Kilos y años

Valga la comparanza, si me lo permiten, ya que la cuestión está en el candelero en estos días, porque la cosa va de números: échenle a una corrida de toros 3971 kilos de carne de toro y 35 años de edad, y tendrán el auto que proclamaría la hipotética resolución judicial previa de la vigésimo primera de abono de la feria de San Isidro. Kilos y años (en una sola pieza jurídico-taurina), es el castigo. Arréglenselas como puedan, porque el asunto no admite apelación.

Parece ser que, en la mañana de ayer, el torero Daniel Luque se dio una vuelta por los corrales de Las Ventas para ver de cerca y por primera vez el material bovino a que debía enfrentarse por la tarde. Eran cuatro toros con el hierro de Torrehandilla y dos con el de Torreherberos, que para el caso es como si se trasegara el mismo vino a dos vasijas distintas: la misma  añada (cinqueños, todos) de la cepa de Jandilla, pero con distinto logo.

En este caso, toros de anatomía y comportamientos cortados por un mismo patrón: en lo físico, amplios de estructura, cortos de cuello, con morrillos como pelotas, rizos en esas zonas corpóreas más cargadas de masa muscular y en otras adyacentes, leña para regalar en el testuz y campanudo semblante; y en lo psíquico, protestones ante el castigo en varas y a la defensiva en el tercio final, tirando la mayoría un gañafón a los utensilios de torear al finalizar la suertes, como si quisieran rebañar capotes y muletas. De este jaez fueron los tres primeros ejemplares, de Torrehandilla, con la salvedad de que el segundo fue más recortadito de carnes y, por ende, muy protestado, a pesar de su tremenda arboladura. El cuarto, de Torreherberos solo se diferenció de los anteriores en el hierro; el quinto fue un colorado de Torrehandilla, bien armado y el de mejor embestida de toda la corrida;  y el sexto –un jabonero tremendo con el hierro de Torreherberos--, diríase que era un camión de Heno de Pravia que tenía en el cuello y el morrillo unas acanaladuras tan pronunciadas en el pelo que parecían aquellas tablas de lavar antiguas, en las que restregaban  la ropa las mujeres de mi pueblo sobre el lateral interior de una artesa. Un toro de bella estampa, por su cromatismo y su enorme corpulencia, que fue devuelto a los corrales durante el tercio de banderillas al irse al suelo tras un brusco capotazo de Sergio Aguilar, y sustituido por un sobrero que hace la puerta desde días atrás en los chiqueros de Las Ventas, con el hierro de Virgen María; y, en fin, el quinto fue un colorado de generosa cuerna con menos altura de cruz que sus hermanos y, sobre todo, con un viaje más claro y más largo… hasta que se le acabó el carbón de la casta brava y se agarró al piso.

El piso, ¡ay, el piso! Cuántas cábalas, cuántas suspicacias, cuántas preocupaciones y cuántos desencantos ha suscitado el piso de la Plaza de Las Ventas en tan solo veinticuatro horas. Anteayer, se suspendió la corrida porque –dicen-- no se puso la lona protectora sobre la arena, que en poco tiempo se convirtió en un barrizal impracticable. Palos a la empresa. Ayer, en cambio, parece que se operó a tiempo y se salvó la corrida, aunque no dejó de llover hasta bien entrada la función.

Tiempo pues, desangelado, gris tristón el cielo, cargado de agua, humedad por doquier y un ris incómodo que se dejaba sentir en el tendido, lo cual obligó a superpoblar palcos, gradas y andanadas. Una tarde así no solo es inhóspita para el público, porque –ya lo tengo dicho, pero lo repito-- es muy probable que afecte al ánimo de los toreros y al carácter de los  toros durante la lidia. ¿Quién puede asegurar que en tan desfavorable ambiente climático los toros no se vuelven ariscos y recelosos?

De este cariz fue el comportamiento de la mayoría de estos jandillas remezclados. Daniel Luque, bajo la impertinencia de la lluvia, se puso delante del toro que abrió el festejo, que empujó al caballo de El Patilla y pareció tomar la muleta con cierta codicia, hasta que le dio por soltar la cara y rebrincar las acometidas. Luque hilvanó algunos lances y muletazos con su proverbial soltura, pero con tal asepsia en la ejecución que aquello no encandilaba a los espectadores que estaban a cubierto y, mucho menos, a quienes se cubrían de la cabeza a los pies con preservativos de urgencia. Fue este toro el que marcó la pauta de los gañafones a la salida de los muletazos, pero el torero le hizo tragar unas luquinas como remate de faena: ya saben, una especie de fregolinas –revoleras encadenadas con el capote--, pero con la muleta sin armar con  la espada. Después de que pinchara profundo, le dieron un aviso, lo cual no fue óbice para que saludara una ovación. El cuarto, de Torreherberos, hizo como que apretaba en el peto del caballo, pero se fue de naja. Embistió sin alegría a la muleta, como si solo estuviera pendiente de desarmar al torero. En un pase de pecho, se derrumba, y con el derrumbe, se acaba la faena y el paso de Daniel por la feria de San Isidro. Pinchazo y estocada. Toca arreglar las cosas por la periferia.

Al segundo toro le protestaron desde un sector de la Plaza porque era menos toro que el anterior. ¡Claro! Si es que con esta diferencia  de kilos (más de 50), cualquier  toro hecho y derecho puede parecer novillo, por mucha leña que adorne su testa. Punteó mucho la muleta de David Galván, aunque el joven torero logró sacar dos series limpias de pases en redondo y algún estimable natural citando de frente. La excelente estocada le valió una ovación. El quinto, ya está dicho, fue el toro más asequible de la cinqueñada de Torrehandilla/herberos. Ya  apuntó buena condición en su embestida cuando Galván lo toreó bien de capa a la verónica, y aunque observó cómo hacía ruido de estribos y se quería quitar el palo en la suerte de varas, le endilgó un breve quite por chicuelinas, rematado con una suave media verónica. ¿Habrá faena de premio? De momento, este David gaditano (de la Isla de San Fernando) desempolvó la pedresina de don Pedro Martínez, ejecutada en los medios, y allí mismo se ajustó en unos solemnes estatuarios, rematados con un pase del desdén (expresión mexicana que me gusta más que  del desprecio). El toro tiene fijeza y recorrido, lo cual posibilitó tres tandas en redondo con la mano derecha, templadas y bien ligadas, de David Galván, que galvanizaron ligeramente a la masa impermeabilizada. Después, el toro bajó la intensidad de las acometidas, echó el freno magdaleno y también bajó el torero la intensidad de su labor en el toreo al natural. Trató de recobrarla con un arrimón, metiéndose entre los largos pitones del toro, uno de los cuales le empuntó, sin derribarle, cuando iniciaba una bernadina. La manoletinas finales precedieron a otra buena estocada y sonó otra ovación, pero después de un aviso.

Álvaro Lorenzo era, de alguna manera, la estrella de este cartel de la zona templada del ciclo isidril, en lo que a expectativas y expectación se refiere. La Puerta Grande de esta Plaza que abrió el domingo de Resurrección ha reforzado considerablemente su cartel, a todos los niveles. Su primer toro, grandón, cornalón y altón, no se empleó en la suerte de varas, por muy de largo que se arrancara al caballo, y fue de los más deslucidos en el último tercio. Violento, calamocheante y rebrincado, no paró hasta quitarle a Lorenzo la muleta de la mano, tras un palotazo en el antebrazo. Antes, el joven toledano había conseguido encauzar la movilidad del inquieto animal y dos tandas a derechas de mano baja; pero no hubo más. Sonó un aviso, antes de que el torero se disculpara con el público por el bajonazo que le atizó al galafate.

El sobrero de Virgen María (extraño nombre para una ganadería de bravo, que proviene de la línea Domecq) era lavadito de cara, la verdad. Y fue protestado. Para no desentonar, también tenía sus cinco añitos bien cumplidos. Rehuyó el peto del caballo, saliendo de estampida en cuanto sintió el hierro de la puya. O sea, manso perdido. Álvaro quiso aprovechar los desordenados arreones de este toro, sin que lograra reverdecer laureles. Algunos naturales le salieron entonados… y sanseacabó. Pinchazo y estocada. Aviso.

El personal, empapado y resfriado-- comenzó a desfilar mucho antes de que lo hicieran los toreros, camino de sus respectivos hoteles, incluso antes de que las mulas se llevaran los restos del de Virgen María. Ni el respeto por el bíblico nombre pudo evitar la diáspora. Y no mejora el tiempo… (Que Dios nos coja confesados).