El cuadro que Velázquez no pintó

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El momento álgido de la corrida o el punto culminante de la tarde de toros de  ayer en Madrid, fue la estampa que corona estas primeras líneas y que tiene por protagonistas a un alguacilillo de Las Ventas y a un torero, Cayetano. Ahí los tienen, el uno, el alguacil, vestido de época, con su golilla blanca, capa negra de tres cuartos, sombrero empenachado, polainas y botas de cuero y el bastoncillo de mando, por si alguien se desmanda: representa la autoridad pedestre de la Plaza; el otro, el torero, mirando de reojo al tendido, sin decidirse a tomar el obsequio (premio) del que se ha hecho acreedor.

Sucedió después de que fuera arrastrado el tercer toro de la corrida, herrado a fuego con el marbete de Toros de Cortés (en el fondo, la misma reata que los herrados con el de Victoriano del Río), un toro de nombre Maleado, que se fue al desolladero sin una de sus orejas. Fue una escena ciertamente surrealista. Ambos, prudentemente distanciados, aguantando mecha, me recordaron a las principales figuras del célebre cuadro de Velázquez, pintado en el primer cuarto del siglo XVII,  cuando la guerra de Flandes y la rendición de Breda. El alguacil bien pudiera ser  el vencido, Justino de Nassau, que rindióse tras largo  asedio a la dicha ciudad, y el torero, el vencedor, Ambrosio de Spínola, laureado general mercenario contratado por nuestro rey Felipe IV. Las lanzas, hallábanse en el tendido al que dirige la mirada el torero, porque de allí salían venablos orales y acerados. El alguacil le ofrece la oreja del toro que le ha concedido su jefe, el señor presidente de la corrida, pero el receptor, prolonga la entrega durante más de un minuto, que debió parecer al acólito en cuestión una  eternidad. Algo similar a lo que viviría aquél derrotado holandés que llaves en mano hubo de capitular ante el aguerrido asediante.

¿Qué pretendió Cayetano con esa actitud? Me aborda con esta pregunta un aficionado cuando la noche ya era bien negra en torno a la fachada bermeja de la Monumental. Una chulería, me respondió sin darme opción. Y apostilló: una falta de respeto al público.

--En modo alguno, le respondí. Estos gestos raciales son la gasolina que se echa a la brasa de la pasión, los que rompen la monotonía y caldean el ambiente.

Con la cosa del público, y más con el de Madrid, parece que hay que andarse con pies de plomo, y no acierto a ver el por qué. Probablemente, obedezca a esa titulación gratuita que le dieron los cómicos de hace siglos a los espectadores que asistían a sus representaciones en las barracas de ciudades en feria: Respetable público, así comenzaba el tradicional saludo protocolario. Y a partir de ahí, los actores se convertieron de facto en rehenes del respetable durante toda la actuación. Más aún en el público de toros que maneja esa respetabilidad a su favor y a su antojo… ¡porque pa eso paga! , como si el hecho de pagar una entrada le diera patente para ejercer una exigencia sin límites, hasta llegar a lo inimaginable. ¡Pa eso paga! ¡Cuidado con él!

Ayer, un sector del público de Madrid increpaba con inusitada dureza a un torero por el horripilante delito de aceptar el premio de la oreja de un toro --¡un pinche oreja!, que dirían en Colombia--,  trofeo pedido por absoluta mayoría del gentío reunido en las graderías del coso. Aquí no vale, como en el Parlamento español, el atropado y respigado del conjunto de minorías. Vale el mayor sobre el menor, y punto. A ojo de buen cubero: pidieron la oreja dieciocho mil y protestaron quinientos, con cuatro mil abstenciones, lo cual valida tácita y democráticamente el resultado.

Sin embargo, para quien esto firma, lo que vale realmente es la actitud que adopta Cayetano, el gesto de no arredrarse ante lo que considera una respuesta injusta e inhóspita frente a la realidad, una rebelión ante el auto demoscópico que se produce a través de un  acto de voluntarismo absoluto. Cayetano, con su quietismo hierático y su mirada de hielo, le estaba diciendo al público discrepante que también él es respetable, bastante más que la mayoría de los que le apedrean con sus dicterios. Y a todo esto, el alguacil con las llaves de Breda (la oreja del toro) en la mano, sin saber si las cogerá el vencedor o si volverá a la guerra desatada y cruel. Al final, Cayetano aceptó el presente y con él dio la vuelta al ruedo, sonriente, ampuloso, despacioso, sabiéndose dominador de la situación. También estas cosas son de toreros –los genes del abuelo materno Antonio, sin duda--. Qué pena que  hoy no viva  Velázquez para pintarlo.

Antes de todo eso, Cayetano Rivera Ordóñez había  esbozado algunos lances de capa al toro de Victoriano jugado en tercer lugar, que derribó casi sin querer al caballo de picar en un encuentro al rebufo de un capotazo, y después se repuchó sin contemplaciones frente al peto. Dos buenos pares de Chacón y Zayas en el tercio de banderillas, precedieron al brindis al público y a un comienzo de faena sentado en el estribo, de rancio recuerdo y firme compostura. Cayetano –solo una tarde en la feria— venía a triunfar a golpe cantado, según frase del referido abuelo.

Lástima que el toro se viniera abajo tan pronto y opacara el presumible relumbrón de la faena. Fue una faena de altibajos, de ramalazos de belleza estética, pero necesariamente deslavazada por el desfondamiento de animal. El estoconazo y el susto que se llevó el torero por perderle la cara al toro, aumentaron la sensibilidad petitoria del respetable, al punto de lograr que rompiera el pañuelo del presidente hacia el tapiz de su balconada. Lo que vino después es la estampa que motiva y da título a esta pobre crónica taurina: el cuadro que Velázquez no pintó.

Otra situación infrecuente se produjo antes de que saliera del chiquero el sexto toro de la corrida, un pavo cinqueño de cuerna engatillada, cuerpo macizo y rabo arrastrante. Se iba el torilero vestido de chulapo, sin pañolón, pero con gorrilla –que es acierto reciente en la indumentaria para quien cumple estos menesteres--, a descorrer el cerrojo del portón, cuando recibió la orden del torero de que esperara un poquito, que se estaba preparando y mentalizando para irse a recibir al cornúpeta a porta gayola. También aquí se produjo un curioso lenguaje gestual entre ambos. Esperó el mozo de toriles y el torero se arrodilló poco más allá de la segunda raya, para cambiar el viaje del de Victoriano del Río en una limpia larga afarolada. Luis Miguel Leiro le pegó al toro un fuerte puyazo, castigo bien necesario, porque aquella mole tenía mucho ímpetu que rebajar y Cayetano lo volvió a colocar en suerte en un precioso galleo por chicuelinas. Aprieta menos el piquero en esta ocasión y el torero se echa el capote a la espalda con una larga de pie y por encima de la montera, para torear después por gaoneras y lances a la verónica. La actitud de este segundo Rivera Ordóñez  invitaba al público a juntarse con él en la arriesgada –riesgosa, también es correcto-- empresa de intentar abrir la puerta grande, y a fe que encontró en el público de Madrid un aliado ideal. Joselito Rus se lució con las banderillas y su jefe de fila le ordenó a él y a Iván García  que le llevaran el  toro al burladero del “7”. Y allá que se fue el torero a su encuentro,  para hincarse de rodillas y pasarlo por alto en un intermitente, bien que decidido, comienzo de faena. Otra vez, al igual que toda la corrida, el toro claudicó tras las dos primeras tandas en redondo. Se fue a las tablas y se acabó lo que se daba. Cayetano lo dio todo. Buscó con ahínco un  triunfo sonoro, dejando  entrever su valor sereno y el temple de sus muñecas, pero el de Victoriano no daba para más. Colocó un monumental volapié y hasta salieron al aire unos pocos pañuelos. Este torero, de dinastías varias y todas de máximo prestigio,  se va de Madrid con el cartel  en alza. Y  don Diego Velázquez  se deja un cuadro por pintar, con fondo de campo de batalla.

El resto del festejo discurrió entre protestas a la presentación del ganado (salvo el sexto todos fueron objeto de puntual repulsa) y cencerrada permanente durante el desarrollo de las discretas faenas que los toreros se vieron obligados a realizar. Mala corrida de Victoriano del Río. Catorce toros con el denominador común de la falta de fuerza y bajura de casta, dan para preocupar. Y mucho.

Castella se encontró de primeras con un cinqueño que se dejó en el caballo de picar el fuelle y la fuerza que necesitaba para los tercios subsiguientes. Se vino abajo estrepitosamente el toro y Sebastián lo mató tarde y mal, por eso le avisaron.  El cuarto también empujó en varas, banderilleó bien Rafael Viotti y no dura más de dos series de muletazos, los que siguieron al vibrante y quietísimo comienzo de faena. Nuevo fallo con la espada y esta vez sonaron dos avisos, pero el francés se llevó una ovación.

Manzanares tampoco tuvo su tarde porque sus toros fueron pura ruina. Uno con casi seis años (protestado) salió abanto, derribó a Chocolate-hijo y acabó  tomando el puyazo del caballo que estaba en la otra punta de la Plaza. Se rajó pronto y fue en busca de tablas. José María desiste de intentar lucimientos y lo mandó a las mulas de media estocada. Humilló mucho y con gran fijeza el quinto toro,  tanto que metió hasta cuatro veces los pitones en la arena, lo cual provocó el recrudecimiento de las protestas, de las cuales este torero es blanco predilecto de un sector de público. Otro que se desfondó en un periquete. Lo cuadró Manzanares y le metió la espada por el hoyo de las agujas, haciendo la suerte con admirable precisión, pero no le tocaron ni una palma.

Lleno de No Hay Billetes. Ambiente de gran acontecimiento. Castella se resintió (sangró) de la herida de hace dos días, pero toreó sin descalzo, sin que se le notara la merma de facultades.

Facultades fueron las que faltaron a estos toros de la zona ganadera de Colmenar. ¿Qué puede haber influido para ofrecer tan sorprendente y negativo cambio? Misterios del toro de lidia. Hay, sin embargo, una cosa cierta: si la bajura de fuerza y de casta brava en los toros de nuestra cabaña supone la pérdida del punto emocional imprescindible para la creación de la verdadera obra de arte, que es el toreo, estamos municionando al respetable; hasta al que practica el más abrupto de los irrespetos. Y habrá que  darle la razón.

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