Toro muerto/Torero vivo...

La vigésima de San Isidro fue una total apoteosis… de la mansedumbre. De la mansedumbre en su acepción de antónimo de la bravura, es decir, la antítesis del toro bravo. Porque el toro bravo puede tener su punto de manso, como el humano valiente su ramalazo de miedo. De hecho, ambos son proclives a momentos de flaqueza, muchas veces por influjo de agentes externos que alteran su carácter; pero cuando la mansedumbre de las reses a lidiar se exhibe de manera tan abrumadora y tan obscena, tan rateramente artera y tan manifiestamente malévola, cualquier parentesco con la bravura del toro no deja de ser un grotesco simulacro.

Sin tapujos: la corrida de la muy recordada Dolores Aguirre, hoy anunciada a nombre de una sociedad mercantil que toma el nombre de su espléndido cortijo, Dehesa de Frías, fue un desastre. No diré un desastre anunciado, que en esto del toro bravo cualquier pronóstico, por previsible que sea, no deja de ser una estúpida temeridad. Pero, ciertamente, el fracaso del hierro  ganadero de la que cariñosamente me permití llamar la Dama de Hierro del Campo Bravo, alcanzó ayer en Madrid el adjetivo de estrepitoso. Y, qué quieren que les diga, me duele. Me duele porque doña Dolores (ella, tan seria, tan pulcra y tan espontánea, se quejaba de que el torismo de la capital del Reino se permitía el lujo de tutearla,  así, en plan coleguis: Oye, Dolores, mira Dolores… ¡no lo aguantaba!) siempre me pareció un personaje taurino de primer nivel, por su condición de aficionada de añejo cuño y de ganadera ilusionada por dar un nuevo impulso al encaste Conde de la Corte-Atanasio. De haber estado ayer en Las Ventas, hubiera salido de la Plaza con dolores… de corazón, que no de cabeza. Ella, doña Dolores, siempre fue enteriza, en el triunfo y en el fracaso, lo cual no quita para que, a la vista de lo sucedido, el berrinche fuera morrocotudo.

Nada se puede decir en contra de la presentación de la corrida: sobrada de  romana –más de 600 kilos de promedio--, seria a más no poder, con ese perfil de cara rizosa, cuerpo musculado,  patas de acero, mirada brillante y cuerna bien conformada, de mazorca ancha, pala curvada hacia adentro y pitón negro. Salían los toros de doña Dolores andando, olisqueando las rayas, mirando a Las Batuecas y dando respingos al estímulo carmesí de las capas de los toreros. Algunos, se arrancaron a los caballos como los arietes del medievo a los portones de las fortalezas enemigas: en plan trompazo, a ver si saltaba la tranca interior del portón principal, esto es, la muralla de peto, caballo y caballero. Ese fue el caso del primero de la tarde, un toro con cara de viejo y de tener aún sin despeluchar el pelo del invierno, que apretó hacia dentro con aparente furia. Digo aparente, porque no tardó en cantar su condición de manso; pero de manso avisado y desarrollando sentido, que es el acíbar más indeseable de la mansedumbre.

Algo parecido sucedió con el toro siguiente, que se quedó apoyado en el peto largo rato, mientras la puya zahería sus carnes impunemente. Fueron dos toros que, empujaron de firme, pero mentían como bellacos. Un espectador pedía a gritos a los toreros que pusieran al toro de nuevo, y por tercera vez, en suerte, para saciar sus apetencias de güen afisionao torista: “Ponlo otra vez, que quiero ver al toro”… gritaba a voz en cuello. ¿Qué quieres ver, alma de cántaro?¿No te has percatado de que rehuye la pelea, de que empuja, a favor de querencia, pero se sale suelto en busca de terrenos más pacíficos?

En fin, la corrida transcurrió en una sucesión de especimenes vacunos con hierro y divisa de toro bravo, pero en realidad era un surtido de mansos, en sus variantes de la voluntad más perversa. El tercero, se rajó por dos veces ante el caballo titular y se fue, huyendo, al de la puerta de cuadrillas, llegando al tercio final  enterizo y violento, buscando tablas; el cuarto, más de lo mismo, pero con una descarada proclividad al escape; el quinto se dejó pegar a lo tonto, pero era más listo que un conejo cuando se vio a solas con el torero; lo mismo que el sexto que también se dejó pegar y acabó echándose ¡hasta tres veces! durante la faena de muleta. Todos esperaron a los banderilleros con el cepo puesto, a ver si caía pieza. Se salvó del mitin general David Adalid, que saludo una ovación –la única realmente fuerte y rotunda de la tarde, Adalid con las banderillas es punto y aparte—tras colocar dos pares al quinto toro. Y es que, ayer, poner un par de palitroques a estos toros moruchos y alertados,  entraba de lleno en el campo de la proeza.

Con semejante material, ya me dirán ustedes qué se puede hacer, sino tratar de salvar el pellejo de la forma más decorosa posible; esto es, imponer la ética sobre la estética.

Ni un pero a la actuación de los toreros. Rubén Pinar llegó a sacarle un par de tandas de muletazos ligados al primer toro, algo que pudiera considerarse milagroso, y se desesperó ante la negación absoluta del cuarto, un manso huidizo que, para terminar de arreglarlo, se puso gazapón. Pinar fue justamente ovacionado cuando acabó con aquél de dos pinchazos y estocada y con este de una al encuentro. José Carlos Venegas se jugó el físico ante el segundo de la tarde, otro manso alborotado e indómito que pegada unos hachazos espeluznantes y que emprendió una fuga enloquecida con la espada hundida hasta la empuñadura. Fue manso, hasta para morir. También le metió el acero con habilidad y valor al quinto, después de intentar torearlo de muleta, sin demasiadas opciones. Fue este toro otro pájaro de cuidado, imposible para el lucimiento, por eso también le tocaron fuerte las palmas al torero. Y el tercer agraviado con esta infame corrida de toros, Gómez del Pilar, hizo dos alardes que estaban fuera de lugar: irse a porta gayola a saludar con la capa a sus dos toros. El primero de ellos, tercero de la tarde, le hizo una cobra y se dio el piro, ignorándole de forma ignominiosa. Menos mal. Si se le acerca al paso y se le para a un par de metros, podría haber causado una tragedia. Gómez del Pilar volvió a repetir el sinsentido en el sexto, pero esta vez -¡milagro!—el toro salió raudo del chiquero y se tragó la larga cambiada de rodillas sin pestañear… ni embestir: pasó de largo bajo el vuelo de la capa y al lado del torero. Este torero, de nombre Noé, obtuvo un gran triunfo de  novillero en Madrid, a cuyo ruedo volvía envuelto en grandes expectativas; pero con este ganado es imposible. Anúnciese usted en una corrida de la feria de San Isidro, esté pendiente de la fecha durante dos largos meses, entrenando de salón, pidiendo tentaderos, estudiando el encaste… para luego encontrarse con esta dura e impotente realidad. Un toro manso perdido, violento y aquerenciado en tablas que pareció meter la cabeza en el percal de Iván Aguilera, pero no fue sino otra engañifa. Una más. Después del esfuerzo sobrehumano del muchacho por arrancarle algún pase medio decente a una embestida plagada de gañafones, el animalito acabó por hacerse dueño de la situación. Menos  mal que consiguió meterle la mano con la espada al primer viaje, que si no... El público, de nuevo premió el esfuerzo con otra ovación. El sexto, para remate, fue el peor, el más manso y el más cobarde; tan cobarde, que –ya está apuntado más arriba--  se rindió antes de que el torero entrara a matar ¡por tres veces! Las tres veces se levantó, y después de un feo pinchazo, Gómez del Pilar le cercenó la médula espinal con el estoque de cruceta y acabó con el tormento y la corrida. Todos respiramos.

Un apunte final, a la vista de las corridas toristas que se avecinan: la casta brava y el poder de las reses de lidia –en las becerras de tentadero, también--, se mide colocando a una distancia normal o prudencial en el primer puyazo –las dos rayas en la Plaza pueden servir de referencia--, y, si la ocasión es propicia, se van distanciando cada vez más las acometidas siguientes. Pedir distancia exagerada al primer encuentro es un detalle de supina ignorancia.

Y una reflexión: la mansedumbre en el toro de lidia, cuando solo es un conato precautorio ante lo que supone para él un esfuerzo desconocido, y en un ambiente hostil, no solo es admisible, sino conveniente para calibrar la presión que ejerce sobre el torero. Por eso a los toros que apuntan mansedumbre en los primeros tercios y acaban embistiendo mucho y bien, se les llama bravucones. La segunda Bienaventuranza de Jesús de Nazaret, predicada en el llamado Sermón de la Montaña,  dice: Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra. Hace dos mil y pico años por aquellos santos lugares no se conocían los toros de lidia. Los mansos de ayer, en Madrid, no poseían más que malas ideas.

Así, pues, cuando acabó la vigésima, vimos con satisfacción cómo los matadores y sus cuadrillas cruzaban el ruedo sanos y salvos. Menudo alivio.

En estos casos, hay que aplicarse el corolario taurino: Toro muerto/Torero vivo. Éxito seguro. Pues eso.