Triunfar a la heroica

Decía José Bergamín, en el Arte de Birlibirloque, que el toreo es la evidencia viva de un milagro. Ayer, en la Plaza de Las Ventas de Madrid, lo vimos con diáfana claridad. Ahí tienen el milagro. Ahí tienen a Sebastián Castella, recién vapuleado, zarandeado y masacrado por un toro de Garcigrande y después buscado con saña en el suelo, con voracidad de depredador que no quiere soltar su presa, tirándole cornadas a discreción, con la esperanza de encontrar carne que colgar de cualquiera de sus pitones. Solo la encontró –la carne—en el duro zancajo del torero, el hueso al que llegó la traicionera cuchillada.

Después de aquella cogida espeluznante, después de aquél griterío de angustia que electrizó a los tendidos, este francesito de rostro aniñado se fue para las tablas rodeado de una nube de toreros que palpaban atribulados por entre la ropa del terno de torear: primero, la casaca, que fue la diana elegida por el toro, después, las taleguillas, porque el pitón no tiene ruta preconcebida, y, por último, la parte final del espigón de la media por donde comenzaba a sangrar la víctima  de Juglar, el toro castaño que llevaba el hierro de Garcigrande. Sangre de torero hecho y derecho, venero de un holocausto fortuito. Gajes del oficio. Ahí estaba el tío, sin hacer el menor gesto de dolor, dejándose colocar un vendaje burdo y provisional, para cortar la hemorragia del pie izquierdo, una operación sanitaria de urgencia que Sebastián aguantó estoico, sereno, imperturbable, sin esos aspavientos que tantas veces mercadean la pena, o, por decirlo de forma más grafica y taurina “sin mirarse”; solo echándole un reojo al toro que generosa y oportunamente sometía a una brega suave y prudente el director de lidia, Enrique Ponce.

La fotografía que ilustra esta crónica fue tomada cuando la faena ya estaba hecha, cuando Sebastián Castella había vuelto a la cara del toro sin cojear, a pesar del dolor que debe producir el navajazo del talón, para tomar la muleta, echar las dos rodillas al suelo y pasar los tremendos pitones del toro salmantino por delante de los alamares del delantero de la chaquetilla. Pases por alto, primero, y en redondo, al natural, después. Pases que transportaban al sobrecogido público la emoción del peligro inminente, la emoción del riesgo. A continuación, llegaron series de muletazos en redondo con la mano derecha, de trazo largo y ritmo cadencioso, tres tandas de breve pero intenso contenido. Y los naturales, también de impecable ajuste. Solo cuando el toro –el más bravo y más noble de la corrida, con diferencia--  delató que se le encendía el piloto de la reserva de combustible, Castella atacó en las distancias cortas, para extraer del caudal de bravura del toro hasta la última gota. Difícil sacar más y mejor partido. Y, para colmo, se perfila y se lanza a tumba abierta sobre el morrillo del animal, clavando hasta las cintas una estocada contraria, de tanto atracarse, pero de efectos inminentes.

Hecha la descripción de los hechos, ¿quién aguanta la presión emocional del público? ¿quién escapa de esa bendita pandemia que se expande por los graderíos de una plaza de toros, ocasionada por un clímax especial, un sentimiento compartido de loor al héroe que ha invertido sobre la ruleta del ruedo la apuesta de su vida contra la de un irracional que se ha empeñado en destruirla? No va más. Y no fue. Ganó el hombre. Rodó el toro sin puntilla y el presidente concedió, por aclamación popular, el premio supremo de las dos orejas, y con ellas la llave de la Puerta Grande.

Ahora viene cuando la matan, cuando se quiere matar la corriente emocional que embarga a un colectivo de más de veinte mil almas. Digo almas y no gentes, porque el paroxismo, la exaltación de algo tan sorprendente, así, a  botepronto, no es cosa del cuerpo. Es un espontáneo brote de pasión, difícil de mensurar con el sistema métrico habitual del conteo de pañuelos, ni siquiera puede entrar en la jurisdicción de un criterio personal. ¿Era la faena de dos orejas?, me estarán apremiando quienes llegan leyendo a este punto. Pues, mire usted: sinceramente, creí que le sería concedida una sola oreja, bien que por absoluta aclamación; pero teniendo en cuenta ese clímax, ese paroxismo colectivo y arrebatado del público, y observando la épica protagonizada por un hombre  que ha podido perder la vida en un albur y ha salido victorioso de la apuesta ¿quién se atreve a minimizar el desenlace bienaventurado de tan riesgoso compromiso? Ustedes son libres de pensar lo que quieran, de devaluar lo que consideren magnanimidad no justificada o de ratificar el valor del sacrificio descarnado; pero ahí tienen a Sebastián Castella, heroico y feliz, antes de que se lo llevaran en hombros hasta la calle de Alcalá. Bien llevado sea. Triunfar a la heroica, es triunfar dos veces.

Antes de todo esto, Sebastián Castella había toreado a un toro tremendo, cinqueño y astifino, con el hierro de Domingo Hernández. Un toro que hizo sonar el estribo, manseando y huyendo de los picadores sin  el menor recato. Tras un laborioso tercio de banderillas, el torero inició la faena rodilla en tierra, pasando por bajo al toro con suavidad. Después, citando de lejos, comprobó que el toro se tragaba el primer muletazo por la inercia del viaje, pero después comenzó a soltar la cara y a tirar tornillazos. Habrá que reconocer, no obstante, que el torero alargó en demasían la imposible faena lucida, y se pudo pesadito con la espada, recibiendo dos avisos.

En conjunto, la corrida de Garcigrande –menos el señalado anteriormente, de Domingo—desarrolló más complicaciones de las previstas. Ahora bien, algunos se arrancaron como bólidos a los caballos de picar, y les zurraron la badana sin contemplaciones, especialmente al cuarto de la tarde. Otros derribaron a los caballos, pero como no llevaban los hierros consentidos de esta Plaza, esta demostración de poderío –tantas veces venerada, y con razón-- pasó prácticamente desapercibida.

No pasó lo mismo con Enrique Ponce. Se devolvió a los corrales su primer toro porque en seguida manifestó una clamorosa descoordinación de sus extremidades, parece ser que motivada por una estrangulación vertebral. En cualquier caso, me daba a mí que hubiera sido protestado –y quizá devuelto—por el clamoreo de protesta que suscitó su presencia en el ruedo. Fue sustituido por un cinqueño de Valdefresno,  con cara de más viejo todavía y cuerna engatillada, que tuvo un comportamiento abanto, muy propio de este encaste, pero pronto su pudo observar que metía la cara por abajo en los capotes. Ponce, naturalmente, se percató de ello y comenzó la faena con pases por bajo, torerísmo y mandón, para después pasarlo de muleta con la mano derecha en tres tandas que empezaron a levantar un run-run en los tendidos. Sin embargo, ese run-run se fue a pagando, a medida que se apagaba el toro.  El viento impidió que Enrique le sacara mayor partido a esa embestida, especialmente con la mano izquierda, y, al final, con el toro agotado, lo despenó de una estocada, recibiendo una ovación. El referido cuarto se llevó dos largos puyazos de Manolito Quinta que, lejos de quebrantarle, parecieron despertar en el toro su instinto de killer matahombres. Trató Ponce de torear en redondo, pero el que se revolvía en redondo era el toro, buscando el bulto con preocupante insistencia. Menos mal que quien tenía enfrente era Enrique Ponce, que se las sabe todas y tiene más valor de lo que muchos piensan. Se dobló con el toro a la antigua, haciéndole morder el polvo y doblar la cerviz, para después adornarse, victorioso, tocándole el pitón. Entonces asistimos a una reacción sorprendente. En la corrida de Dolores Aguirre –infumable hasta para los empedernidos fumadores de las corridas interesantes--  se clamaba por el toreo a la antigua, sobre las piernas, porque “también los mansos con peligro tienen su lidia”. Eso fue lo que hizo Enrique Ponce; pero, ¡oh, sorpresa!, los voceadores de la tauromaquia arqueológica ¡le pitaron con estruendo! De traca, mire usted. El torero reaccionó como un principiante, jugándose los muslos para… ¡para nada!, solo par demostrar a los arqueólogos que también se juega la vida, a sabiendas de que la belleza del toreo artístico es imposible. A este toro lo mató de pinchazo y estocada y saludó otra ovación. Los arqueólogos, salieron a  fumar.

Confirmó alternativa el venezolano Jesús Enrique Colombo, torero de nuevo cuño que tiene revolucionado a su país. Taurinamente, se entiende, porque la otra revolusión es cosa ya tan madura que huele a podrido. No fue su tarde.  El toro de la ceremonia duró un suspiro y el sexto, que derribó con estrépito en la primera vara y apretó de firme en la segunda, le desarmó hasta cuatro veces, dos cuando citada de rodillas y otras tantas cuando toreaba de pie. Destacó en algunos pares de banderillas, suerte que ejecuta con derroche de facultades físicas, aunque no resuelve con ceñimiento en los embroques. Lo mejor, su facilidad para meter la espada. Dos volapiés impecables de ejecución le dan credenciales para esperar acontecimientos. Hoy, torea de nuevo, pero solo ante un toro, porque la corrida es especial. Una novedad. Un nuevo invento de Casas. Ya lo contaremos.