Bajarse al barro

Después de que se arrastrara el segundo toro de la corrida, la desbandada de público de los tendidos de Las Ventas parecía la diáspora urgente que huye de una plaga en cualquier lugar del mundo. Luego dicen que la Plaza no cumple la Normativa que regula los espectáculos públicos en materia de evacuación. Si así fuere –que, según parece, lo es—la riada de gentes que se precipitaron hacia los  vomitorios y se colaron en ellos en un pis pas, derriba todos los planteamientos. Se quedó al aire la piedra de Colmenar de los asientos, a meced del viento y la lluvia, con tal celeridad, que puede marcar un récord. ¿Dos minutos? ¿Quizá tres? Da lo mismo, aquél tormentón pilló desarropados y sorprendidos a quienes acudieron a la Monumental seducidos por la tarde soleada y veraniega, de modo y manera que la fuga general estaba justificada. ¡Santo cielo, que forma de jarrear!

En estas condiciones climáticas tan adversas para toros, toreros y público se desarrolló la lidia de la mitad de la corrida, con la manta de agua cayendo sobre la sufrida afición, los toreros aguantando capotes y muletas empapadas y los toros agarrados al piso más que nunca.  Pero vayamos por partes.

Lo primero que hay que señalar es la dispareja presentación del ganado en lo que a hechuras se refiere. El primero y el segundo fueron protestados porque, a juicio de algunos espectadores, no tenían trapío para Madrid. Desde luego, no eran toros de imponente corpulencia y desaforados cuernos. No. Eran toros con cuatro años y medio bien cumplidos y más de media tonelada de carne  recubriendo su osamenta. Y dos pitones bien puestos. ¿Qué se pide, pues? Con toda sinceridad: lo ignoro. Puede que la cosa de la culera no tenga las formas anatómicas adecuadas, puede que la cuerna no sea todo agresiva que fuera menester, puede… ¡qué sé yo! El caso es que las protestas no cesaron. Lo grave es que, después de acudir con energía y nervio a los caballos de picar, estos dos primeros toros comenzaron a apagarse de forma tan paulatina como alarmante, incluso doblaron las manos en varias ocasiones, lo cual da  la razón a los protestantes. Toros que se vienen abajo con estrépito, por falta de casta y de fuerza, son merecedores de la protesta, sí, señor. Ahora bien, no se vengan arriba por ello los protestantes, porque su matraca permanente durante toda la corrida no tiene un pase.

Dicho lo que antecede, es necesario consignar que Miguel Ángel Perera toreó impecablemente al primero de la tarde… hasta que al toro le abandonaron definitivamente las fuerzas y se agotó también su caudal de casta, la mayor parte vertida sobre la guata del caballo de picar. Lo justo será reconocer que con lo que tenía delante –un marmolillo noblón que embestía en línea recta, pero andando-- no se le podía hacer el mínimo reproche al torero. Y tampoco a Talavante, porque incluso sacó algunos muletazos de bella composición y buen ritmo al segundo toro, que doblaba las manos y entregaba la cuchara en la cazuela de Las Ventas apenas mediada la faena. Muertos ambos toros sin grande gloria, el cielo se abrió…

Y en esas estábamos cuando salió el tercero, lidiado en medio de una cortina de agua infernal. Roca Rey le plantó cara desde el principio, pero sobre todo cuando tomó la muleta y se lo pasó por la espalda en un pase cambiado ajustadísimo, seguido de muletazos de impasible ademán y quietud manifiesta. Avanzaba el torero hacia el toro y este reculaba cobardemente, hasta caer en el ridículo. Sin embargo, a pesar de tan flagrante alarde de autoridad y poderío, Roca Rey, que hubo de soportar la airada actitud de un sector de público, algo difícil de digerir, de interpretar y menos de comprender. ¿No se cae el toro? ¡Pues hagamos caer al torero! Fue la estampa animada de un toro a la defensiva y un torero al ataque, sin aspavientos, sin crispación, con serenidad. Roca tapó las malas artes del toro con su arte sincero… y sensato. No fue un arrimón desesperado, fue una labor que exprimió cualquier atisbo de bravura en el cornúpeta, a base de tomarle muy en corto y desafiarle en cualquier terreno; pero ni esa demostración de honradez y hombría enfrió la calentura irracional de una parte del tendido. Roca Rey mató de una estocada y sanseacabó. ¿Sanseacabó? Qué va, siguieron las protestas.

La preciosa lámina del cuarto toro y su imponente seriedad –eso es trapío-- nos hizo concebir esperanzas. Más aún cuando empujó de veras en el caballo, con gran fijeza en un puyazo larguísimo a cargo de José Doblado. Codicia y poder. Este toro dará espectáculo, pensamos; pero el espectáculo lo dio a los pocos minutos, cuando persiguió a Curro Javier a la salida de un par de banderillas y por poco lo estampana o lo ensarta contra la barrera. Milagro. Misterios del toro bravo y de la Fiesta. Otra vez Miguel Ángel Perera sometió al de Victoriano del Río con muleta arrastrada, compás abierto y muñeca flexible y dominadora. Las protestas advertían acerca de la colocación del torero. ¡Estamos apañados! (A ver quién explica a estas gentes de buena voluntad del craso error que utilizan como estandarte de la pureza). Y en esto, ¡zas!, el toro se  viene abajo estrepitosamente y la faena se arruina. La rajada del toro, determinante para no dudar de su escaso caudal de casta brava. Estocada y dos descabellos. Más protestas. ¿A qué, para qué o para quién?

El quinto era cinqueño, se llamaba Entonado y les puedo asegurar que no fue entonado su juego, en absoluto. Antes al contrario, después del plausible empuje en el primer puyazo, se desfondó ante la muleta de Talavante, no sin antes Alejandro le robara, altivo y fachendoso, algunos pases de bella traza. Pinchazo y media. Nada de nada.

A esas alturas del día, la tarde ya era anochecida. La gente seguía en las galerías de planta baja, con la vista enfocada hacia las pantallas de televisión que transmitían en directo la corrida; pero antes de que sonaran los últimos clarines para la suelta del toro, esos refugiados de urgencia, ensopados en su mayoría, vuelven al redil de los tendidos y llena la Plaza de nuevo. Hay que ver a Roca Rey. Seguro que la lía en el último toro.

Difícil lo tenía desde luego. Con el temporal haciendo estragos en el piso del ruedo, la iracundia aún apoderada de un aparte del graderío y el cariz del carácter de los pupilos de don Victoriano, la cosa no pinta bien. Pero, en efecto, ahí estaba Roca.

Había que bajarse al barro, en el más extenso sentido de la expresión; fajarse en el tremedal de la arena, solventar las papeletas que pudiera presentar el último toro y soportar la impertinencia interesada de algunos reductos de público bien localizados. Para sobreponerse a todo ello, hay que ser un torero de una pieza, un tío con toda la barba y un barbián con un bagaje de atributos  capaz de sobreponerse a tan penosas circunstancias. Ese es Andrés Roca Rey. Al menos, eso fue lo que demostró ayer en Madrid.

El toro de Victoriano del Rio, de nombre Distante, distaba mucho de ser un dije. Estaba hecho cuesta arriba, aleonado, altivo, reservón. Salió abanto y arreó en varas, como la mayoría de sus hermanos. Roca Rey le hizo un quite por saltilleras escalofriante y después de una buena brega de Viruta, cargó con la muleta y se puso a torear sin la menor vacilación. Estatuarios de aperitivo, y de plato fuerte un toreo en redondo ligado y templado, erecta la figura, distendida la muñeca, rota la cintura. Y ceñimiento absoluto. Y total economía de movimientos. También, por supuesto, suertes improvisadas, como ligar la arrucina con un pase circular con la izquierda u otro circular de pecho, para sellar una tanda de naturales.  Total, que los tendidos, que habían vuelto a su ser primitivo –es decir, de llenazo--, se rindieron a la evidencia. Se rindió el ejército, que no un pequeño comando, en plan maquis, que seguía con su letanía de tábano protestón. Estoconazo que tira sin puntilla. Oreja rotunda, sin fisuras. Hubo, incluso quien pensó que se doblaría el premio.

Bien está lo que bien acaba, aunque para ello un torero emergente haya tenido que bajarse al barro y rebozarse en él y con un toro, con absoluto desprecio de su vida, mientras algunos prójimos desprecian su gesto, abortan su ciencia y desprecian su arte. Hay casos en que el barro no solo está en el ruedo.