La espada de El Juli, malrota un faenón

Había alerta amarilla en Madrid. Por viento. El viento que ha estropeado tantas tardes de toros en Las Ventas se cernía sobre la decimoséptima corrida de la feria de San Isidro y soplaba iracundo apenas una hora antes del paseíllo. Lo que nos faltaba. Una corrida de tanta prosapia como la que pomposamente se denomina de la Cultura (en su segunda edición, afirma el productor de arte Simón Casas), con la única presencia de El Juli en esta maratoniana confrontación  de toros y toreros en la capital del reino y del toreo, auguraba una confrontación más allá de la beligerancia tradicional que se emplea en esta Plaza con las figuras de la Tauromaquia. El Juli, es pieza codiciada en el pim, pam,pum que se instala en esta Plaza, como aquellos tenderetes que se abrían en los cacharritos festeros, en fechas bien señaladas, para que los aborígenes tiraran bolas resobadas de saín a los muñecos que se mostraban como un blanco en movimiento. Acertabas a derribar aquella la pequeña colección de figuritas no menos resobadas en opciones sucesivas a tanto la tirada, y se oía una voz cascada que pregonaba a los cuatro vientos: ¡Yyyyyyyotro premio más para el caballero! Te daban la chochona de rigor y te ibas tan contento.

Pues así se presentaba ayer la tarde de toros en Madrid, con la incertidumbre de si habría o no chochona para el caballero. La munición, ya estaba preparada, pero solo había un muñeco que derribar: El Juli, dicho sea con todos los respetos.

El Juli se anunció mano a mano con Ginés Marín, triunfador indiscutible del pasado sanisidro. Por tanto, tres toros para cada cual. ¿Qué toros? Supongo que la elección de las tres ganaderías se haría por consenso entrambos diestros: dos de Victoriano del Río, dos de DomingoHernández-Garcigrande y dos de Alcurrucén. O lo que es los mismo, cuatro de la línea Domecq y dos de la de Núñez.

En seguida se vio que la beligerancia de una parte de este heterogéneo público de toros de Madrid estaba encantada con la elección. Al menos porque la presencia de cuatro toros de la línea Domecq eran candidatos infalibles para que los tiradores oficiales de este pim, pam, pum madrileño se pusieran las botas. Garantizaban la protesta, sobre todo, porque la tarde anterior los de Victoriano del Río cantaron la gallina y mostraron una alarmante falta de fondo y de casta. Y así fue. Nada más aparecer el primer toro de la corrida, del ganadero de Guadalix de la Sierra (don Victoriano), parecía que revivíamos el petardote del día anterior: protestas nada más aparecer en el ruedo un cuatreño bien comido (543 kilos) y bien armado, blanco de las iras de la corriente antijuliana que se explaya de forma especial en este escenario. No gustaba el toro, un toro que se quedó mucho tiempo bajo el peto del caballo de picar y embistió sin alma (¿tienen alma los toros de lidia?), tanto al capote diestramente manejado por José María Soler como a la muleta de El Juli. Dos cosas ciertas: el torero muleteó con oficio y buena técnica, pero el de Victoriano fue un marmolillo insulso, sin ápice de casta brava, el pabilo de una vela de corta dimensión. Le faltó fuelle y fondo, es decir, más de lo mismo. Protestas justas, por tanto. Nada que objetar. Julián lo mató de pinchazo y estocada y se redoblaron las iracundias.

En medio de todo esto, ambos toreros mostraron sus cartas en el tercio de quites. Julián, primero, por delantales suaves, Marín después por gaoneras y, a mayores, otro de réplica de El Juli, por chicuelinas con el compás abierto, que le salieron muy apretadas y lucidas, pero que a servidor de ustedes no gustan ni un pimiento. La chicuelina no debe ser trallazo de capote arrebujado, sino alado vuelo de la tela sobre el giro del torero, a pies juntos. Así las propulsó el viejo  Chicuelo a la popularidad y así las magnificaron Puerta y Camino, entre otros. Pero en fin, reconozcamos que esta forma de desenvainar las espadas nada más empezar el duelo, fue el primer conato de una declaración de intenciones que el público aceptó del mejor grado. Los toreros venían a ponerse las peras a cuarto, a disputarse la primacía de la tarde y a pintarle la cara al compañero, si menester fuere.

El segundo toro, de Alcurrucén, también fue protestado. El viento soplaba con fuerza en la Plaza y el airado espectador encontró en la cara lavada del toro de los Lozano una falta de lozanía (trapío) que le venía al pelo. No se tuvo en cuenta la alegría con que se arrancó el toro al caballo de picar; y si se tuvo, en seguida se desparramó, porque el animal claudicó después de que Ginés realizara un entonado comienzo de faena. Pinchazo y estocada. A otra cosa, mariposa. Y, en esto, salió el tercero, también de Alcurrucén.

Era un toro de perfiles inequívocos acerca de su proveniencia. Núñez puro. Bajo de agujas, de cuerna recogida y estrecho de sienes, rematado de carnes. En suma, un toro bonito, bien hecho y en el tipo de su encaste. (No me gusta la palabra hechurado o entipado, que utilizan algunos colegas, porque quieren ser dos participios de verbos inexistentes: hechurar y entipar. Perdón por la digresión). Un toro, por tanto, que sugiere el pim, pam, pum de los amantes del mostrenco con cuernos, en clave toro de lidia, tantas veces presente en este ruedo. Protestas ruidosas. El alcurrucén cumple en varas y El Juli se da cuenta de que toma los capotes con embestida humillada. Y se va para el toro, de nombre Licenciado, muleta en mano. Y aquí comienza la historia de una faena para el recuerdo. Para el recuerdo de los buenos aficionados, de los que van a la Plaza sin prejuicios, de los que gozan con el buen toreo, de los que se emocionan con el arte dinámico más bello del mundo, sin rebuscar en el arsenal de tópicos, que tantas veces se manejan a tenazón, aquéllos que puedan mancillar una obra de arte.

Porque eso fue lo que ayer dejó plasmado en el ruedo de Las Ventas un torero llamado Julián López Escobar: un recital de toreo, apoyándose en los procedimientos físicos o síquicos que se usan en el arte para consumar la obra: técnica, inspiración, relajación, serenidad, autoridad, templanza, mando.. y todo lo que ustedes quieran agregar. Huelga la descripción cronológica de la faena de El Juli, pero haré hincapié en su comienzo, por bajo, con algún pase rodilla en tierra de añejo sabor y unas trincherillas y pases de la firma que no dudarían en firmar Domingo Ortega y Cagancho. Después perdí la cuenta de las tandas en redondo,  sobre ambas manos, plasmadas con el compás abierto, la barbilla pegada al nudo del corbatín, el brazo suelto y las yemas de los dedos reposadas sobre las muescas del estaquillador, trayendo y llevando al bravo y encastado toro hasta donde las extremidades superiores el torero daban de sí. Todo muy ceñido, pero muy profundo; muy ligado, pero templadísimo, con remates de pecho o de trinchera que enloquecieron a la Plaza. Sí, de locura en los tendidos hablamos; porque ayer el Madrid taurino rugió como en las tardes de verdadera apoteosis. Faenón de El Juli que malrotó con la espada para desencanto de la multitud… y alivio de los que escondían las pelotitas de saín para su tiro al blanco. La media estocada cayó muy trasera y algo defectuosa, por tanto necesitó un golpe de verduguillo, pero la oreja fue pedida por aclamación y concedida con algo de dilación. ¿Se imaginan qué hubiera ocurrido si el acero entra hasta los gavilanes por el hoyo de las agujas?

El resto de la corrida fue arrastrado por la corriente del acontecimiento vivido, y también por el mal juego de los toros. Los dos de Domingo Hernández-Garcigrande, cuarto y quinto, mostraron la cara arisca del ganado del encaste Domecq, tan menospreciado por su toreabilidad y aparente facilidad para el triunfo de los toreros. El cuarto, segundo del lote de Marín, fue una auténtica alimaña. ¿Alimaña? Sí, señor; para que vean que en este tipo de ganaderías, tan denostadas por los aficionados de rigorismo extremo, también salen algunos toros pegando bocaos. Por de pronto, éste salió abanto y se entretuvo en desmontar al picador (padre del torero) que se libró milagrosamente de un percance. Después, cuando se le ofrecían los utensilios de torear, se revolvía sobre las patas delanteras a la salida de las suertes,  y parecía que se quisiera morder al torero. Toro cuatreño que desarrolló un sentido fuera de lo común y a punto estuvo de meter a Ginés Marín en la enfermería. No lo consiguió, pero el torero se jugó el físico, a sabiendas de que el de Garcigrande le tenía tomada la medida desde que salió del chiquero hasta que se fue cobardemente a las tablas. Ginés lo mató de una gran estocada, poniendo en el balancín de las mulas al que, de momento, es el toro que más peligro y sentido ha desarrollado en lo que llevamos de feria.

El quinto, fue un cinqueño del mismo encaste pero con el otro hierro de la casa Domingo Hernández. Otro que tal baila. Largo y alto, cornidelantero y astifino, tomó dos soberbios puyazos de José María Barroso, derribó a Ginés Marín en el quite y se llevó dos grandes pares de banderillas de José María Soler, aunque a la salida del segundo el toro hizo hilo con él y le hizo el quite El Juli, pegándole al toro un pase natural.  Este fue el otro cornúpeto imposible para el lucimiento, tan artero y tan cabroncete, que se autolesionó cuando quiso pescar a El Juli, que intentaba hacerle tomar la muleta a trancas y barrancas. Le ocurrió al toro lo que los futbolistas leñeros –intensos, dicen algunos entrenadores--, que hacen una entrada brutal al tobillo del contrario… y es él quien sale cojeando de la cancha. Este del recordado Domingo se quedó descoordinado, roto por el pecho, al tirar un hachazo con gran violencia. El Juli se lo quitó de una estocada algo desprendida que tiró sin puntilla y el público le dedicó una gran ovación. No era en premio a esta faena, está claro; era la recompensa por la huella de gran figura que dejó ayer tarde sobre la arena de Las Ventas.   

El último toro de la tarde fue un cinqueño pasado, alto, grandón, con el morrillo por las nubes. Un toro fuera de la estructura que debe ser razonable para la lidia. Abisontado (si se me permite el palabro). Un toro que, naturalmente, fue recibido con una ovación. Después, se arrancó como una flecha, por dos veces, al caballo de picar y Agustín Navarro protagonizó un emotivo tercio de varas. Emotivo, porque lo es toda suerte bien hecha: citando con los pechos del caballo por delante, echando el palo con suavidad y clavando con precisión en el sitio adecuado. Desde luego, es firme candidato al premio de la feria. Fue un toro encastado, que pedía metros para oxigenarse, y que podría haber proporcionado a Ginés Marín, al menos, el empate en el marcador. El torero, abrumado en ese momento por el faenón julista y el con el antijulismo en su lugar descanso, quiso meterse cuanto antes con el gigantón de Victoriano, consiguiendo algunos pases naturales de excelente factura (es un magistral intérprete de esta suerte), pero enfrente tenía un toro que precisaba mando, no acompañamiento de su embestida. A estas alturas de la tarde, a cualquiera se le hubieran amontonado las ideas; pero no seré yo quien dude de la capacidad de este torero. Finalizó con unas apretadas manoletinas y, después de media traserilla, volvió a meter la espada hasta la bola con suma facilidad, aunque precisó el golpe definitivo con el estoque de cruceta.

La gente salió hablando de El Juli, naturalmente. Se hacían lenguas los aficionados. Julián se fue de la Plaza envuelto en una clamorosa ovación. Se iba el torero incólume, libre de los disparos con munición de saín. No era un muñeco de feria. Era un toreo de una pieza. Qué pena de Puerta Grande.