es el suyo? No es justo. Al que le toca, le toca. El sobrero, digo.

De esta forma, el conocido como segundo-bis llevaba el hierro de Pallarés y fue, sencillamente un buen toro, cumplidor en varas y bravo y encastado en los tercios subsiguientes. Las reses de este hierro forman parte de la herencia que ser llevó doña Pilar Buendía (en la actualidad casada con José Benítez-Cubero Pallarés, si no me falla la memoria)  a la muerte del muy longevo don Joaquín Buendía Peña, su señor padre. Toros en la más pura línea del encaste santacoloma que conviven con los Benitez-Cubero de toda la vida, pero no comparten cerrado ni se han prestado a ensayos de cruzas con los famosos berrendos aparejados de don José, ganadero de moda de los primeros decenios de la posguerra española. Son santacolomas que, por lo visto en el anuncio, venían a Madrid a competir con sus hermanos de estirpe y de familia propietaria, que no de sangre ni camada. Hago estas connotaciones para poner en situación al personal, no crean que se trata de una pelea de gallos provenientes de un mismo corral.

Habrá que seguir con el orden de lidia, porque en este desafío no pintaban nada los toreros de a pie. O, al menos, estaban relegados a un discreto papel secundario. El desafío de ayer en Las Ventas era cosa de caballeros (hombres de a caballo) y toros de tipología muy parecida, si bien los de Rehuelga tenían menos chicha que la hamburguesa del kiosco de la esquina del colegio.

El segundo rehuelga, tercero de la corrida, pesaba, según la tablilla, 475 kilos, que es cifra ridícula para lo que se estila en esta Plaza; pues bien, fue uno de los toros con mayor trapío de los lidiados en la corrida de ayer, empujó con fuerza y fijeza en el peto del caballo y fue bravo y encastado en la muleta. El resto de los pallarés, tuvieron más cuerpo y unas defensas para asustar a cualquiera. Sobre todo el cuarto, de nombre Turquesito,  asaltillado de cuernos y con “solo” 480 kilos de peso. Otro tío con toda la barba y cinco añitos bien cumplidos. Este toro se arrancó con prontitud al caballo de Héctor Vicente, lo trató con delicadeza el capote de Rafael González y se llevó un par fenomenal de Tito, llegando a la muleta con viaje suave y templado, especialmente por el pitón izquierdo; el quinto fue el sobrero de Marca, un jabonero sucio que ensució la buena marcha de la corrida, con sus intemperancias y brusquedades, y el sexto un toraco de 624 kilos que se fue hasta tres veces al caballo de picar, montado magistralmente por Agustín Romero. Realmente, fueron piquero y caballero los grandes triunfadores de la corrida, los que se llevaron las ovaciones más encendidas, porque hicieron gozar a los aficionados con la belleza de la suerte de varas… cuando se hace como Dios manda, que manda mucho en esto. Después, el toro se fue apagando durante la faena y bajó el clamoreo que se había suscitado en la Plaza unos minutos antes. Dadas las circunstancias y condicionantes antedichos, este era el principal aliciente de la corrida: la suerte de varas. Y a fe que Agustín nos hizo sentir a todos agustito, a pesar de que el relente ya estaba de correrías por nuestro espinazo.

¿Y los toreros? ¿Iban de comparsas en este espectáculo? Tampoco es eso. Bien está que  en esta corrida los ojos de los aficionados estuvieran puestos en el comportamiento de los toros; pero, desde luego, la acción de los toreros es fundamental para el buen desarrollo de la lidia y su despiece analítico primordial,  como espectáculo infrecuente.

Digamos, pues, que vinimos a ver una corrida de las de caballo va caballo viaje, con sus petos maxifalderos y el galopar hacia el lugar de castigo de los toros bravos, y nos encontramos con qué los toros de los toristas, también eran toreristas. Es decir, que embistieron con gran nobleza y por derecho, la mayoría de ellos. Y además, hay que proclamar con adecuado énfasis que cuando el toro y el piquero cumplen los requisitos elementales para la buena ejecución de la suerte, el espectáculo que proporcionan es de una belleza descomunal. Así, pues, ayer en Las Ventas hubo emoción en el empuje del cornúpeta, en la destreza del jinete que maneja la lacerante puya y toreo caro a cargo de las huestes de infantería.

Hasta que Iván Vicente no desconectó el chip del Desafío Ganadero y de la finura de las puntas que exhibía su primer toro, de Rehuelga, no pudo complacernos con un toreo de alta calidad. Y es que las leznas, imponían; por eso hasta que Iván descubrió la bonancible acometida del toro por el pitón izquierdo no se relajó. Pero cuando lo hizo, los naturales brotaron espléndidos, largos, sedosos, pura delicia. A mi juicio, debió poner el torero la alegría que le faltaba al toro, incluso con mayor aparataje, si se quiere. Mató de una gran estocada y el toro tardó en doblar, por lo que el premio se redujo a una gran ovación.

Hubiera sido también de premio, pero gordo, su faena al cuarto de la tarde, un pallarés asaltillado que por el pitón izquierdo era un auténtico bombón. Iván lo toreó por naturales en varias tandas, algunos de una calidad plástica indiscutible, pero la faena supo a poco. Iván Vicente torea muy requetebién, pero en Madrid, ya se sabe, la bombonera de Las Ventas no siempre está abierta al servicio de los toreros. Lástima que el toro demorara su rendición incondicional –boca cerrada hasta el final— después de que le pinchara antes de poner una estocada desprendida y sonara un aviso. Bien mirado, si las circunstancias ambientales, de todo tipo, hubieran sido otras, con este lote, Iván Vicente, toreando como toreó, tenía la Puerta Grande a punto de caramelo.

Menos dulce fue el lote de Javier Cortés, el torero que triunfó a la heroica el 2 de Mayo en Madrid, que es fecha signada para ello. Esta vez, el primer pallarés (que debió salir en quinto lugar) se jugó como segundo de la tarde, y también fue muy protestado. Sin nada de particular en varas, tras una eficaz y primorosa brega de Abraham Leiro y un gran par de banderillas de Antonio Molina, el toro se mostró bravo y encastado en la muleta. Javier le endilgó hasta tres tandas de trazo largo y apreciable mando por el pitón derecho, con el compás muy a abierto y la cintura quebrada, que el personal jaleó y subrayó con ovaciones. El toro pedía una distancia apreciable, porque en las distancias cortas protesta. El torero, ansioso por alcanzar pronto el triunfo quizá se precipitara en este sentido, y además bajó el tono la faena por el pitón izquierdo. Eso sí, la estocada, excelente. Se le aplaudió con fuerza. En el de Marca, sobrero de  pelo jabonero sucio (dio la impresión de haber salido al ruedo si lavar) se jugó el físico, porque el toro peleó en varas, pero llegó a la muleta tirando tarascadas, en una de las cuales, cazó al torero y le pegó una espeluznante voltereta, además de una paliza descomunal. Volvió maltrecho a la cara del toro y no tuvo más remedio que abreviar. Se demoró con la espada, pero le tocaron las palmas cuando se retiraba al callejón. Este chico merece más atención y corridas de mayores garantías.

La tablilla reseñaba la cifra e 475 kilos ante de que saliera el tercero de la corrida, segundo con el hierro de Rehuelga. Sin embargo, pareció con más trapío que el anterior hermano de camada que rompió Plaza. Fue más toro, pero blandeó y solo se empleó en varas en el segundo encuentro; pero después de que Iván Vicente le hiciera un bello quite a la verónica, llegó a la muleta con fijeza y amplio recorrido, lo que permitió a Javier Jiménez dibujar unos pases naturales de largo trazo y acusada templanza que pecaron de una laxitud excesiva, dando la impresión de que el torero no le ponía alma a los muletazos y el toro era un marmolillo. Javier atacó con la espada y colocó media estocada fea y perpendicular, previa al espadazo definitivo. En el sexto, el toro de las ovaciones en varas, trató de conducir el viaje de un trailer de 624 kilos, que para un santacoloma es un total despropósito, aunque algunos ejemplos puntuales y milagrosos lo desmientan. Además, el toro esperó y cortó en banderillas una barbaridad, reponiendo tierra a la salida de los pases de muleta. Toro complicado para un muchacho que torea muy poco. Dos pinchazos y estocada lo pusieron a disposición de las mulas. Se le guardó silencio en ambos, un saldo artístico que es pasar por el ruedo como si no pasaras, y eso en Madrid pesa más que en sitio ninguno.

¿Desafío ganadero? ¿Quién ganó el combate? ¿En qué consistía el premio para el ganador? Lo siento, pero no tengo noticias al respecto. Ya le quedan menos fechas a las dianas de la feria. Tres y la “loca”, que decíamos en la mili.