Si yo fuera presidente

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Un desconocido y amable aficionado me pregunta a través de la red social Facebook qué cambiaría del mundo de los toros si yo fuera presidente. Ciertamente, la respuesta debería ser: ¿presidente, de qué?, ¿de las plazas de toros?, ¿de la Comisión Nacional de Asuntos Taurinos?, ¿del gobierno de la nación, quizá?

Tal entelequia, charada o ensoñación más o menos divertida, la tomo como una forma de inquirir mi opinión acerca del estado de las cosas (de las cosas de la Tauromaquia), y entiendo que me quiere colocar – provisionalmente, y en broma-- en el solio de la Moncloa, por el remedo que apunta a aquél programa de gran éxito en TVE, titulado “Si yo fuera presidente”, el talk show que dirigía mi tocayo y paisano Fernando García Tola, cuando mediaban los  años 80 y aquí el firmante no podía imaginar que cuando acabara la emisión de  este programa haría su debut como narrador taurino en ese gigante de la comunicación audiovisual de España, la única televisora del país, por aquél entonces.

En realidad, aquél “Si yo fuera presidente” de Tola, era una coña marinera  que jugaba con la ironía, el humor y la información, aderezando todo ello con entrevistas punzantes a personajes populares, público en directo y números musicales con los artistas en boga por aquella época. Apenas ejercía como tal presidente de broma. Es más, le pasaba la pelota a quien en verdad lo era (Felipe González) cuando la cosa política del momento se complicaba al tratar los temas espinosos de aquélla actualidad.

Pero, en fin, ya que me lo pide el ingenioso y, para mí, desconocido aficionado, me haré a la idea de ponerme en situación, no como presidente, sino como ingenioso y ocasional hidalgo, metido a redentor de la cosa de los toros, que es locura de cierta comparanza con la de aquél loco universal de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Haciéndome a la idea de tan fantasiosa prerrogativa, si yo fuera presidente lo primero que haría es algo muy simple, tan simple, que su sola enunciación puede asaltar los límites del territorio de Perogrullo: obligar a las Administraciones Públicas a cumplir la Ley. No puede haber exigencia más lógica para quien firma en el Boletín Oficial del Estado en calidad de presidente del gobierno los códigos que deben acatar, inexorablemente, gobernantes y gobernados, avalados a su vez por la autoridad de máximo rango: el rey. Y la Ley es la 18/2013, de 12 de noviembre, que entró en vigor cuarenta y ocho horas después de su publicación oficial, en la cual se regulaba la Tauromaquia como patrimonio cultural

Dicha Ley (con mayúsculas la pongo, adrede) dispone que el carácter cultural de la Tauromaquia es indiscutible y merece ser preservado como un tesoro propio de nuestro país, rico en culturas distintas…/ Y resulta evidente que la Tauromaquia, como actividad cultural y artística, requiere de protección y fomento por parte del Estado y las Comunidades Autónomas…/ Por tanto, mando a todos los españoles, particulares y autoridades que guarden y hagan guardar la ley (sic).

Esto es lo que está escrito, mandado y consagrado en el Órgano informativo que nos guía, nos protege y nos obliga con normas de conducta inviolables. Es lo que dice la letra, pero la realidad es que, en el caso que nos ocupa, parece que la tinta está diluida en el agua de borrajas de la inoperancia.

¿Dónde está el cumplimiento de ese mandato, a priori tan contundente? ¿Dónde el compromiso que han de adquirir, no ya para fomentar la difusión y protección de la Tauromaquia, sino para asegurar su propia pervivencia en algunas zonas geográficas de nuestro país (País Vasco, Cataluña, Baleares, etc.), en los que está siendo arrinconada sin ningún pudor, ante la inacción de los administradores que administran  nuestras vidas y nuestras haciendas?

La realidad es bien descorazonadora. Aquí, ni se protege, ni se potencia nada que tenga que ver con la preservación de ese patrimonio cultural, de ese “tesoro”, del que la Ley se ufana. Me consta (o al menos así lo entiendo) que no se pide apoyo económico para organizar ferias taurinas en ciudades que otrora fueron emblema de la tauromaquia, Barcelona, sin ir más lejos. Ese será un tema a resolver por los sectores empresariales, que compiten en libre mercado; pero esa es otra cuestión, merecedora de oportunas y diferentes reflexiones.

Si yo fuera presidente no me andaría por el oscuro ramaje de esas aligaciones políticas que tienen entre ceja y ceja el “toros no”, unos por cuestión de ideología, otros, por pura estrategia, y todos, porque entienden que puede ser rentable y cazar pieza en la cacería del voto. Me limitaría –repito-- a poner en vigencia una Ley que permanece aparcada, adormilada, inhibida, como esperando a que muera por derogación –si posible fuera, que no es tan sencillo-- obligada por la inanición. Y si su soslayo se debe a la manida transferencia  de competencia en materia de espectáculos públicos a las Comunidades Autónomas, me ocuparía de arbitrar las medidas necesarias para que estos subterfugios alegales no permitan a los políticos de nuevo cuño violar a la venerable doña Tauromaquia, levantándole cada dos por tres la saya, sin ningún pudor.

Si yo fuera presidente me ocuparía, también, de ordenar la inmediata puesta al día del Reglamento Taurino, que es el único en la historia de los de su clase que tiene más de medio siglo de vida sin ser consecuente con nuestra realidad social, a todos los niveles. Y obsérvese que utilizo el singular, porque el colmo del absurdo es la multipartición del reglaje que ordena el desarrollo de un espectáculo único, en el más amplio sentido de la expresión.

Todo lo demás, amable peticionario, está sujeto a infinitos análisis y multitud de propuestas que escapan de esas competencias alegóricas que tan generosamente me otorga. Pero mejor será que regresemos todos a la “realidad real” y me permita abandonar este meollo de quimeras y pendencias a las que me he visto abocado, no sea el demonio que acabe como acabó Sancho Panza cuando el infausto episodio de los molinos de viento: perplejo y peguntándose si el loco Quijote no sería él.

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