Torear --y triunfar-- en San Mamés

Se lo oí decir a Roberto Domínguez, aquella célebre corrida de los últimos años 80, suspendida por la lluvia tras la lidia del tercer toro, con el ruedo de Las Ventas convertido en un barrizal pegajoso e impracticable: esto es como torear en San Mamés.

Se refería Roberto al viejo campo del Athletic Club de Bilbao, cuando los inviernos del bocho eran  una permanente y diaria manta de agua y el césped de la Catedral se convertía los domingos en un fangal en que se entreveraban algunas briznas de hierba. Allí se jugaban partidos de fútbol que rememoraban el célebre A mí, Sabino, que los arrollo, paradigma racial de lo que poco después se vino a conocer como la furia española, algo que en estos tiempos revolverá las tripas a la gente de Bildu.

Ayer en Madrid, volvió a diluviar durante la décimo octava corrida de la feria de San Isidro. Fue a partir del tercer toro de la tarde cuando el ruedo de la Monumental, poco a poco, se fue convirtiendo en un escenario solanesco, con el barro espejeando a la luz de los focos y la furia de las nubes descargando agua sin contemplaciones. Los toros, tanteaban el terreno, procurando que el pedernal de sus pezuñas se clavara en ese suelo lamigoso y resbaladizo; los toreros, haciendo de tripas corazón y aguantando mecha, con mechones de pelo pegados al rostro, las zapatillas encharcadas y los capotes y muletas convertidos en una suerte de utensilios cada vez más pesados y menos manejables, por esa mezcla de agua y lodo que los embadurnaba.

En estas condiciones se vivió casi toda la segunda parte de una corrida de toros en la que causó baja Paco Ureña, aquejado de una lesión vertebral. Su hueco, sorprendentemente, fue ocupado por Alejandro Talavante; digo sorprendentemente porque no es habitual que un torero de superior jerarquía ocupe el puesto de un compañero indispuesto, y, menos aún, que se anunciara la donación de sus honorarios para una benemérita institución extremeña. ¿Qué buscaba Alejandro con esta inesperada comparecencia? Lo dijo él mismo a los micrófonos de Movistar Plus: poder decir la última palabra en esta feria, o lo que es lo mismo, aprovechar la contingencia –siempre indeseada— de una sustitución para reivindicarse como primerísima figura del toreo. Todos estos datos --o la mayoría de ellos--  eran conocidos por gran parte de los aficionados que casi llenaron la Plaza, motivo por el cual, y en gesto que les honra, los que ocupan una parte del tendido 7 quisieron agradecer y homenajear al ilustre sustituto, provocando una cerrada ovación, que el torero, ceremonioso y agradecido, saludó desde la raya del tercio.

El festejo comenzó con la lidia de un toro de Núñez del Cuvillo, ganadería titular; un toro cebón, gordo como un cochino en vísperas de matanza. La tablilla anunció 620 kilos de toro, lo cual, para los individuos cornudos de esta especie –y de este encaste-- no deja de ser una barbaridad. La consecuencia fue un comportamiento anodino del animal, embistiendo con la cara por arriba, sin ninguna convicción, como por obligación. ¿Noble? Sí, pero también inocuo. Juan Bautista lo toreó de capa y muleta con su proverbial buen oficio, pero allí no se generaban emociones, ni raciales  ni estéticas. Digamos que el francés cumplió con el código ético de los toreros que manejan con soltura y limpieza los utensilios de torear. Mató de una estocada casi entera y se le guardó un respetuoso silencio. La lidia del cuarto transcurrió en medio de una tormenta de agua infernal. Bautista parecía estar paseándose por el Jordán, porque el agua le superaba buena parte del tobillo. Este toro de Núñez del Cuvillo, como toda la corrida, fue noble, con su puntito de codicia, pero vaya usted a saber de qué forma hubiera embestido de no tener que preocuparse por mantener el equilibrio, y no por falta de fuerza, precisamente. El toro iba y venía con derechura, mientras el agua le chorreaba por el lomo y le salpicaba a la altura del testuz. Juan, no obstante, no se arredró en ningún momento y ligó varias tandas de muletazos de notable compostura, mientras los alamares, las  lentejuelas y el raso del vestido se cargaban de agua … y de frío. Cambió de muleta este Bautista, porque la que usó de primera debía pesar un quintal, y cuajó varias tandas en redondo a derecha e izquierda que hicieron sonar oles... de la parte cubierta, principalmente. Los remates, oportunos y elegantes y el público, entregado con la labor del torero. Citó a recibir con la espada y la enterró al segundo viaje. Si llega a colocar esa excelente estocada al primer intento, cae la oreja del toro, seguro. A cambio, se llevó una gran ovación.

Parece ser que Alberto López Simón está pasando por un proceso de reseteado mental,  y esta segunda tarde en la feria madrileña era para él poco menos que la prueba de fuego definitiva. Su primer toro, tercero de la corrida, fue devuelto por flojo y sustituido por un cinqueño del conde de Mayalde, gordo y grande –600 kilos--, pero con su puntito de nobleza. Salió abanto e incierto, pero poco a poco fue despertando de la modorra y acabó tomando las telas de López Simón con viaje claro. El torero se fue confiando y lo toreó de muleta con serenidad y templanza en varias series con la derecha y algunas de naturales, hasta que en uno de ellos, fue entrampillado por el animal, derribado y buscado con saña en el suelo. Milagrosamente no resultó calado por el pitón del toro, pero se llevó un palizón tremendo, especialmente por el persistente golpeo de las pezuñas en el cuerpo y la cabeza del torero. Pinchó una faena que iba para premio. ¿Se iba todo al garete? Entonces fue cuando López Simón tomó una sublime –y temeraria—decisión: echarse sobre los pitones del toro y clavar la espada por el hoyo de las agujas. Matar o morir. Ese fue el dilema de López Simón. Por fortuna murió el toro, certeramente herido, y el de Barajas se ganó la oreja porque el público acusó el impacto emocional que destilaba el trance supremo. El sexto fue uno de los grandes toros de la corrida de Cuvillo. Un jabonero largo y alto, pero de homogénea hechura y bien armado, que embistió con bravura, nobleza y tranco largo en los tres tercios de la lidia. A esas alturas del festejo el agua dio una tregua  y López Simón pudo paladear la boyantía del cuvillo sin el pertinaz estorbo del aguacero, logrando algunos momentos de indudable calidad estética, bien que intermitentes; pero el público ya estaba embalado con López Simón y quiso sacarle por la Puerta Grande. Así que cuando el torero recetó una eficaz estocada flamearon de nuevo los pañuelos al aire húmero de la tardenoche y a la luz amarilla de los focos, consiguiendo que cayera el segundo trofeo. López Simón estaba feliz,  ¿cómo no iba a estarlo?

Y ahora hablemos de Talavante. Ya se han hecho constar los motivos que le impulsaron a aceptar la sustitución de Ureña, que eran puramente profesionales y vindicativos, y su gesto de pura filantropía. Ambos le recompensaron cumplidamente. En primer lugar, porque le correspondió uno de los mejores toros de Núñez del Cuvillo, el jugado en segundo lugar. Un toro de preciosa estampa, bajo, armónico, bravo y encastado. Alejandro lo dejó prácticamente crudo en varas y le cuajó una gran faena de muleta. Iba el toro con trancos largos y viajes claros en pos de la tela roja, manejada por el torero con suprema elegancia y esa cimbreante profundidad que imprime a las suertes, especialmente al pase natural, regular y fundamental en el arte del toreo. Fueron varias series, ejecutadas en una pequeña parcela de arena, y todas rematadas con pases de pecho de extraordinario empaque o trincherillas, molinetes u otros adornos, con los que salpimentó su inspiradísima obra. Crujía la Plaza cuando los negros nubarrones se cernían sobre ella. Alejandro Talavante puso epílogo a su faena con el mismo argumento que la empezó, llevando toreado al toro con la mano muy baja y la pierna de salida flexionada. Preciosos muletazos que precedieron a una estocada de efectos letales. Puede que esta feliz circunstancia provocara la petición mayoritaria de la segunda oreja. Sea como fuere, Talavante desorejó al gran ejemplar de Cuvillo y se erige como el único diestro que ha cortado dos orejas de un toro en esta feria. Otra más pudo recabar del quinto, un toro esencialmente bravo, al que Alejandro recetó dos series de naturales realmente admirables. ¡Qué bien torea este tío con la mano izquierda! Sin embargo, lo pinchó dos veces antes de clavar todo el acero por lo alto del morrillo. La ovación volvió a ser unánime y rotunda.

Se lo llevaron en hombros por la Puerta Grande. Era lo que vino a buscar ayer en Madrid este torero extremeño, que por lo que se ve, está dispuesto a no dejar este año títere con cabeza. ¿Qué han triunfado Roca y El Juli? ¡Pues aquí estoy yo! Lo estuvo, vive Dios. Para nuestra fortuna y la suya, porque suya fue, en gran parte, la tarde de toros de ayer. Tan suya, que pareció rebelarse en la salida en hombros compartida con López Simón, adelantándose a éste con un movimiento de brazo, para que le cediera el paso en su aparición al exterior de Las Ventas. Estas cosas, también son de toreros. O al menos lo eran. Ayer, desde luego, el gran protagonista de la tarde, se había ganado esa preferencia por derecho propio. A este no le paran ni costaleros, ni toros, ni toreros. Ni el agua torrencial y el piso impracticable. Ni el escenario. Aunque sea en San Mamés.