Voz del pueblo

Montero

Me van a perdonar, pero ante el alboroto que ha provocado el lenguaje parlamentario utilizado por quien ostenta la portavocía de Unidos Podemos en el Congreso de los Diputados, a cuenta del lenguaje empleado por la titular de dicho cargo, Irene Montero, me abstraigo, por esta vez, de la actualidad taurina para mostrar mi pesadumbre por la escalada de desafueros que en materia lingüística se perpetran diariamente, tanto en los medios de comunicación --sea cual fuere su soporte—como en ese foro de superlativa trascendencia que, supuestamente, recoge la voz del pueblo.

¡Ah, la voz! ¡Qué hermosa herramienta nos ha deparado la Humanidad ¡Qué felices deberíamos mostrarnos quienes tenemos el privilegio de usarla como instrumento de entendimiento en el inveterado afán que nos impulsa a explicar actos, ideas y voluntades entre congéneres de la misma especie! Esa voz que hace más de ocho siglos transportó  a su pluma de ave Gonzalo de Berceo para fer una prosa en roman paladino en el qual suele el pueblo fablar a su vecino…, y sellar con ella el primer romance en lengua castellana.

El pasado martes, la voz de Irene Montero en la tribuna del Congreso de los Diputados no se anduvo por las ramas, y utilizando ese ampuloso lenguaje que suelen imbricar en la apisonadora de la redundancia los políticos (y, especialmente, políticas) de nuestro país para vindicar el feminismo como vehículo predilecto en su lucha por la igualdad entre géneros, se tiró a la piscina del hemiciclo con esta frase antológica: “portavoces y portavozas”. Escribo estas tres palabras entrecomilladas y el corrector automático del ordenador  me subraya la última de ellas en rojo. Está mal. Es incorrecto. No existe en las reglas del bien hablar o escribir. Con todos los respetos, ha metido usted la pata, doña Irene: no hay portavozas que valgan.

El desliz, empero, no tendría mayor relevancia que el lapsus linguae  al que nos exponemos quienes nos dedicamos a comunicar cosas y hechos en público, tanto de viva voz como por escrito. Sin ir más lejos, aquí, el firmante, no está muy seguro de estar haciendo lo correcto al hilvanar estas oraciones gramaticales. Nadie está exento de cometer cualquier error, porque el error es una de las características que adornan a la especie humana. Somos humanos –entre otras muchas cosas--  porque cometemos errores. Lo importante, lo valioso, lo que da carácter e imprime calidad categórica a las personas, es aceptar el desacierto y someterse con resignación al mea culpa que exigen las elementales normas de conducta.

Lejos de adoptar esta actitud, Irene Montero se ha revuelto contra todos (y todas), como se revuelven en el tollo esos otros monteros erráticos y fallones cuando se les escapa una pieza valiosa: disparando a todo lo que se mueve. Hasta la RAE ha sido blanco de sus diatribas. Por lo visto, lo que tiene que hacer la RAE es aceptar su desatino, asumir su desafuero, incluir el palabro portavozas en el Diccionario, que debe ser la Biblia del buen uso del lenguaje. Es decir, que si ella va con su coche circulando por dirección prohibida, y por tanto cometiendo una flagrante infracción, lo que propugna la señora Montero es que la DGT cambie las señales de tráfico.

Este brote de cólera incontenible a cargo de su señoría no se produjo en anteriores petardos que salieron de boca de grandes prebostes (y prebostas) de la política española, todas ellas --¡qué le vamos a hacer!—del género femenino. Como todo el mundo sabe el fenómeno Montero tiene precedentes en los famosos "miembros y miembras" de la ministra de Igualdad Bibiana Aído, en la "diabetis" de una ministra ¡de Sanidad! llamada Leire Pajín o en los "jóvenes y jóvenas" de Carmen Romero,  la ex del presidente Felipe González,  que también ocupó escaño en el Congreso de los Diputados.

A todo esto, el rebote –el berrinche que estalla de un estúpido orgullo, por no aceptar el error-- de la portavoz de Unidos Podemos no iría más allá del campo de lo anecdótico de no haber salido a la palestra una valedora llamada Adriana Lastra, vicepresidenta general del PSOE en el hemiciclo de la carrera de San Jerónimo, que se arremangó para sumarse a la causa podemita en una comparecencia realmente esperpéntica. Colocóse junto a quien es la voz del Partido en tan respetable escenario y  ante los micrófonos de alta sensibilidad que usan los diputados en las dependencias del Congreso, para pronunciar esta frase lapidaria: A mi portavoza yo LA llamo portavoza, pegando con el laísmo referido (“la”, en vez de “le”, que es lo correcto) una nueva y triple patada al diccionario. A todo esto, había que ver el careto de Margarita Robles (la portavoza aludida), entre la resignación y la estupefacción, y escuchar a continuación sus palabras de justificación de lo injustificable. Patético.

En fin, que esto es lo que hay. Es lo que tenemos. Estos (y estas) son quienes nos representan en el lugar donde se organizan nuestras vidas y elaboran las normas (leyes) que habremos de acatar, además de ser foco de luchas intestinas y encontronazos cainitas entre unos y otros (u otras). El caso es que en esta cruzada contra el infiel (¿también infiela?) que se ha emprendido desde hace unas décadas por las huestes del más acendrado feminismo en pro de una igualdad entre hombres y mujeres –algo que solo pueden rechazar las gentes retrógradas, incompetentes e insensibles con las exigencias que en justicia demanda la sociedad en que vivimos— no tiene por qué pagar el peaje del destrozo de una de nuestras riquezas patrimoniales más valiosas: el lenguaje. Esa lengua maravillosa que manejaron magistralmente maestros de la literatura universalmente  reverenciados y que ha deparado once Premios Nobel de esta especialidad. Una lengua que también supieron explotar ilustres miembros de la Cámara congresual de nuestro país, en antológicos alardes de elocuencia parlamentaria. Un idioma, el castellano, compendiado en español, por el que se comunican cientos de millones de personas en el mundo.

Pues bien, toda esta riqueza y todo el potencial que de la palabra bien dicha y bien escrita hemos heredado de nuestros ilustre antepasados, quieren pisotear dos diputadas de nueva hornada, alineadas a la izquierda en lo que a ideología política se refiere, mandando al cuerno a la Real Academia de la Lengua, porque una de ellas ha prendido la mecha y otra sujetado el cartucho de un petardo que están dispuestas a que siga chisporroteando por entre las nubes de su incultura y su ignorancia. La RAE tiene mucho que aprender, ha dicho la señora Montero. ¿De ella, por ventura?

De nada vale que la Academia les advierta respetuosamente que el sustantivo “voz” es femenino, y, por tanto, decir portavoza sería redundante.  Estas chicas se te tiran al cuello si pretendes sacarles de su error. Ellas, erre que erre, contra los que osen contradecir lo dicho: ¡Machistas! Llevar siempre la voz cantante forma parte de lo mejor de su patrimonio, porque ellas y también ellos, algunos de sus correligionarios, creen patrimonializar la voz del pueblo.

 

Hablando de cante, de pueblo y de portavozas, lo mejor que se puede hacer en estos casos es portavocear la letra de un popular palo del flamenco, que llaman mirabrá:

 

A mí que me importa/que el rey me culpe/si el pueblo es grande y me abona/voz del pueblo, voz del cielo/y anda/ que no hay más ley/que son las obras/ y con el mirabrá/tiritití, mira y anda.

 

De toros, hablaremos otro día.

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