Arévalo

Arévalo

Aquella mañana de octubre de 1993 se iniciaba la feria taurina de El Pilar y la ciudad de Zaragoza amaneció soleada y fría. Estaba repasando la prensa local, que anunciaba el inicio de los festejos taurinos con una novillada, cuando me pasan a la habitación del hotel una llamada telefónica desde Sevilla. Al aparato, Diodoro Canorea, empresario a la sazón de la Maestranza. Diodoro (don), me comunica con esa naturalidad y sinceridad que presidia nuestras habituales parladas, fueran o no de toros, que la corrida concertada verbalmente a primeros de septiembre para  transmitir por TVE el 12 de octubre la quiere Antena-3 y ofrece por ella una cantidad muy por encima de la tarifa habitual de TVE. Me deja patidifuso la noticia, aunque me consta que si presiono a Diodoro (don) la corrida “se queda en casa” sin apenas modificar planteamientos; pero soy consciente del “roto” que ello puede causar en la economía del por mí tan querido como añorado empresario, la última pieza del museo romántico de su gremio que he conocido en este dislocado, husmia e insolidario planeta de los toros. Por tanto, contacto en seguida con el Director General de mi Empresa y le comunico –ciertamente compungido-- el estado de la cuestión. El cartel de Sevilla es la repera: Curro Romero y Espartaco con toros de Cuvillo y dos más de Torrealta para los rejoneadores hermanos Domecq. Curro, es siempre un reclamo indiscutible, y más en su tierra, Espartaco está en la cumbre  y los hermanos Luis y Antonio Domecq son la revelación del toreo a caballo. Mayor atractivo, imposible. Con tan apetecibles alicientes esperábamos rematar impecablemente la temporada, porque en aquellos tiempos las retransmisiones taurinas tenían una cuota de pantalla tan excepcional como envidiable. La recién creada cadena de televisión Antrena-3 lo sabía, y sus arcas de contratación no reparaban en gastos. Por nuestra parte, no había forma –ni tiempo-- de contrarrestar lo que considerábamos una inversión disparatada y un peligroso precedente. ¿Qué podemos hacer?, me preguntaba el supremo Jefe, Jordi García Candau. La respuesta era bien fácil: Nada. No había manera de contraprogramar ese día con otra corrida de toros de expectativas similares; pero como veía que se me insistía en ello, creí que tirando por elevación hacia lo estrambótico,  impensable o esperpéntico conseguiría obtener la resignación del máximo mandatario, y se me ocurrió ironizar con una propuesta: ¡Como no retransmitamos El Bombero Torero, que se da el día anterior por la mañana aquí, en Zaragoza!... Hubo unos largos segundos de silencio, hasta que, por fin, García Candau me espetó así, sin anestesia: Eso haremos. ¡Contrátalo, ya!

No quiero abundar en la estupefacción que tan tajante orden despertó en mi ánimo. ¡En menudo lío me había metido el Baranda! ¡Pero quién me mandaría insinuar aquél despropósito! De nada valieron mis réplicas, apelando al embromado que envolvía la propuesta, y sobre todo a las súplicas de que me privara de narrar el espectáculo: Lo harás tú y lo harás bien, arréglatelas como puedas.

Y en ello fui pensando mientras volaba hacia la plaza de toros, donde se sorteaban los novillos que se lidiarían por la tarde. En las dependencias de corrales encontré, milagrosamente, a Jesús González, apoderado del espectáculo cómico-taurino El Bombero Torero, que andaba por allí, no sé por qué. ¿Cuánto me cobras por retransmitir el Bombero Torero, Jesús?, le comuniqué a quemarropa, a sabiendas de que no lo entendería muy bien. ¿Me lo dices en serio?, respondió. Y tan en serio; mira, te doy…tanto (algo menos de la séptima parte de lo que ofrecíamos por la corrida de Sevilla, que era, a su vez, cinco veces más que lo que cobraba el Bombero por aquella actuación en Zaragoza), ¿te parece bien? No dijo ni media palabra. Solo me dio un abrazo largo y apretado; pero le conminé a que permitiera al menos hasta tres redifusiones. Como si queréis repetirlo todos los días. Sin problemas.

A partir de ese momento, todo mi afán era dar con la tecla que me permitiera ejercer mi labor de narración en las condiciones más favorables para, al menos,  salvar los muebles del decoro cuando llegara el momento –día 11, en jornada matinal—de grabar el espectáculo, que se emitiría el día siguiente, coincidiendo con la corrida de Sevilla, en horario de máxima audiencia. Fue entonces cuando se me encendió una luz en la memoria y  recordé que el padre de mi entrañable amigo Paco Arévalo fue una de las piezas fundamentales del Bombero Torero, en las décadas de los años 50, 60 y 70, los de su mayor esplendor. Mi amigo Paco era –y es--  tan buen artista como genial humorista y tan buena gente, que me cuesta hallar otro tipo que se haya portado conmigo con mayor generosidad y esplendidez. Le pedí que su padre me acompañara en el puesto de comentarista, para sacarme de los múltiples atolladeros que podrían surgir en algo que escapaba de mi escaso acervo en tales cuestiones. Su respuesta no se hizo esperar: Dalo por hecho, pero yo también quiero participar. Quiero ser el que haga de reportero en el callejón. Ni que decir tiene que acepté encantado esta sugerencia, más aún cuando me comunicó que lo harían gratis et amore, esto es, por amor al arte y en aras de la amistad que nos une.

Nunca supe como recompensar tanta generosidad en el planteamiento y tal despliegue de genialidad en los hechos posteriores, cuando ambos, padre e hijo, entraron en faena desde la plaza de toros. Me lo pasé bomba, aprendí una enormidad escuchando a mi vera la voz ronquilla de Arévalo-padre, contando las vicisitudes de aquella troupe que hacía las delicias de un público infantil con sus piruetas ante la cara de los becerros, el permanente sketch que  interpretaba aquella cuadrilla de actores, compuesta en buena parte por los “enanitos toreros”, que no eran sino hombres vestidos de luces que recordaban a los protagonistas del célebre cuento de Blancanieves, utilizando instrumentos y toreando reses bravas “a su medida”, sin que nadie osara encontrar en ello nada de burlón o peyorativo. Al frente de todos ellos se encontraban los herederos de aquél Pablo Celis, que hizo célebre su Bombero ideado en los primeros años 50 del pasado siglo, y que fue vivero de toreros  --algunos, cuajaron en grandes figuras-- en la llamada “parte seria”. En la cómica, que ocupaba el espacio más amplio de la programación, destacó en sus buenos tiempos la figura de  Paco Arévalo, que salía al ruedo disfrazado, tanto de Charlot como de Cantinflas, siendo esta última indumentaria la que también parecía hecha ”a la medida” de su ingenio, porque “clavaba” materialmente los tics y ademanes del maravilloso intérprete mexicano, tan en boga en España por aquellos años.

He querido hacer este amplio proemio para sacar a la luz la parte anecdótica de un hecho que tenía guardado para mis adentros, porque me asaltó hace cuarenta y ocho horas la noticia de la muerte del torero cómico Paco Arévalo. Me  apresuré a notificar mi sincera condolencia al hijo, mi buen amigo Paco, pero me creo en el deber de homenajear la memoria de su señor padre  desempolvando aquella aventura, tan insospechada como exitosa para todos nosotros. Quede constancia de ello, y también de que la audiencia de aquél Bombero Torero rebasó todas las previsiones --prácticamente dobló la del rival contraprogramado, con la décima parte del dinero invertido por nuestro competidor-- gracias, sobre todo, a las cosas que comentó el viejo Arévalo y al genio creativo de su hijo, que acabó saliendo al ruedo, micrófono en ristre, para hacer una entrevista al novillote que andaba por allí; y también de que la decisión de poner en antena aquél espectáculo fue de otro genio de la televisión de nuestro país, llamado Jordi García Candau. Después vinieron los imitadores a sumarse al invento, pero ya nada fue lo mismo. Los Arévalo de aquél día de Zaragoza son inimitables e irrepetibles.

Arévalo-padre se ha ido de este mundo con ¡cien años! a sus espaldas. Se lleva una longevidad difícilmente superable, como insuperable fue su vis cómica sobre la arena de un ruedo lleno de pequeñísimos toreros, uniformes, mangueras y cascos de bombero. Siempre tuve la impresión de que Arévalo-padre --saliera a la arena del ruedo con el uniforme que fuere—dejaba impregnaba su actuación con un sello personal, en el que se traslucía el poso de torería que le rebullía por dentro.

Por tanto, siento que se nos ha ido un gran artista; porque, al fin y al cabo, lo trágico y lo cómico, el sainete y el drama están unidos por lazos que afirman su vitalicia coexistencia. También la Tauromaquia tiene su parte histriónica, interpretada en el mismo escenario donde se recogen otras emociones, incluso parte de la tragedia que a veces se hace presente. Todo buen retrato lleva implícita su caricatura.   Arte, al fin y al cabo. Por eso, y en esto último, no me cabe duda de que Arévalo-padre fue un artista excepcional.

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