No hay afición

No hay afición. Me refiero a esa afición de Madrid, sensata y seria a la vez, que  es susceptible de compartir asiento con la radicalidad, la intolerancia y la impertinencia pero que, llegado el caso, pone pie en pared y llama al orden a quienes pretendan convertir el recinto monumental y emblemático de la plaza de toros de Las Ventas en una olla a presión pitante, sofocante e insufrible. Esa afición que yo conocí de niño y que llenaba los tendidos de la Monumental que regentaba don Livinio cuando se inauguraba la temporada taurina, el día de San José, para ver una novillada; esa afición, digo, ha ido desapareciendo, como el agua de una cesta. De ella no quedan ya más que restos inocuos, de junco mojado. Ahora, en este momento, la afición de Madrid se divide en dos: el pequeño núcleo en estado de permanente algarada, que ha convertido la exigencia en intransigencia, y la gran masa de un público, amorfo y lanar, resignado y patidifuso, inocuo, también, que observa, escucha, baja la cabeza y calla...

Hace ya muchos años que Ramón Pérez de Ayala descubrió que los públicos de toros no se sienten espectadores, sino jueces. Y, siguiendo la corriente de tan curiosa afirmación, José María de Cossio apostilla que cada individuo integrante de ese público es juez de un delito del que el reo, en lo que no pruebe lo contrario, es el torero.  Tan autorizadas opiniones, invitan a pensar que ese nihilismo gratuito, esa obsesión por negar cualquier garantía de ecuanimidad sobre la presunción de “inocencia” del sujeto “enjuiciado”, no es flor de un día, sino producto de un fundamentalismo ancestral. Madrid, siempre ha sido así, suele escucharse cuando la tarde de toros se tuerce definitivamente y el público se ha levantado en armas contra la supuesta perversidad de unos sujetos vestidos de luces, especialmente --¡que curiosa casualidad!—, cuando los agraviados son grandes toreros.  En Madrid, que atorée San Isidro, que dijo el Guerra. Es probable que así fuere, pero les aseguro que la intolerancia actual con los toreros de notorio prestigio –extensivo ya a cualquier novillero incipiente-- lleva algún tiempo alcanzando niveles de paranoia, invocando un dogmatismo de nuevo cuño, entre lo imposible y lo absurdo, que no permite la ejecución de las suertes; es decir, se les exige lo imposible a los toreros, para facilitar y justificar su fracaso.

Esto fue lo que ocurrió ayer en la llamada Gran Corrida Extraordinaria de Beneficencia, así, con mayúsculas. En cartel, tres toreros de máximo atractivo: Antonio Ferrera, el feliz hallazgo de los dos últimos años (de torero bullidor a  paradigma de artista inspirado, tras fulgurante reseteo), Miguel Ángel Perera, protagonista de tardes antológicas y heroicas en el ruedo de Las Ventas y Ginés Marín, una de las piezas de futuro más y mejor valoradas, triunfador indiscutible de la feria de San Isidro del pasado año. Por delante, la garantía de una ganadería de alto prestigio, Alcurrucén, donde se crían toros de reconocido abolengo, serios, de encastada raíz, duros de pelar, exigentes para los toreros  y gratificantes para el público. Difícil reunir tantos alicientes. Resultado: tarde de iras, dicterios, broncas, hostilidad permanente hacia los toreros y negación absoluta de cuanto ocurría en el ruedo. Ninguno de los tres espadas estuvo en el sitio, ni toreó conforme a las normas de una ortodoxia inventada. Los banderilleros fueron unos ganapanes que tuvieron la osadía de no dejarse alcanzar por las sorprendentes y huracanadas embestidas de aquellos toros bravucones que les cortaban –y coartaban—el embroque de la suerte. Lo que cualquier aficionado sensato y conocedor de las dificultades que plantearon esos alcurrucenes en este tercio hubiera comprendido y disculpado se tornó chanza divertida. ¡Qué algarabía suscitaron  algunas pasadas en falso!

En este ambiente vivimos una tarde de toros presidida por el rey emérito, don Juan Carlos y su hija, la infanta doña Elena. Una Plaza llena de gentes que creyeron acudir a un espectáculo de luz, color, emoción, arte y dominio del peligro y se encontraron con un esperpento.  Algunos espectadores ocasionales se miraban incrédulos ante tanto desatino. ¿Qué está pasando? ¿No se ha jugado la vida Ferrera ante el primer toro, que manseó clamorosamente en los primeros tercios y llegó a la muleta enterizo y retador, embistiendo a feroces oleadas? ¿No se lo pasó el torero por la faja en varias series de naturales espléndidos, cuando el toro tenía su fiereza aún por desbrozar? Pues parece ser que no. Todo era increpaciones intempestivas, lo cual llevó al torero a prolongar  la faena más allá de lo razonable. Tampoco se tuvo en cuenta las tremendas dificultades  del cuarto toro, que tiraba gañafones a la salida de los pases y acabó siendo reducido por unos eficaces muletazos de castigo. Y mucho menos se valoró el esfuerzo de Miguel Ángel Perera, que hubo de domeñar la rebrincada embestida del segundo toro y se empleó a fondo en el quinto, un precioso ejemplar ensillado, estrecho de sienes y de cuerna engatillada, negro girón y calcetero, en la línea del más puro Núñez por la vía de Manuel Rincón, pero que no aguantó más de tres tandas de muletazos. Tampoco a Perera le dejaron torear y ante el escaso fondo del toro optó por abreviar. Peor fue lo de Ginés Marín, el joven y emergente torero que cautivó el pasado año por una antológica faena a un gran toro de este mismo hierro. Les aseguro que, de nuevo, tuvo una destacada actuación, novedosa y de gran empaque, ante el tercero de la tarde, un colorado de alcurrucén que tomaba las telas de torear con gran nobleza y al ralentí, para jugándosela después a una carta ante el violento que cerró el festejo, sometido en los medios por la poderosa muleta del chaval, en un trasteo de alta tensión y creciente emotividad.

A esas alturas de la corrida la tarde ya estaba echada a perros. Arruinada. Definitivamente abortada. Nadie se acordaba de los pares de banderillas y la brega de Javier Ambel, los dos excelentes puyazos de Guillermo Marín, el padre de Ginés, y el preciosísimo quite de Ferrera, sacando del caballo por chicuelinas de la escoba precisamente en la suerte de varas de ese toro, la variedad de carácter de los toros de Alcurrucén, todos ellos de un respeto imponente –ninguno flojeó lo más mínimo— y ni siquiera la oreja que paseó Ginés de ese tercer toro, protestada porque pinchó antes de colocar una gran estocada.

Es verdad que fallaron los toreros con la espada y se repartieron demasiados avisos, dos y uno Ferrera uno en cada torero Perera y otro Marín, pero la tarde no debe recordarse por la estadística, sino por la influencia del agente externo, en carne mortal y humana, que logró perturbar lo que pudo ser una exitosa función de toros; porque toros hubo, y toreros, también, pero la corrida acabó envuelta en ese efluvio inconcreto que emana de un fracaso provocado por la fuerza de una hostilidad permanente.

¿Qué tal la corrida? ¡Bah!...

No hay afición.