En la muerte de Ángel Peralta

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Era una tarde de septiembre del año pasado. Era una tarde de toros en Valladolid. Dentro del callejón, y recostados sobre la barrera de la Plaza, Pablo Hermoso de Mendoza y servidor de ustedes pegábamos la hebra –ambos dos con apasionado verbo— acerca de la situación que atravesaba lo que otrora fuera el festejo taurino que reventaba de público las plazas de toros --la corrida del arte de torear a caballo--, cuando una voz cascajosa, cercana, a fuer de familiar, llamó mi atención. Allí estaba él, sentado sobre los dobladillos del capote de brega que colmaba de bártulos un esportón. Allí estaba aquél junco flexible que echó  raíces en la silla vaquera que cubre el espinazo de un caballo, y que los vientos implacables del tiempo habían acamado, curtido y debilitado de forma implacable. Allí estaba el icono del rejoneo durante más de siete décadas, que se dice pronto; la referencia imprescindible de este arte singular y apasionante que enfrenta sobre la arena del coso a los dos ejemplares irracionales del reino animal más bellos de la Creación. Allí estaba, esperando el turno de Lea Vicens, la francesita que hace ya unos cuantos años jugueteaba con el becerro Cuchareto en el picadero del Rancho el Rocío, en la  Puebla del Río, mientras el maestro la preparaba para codearse con los rejoneadores más laureados de nuestra contemporaneidad. Allí estaba Ángel Peralta Pineda. Cansado, pero no vencido. Me incliné ante él y esbocé un saludo cariñoso, pero distante, porque aquél hombre trasfundía una inevitable corriente de admiración y un  reverencial respeto. Revivo este cercano recuerdo cuando me llega la noticia de su muerte, ya bien rebasado el noveno decenio de su llegada al mundo.

Ángel Peralta completa la tríada de hombres que supieron contar y cantar su inmarcesible devoción por el toro y el caballo, esto es, el toro de lidia y el caballo que torea. Los otros dos son Fernando Villalón y Juan Pedro Domecq y Díez. Tres poetas ganaderos. Tres apasionados amantes de la primaria belleza del campo bravo que encontraron su Nirvana en la silla vaquera, su musa en la garrocha y la placidez de sus rimas entre las paredes cortijeras que emergen escoltadas por una verde infantería de eucaliptos, pinos y acebuches. Fernando, más apegado a la vara de majagua: si no se me rompe el palo, ese torillo berrendo no me hiere a mí el  caballo; Juan Pedro, más cercano a la llanura de la dehesa y al pesebre del toro, en esa …tierra de Janda, aguanosa y bravía, donde embisten  coléricos los vientos, de mugientes acentos, y engendra fiero ardor la hierba blanda; y Ángel, siempre pegado al cuero de su asiento y estribado sobre la barriga de un caballo, en el campo y en la Plaza, en los momentos de triunfo o en los cargados de fatalidad: Con un relincho de pena me dio su último adiós. Solo a mí me consoló saber que  a la jaca buena también se le lleva Dios.

Por diversos avatares y circunstancias personales, le vi torear pocas veces en las corridas de toros que prologaban los rejoneadores de anteriores décadas –lo que de forma tan despectiva como irrespetuosa un célebre crítico taurino motejó como el número del caballito--, pero es incuestionable su influencia en la evolución del arte de torear a caballo, y su prolífica y longeva trayectoria profesional –se ha enfrentado en la Plaza a cerca de seis mil toros—marca una de las épocas más brillantes del rejoneo. Jinete prodigioso, llegó a formar un conjunto indisoluble entre un hombre de alta sensibilidad y una bestia apaciguada, lo cual le proporcionó el sobrenombre de Centauro de las Marismas. 

Hay, no obstante, un vínculo que une a esas tierras marismeñas del Guadalquivir y a las áridas de pan llevar del Pisuerga, personificado en Ángel Peralta: su gesto magnífico para con una residencia de ancianos de Medina de Rioseco, una benemérita institución que recabó la ayuda del famoso rejoneador, en el ya muy lejano año 1954. Sor María y Sor Micaela, rogaron a Peralta que fuera el Ángel salvador que nutriera las paupérrimas arcas del Hospital-Asilo para lograr su subsistencia… y se organizó un festival en ese mismo noviembre (Peralta, Miguel Ortas, Manolo Chacarte y El Turia en el cartel), un evento excepcional que continuó ¡durante 50 años!, celebrándose después en torno a la fecha de San Juan –San Peralta, se llegó a llamar en Rioseco al 24 de junio--, que es bien festera en la vallisoletana ciudad de los Almirantes. Don Ángel consiguió llevar hasta las riberas del muy seco Sequillo, a todas las grandes figuras del toreo. Ya comprenderá, pues, que, para los vallisoletanos, la muerte de Ángel Peralta suponga un acontecimiento especialmente luctuoso.

Le ha fallado el corazón a este Ángel Peralta Pineda, coloso de la monta a caballo, torero y poeta. Era un corazón grande. A veces, los grandes nos abandonan a la chita callando, para no molestar. Ahora que toca abrirle un hueco preferente en la memoria de la fiesta de los toros, cabe recordar los versos que escribiera junto a la manta marismeña y las arenas pinariegas de la Puebla del Guadalquivir, cuando murió su célebre y cinematográfico caballo Cabriola, por la certera cornada de un toro de Pablo Romero en la Plaza de Alicante:

A mí me toca esperar/lo que queda, nada vale/ y lo que vale, se va.

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