El caso de las Cinco Mil

El partido político Equo --del que no tengo más noticia que su concomitancia con los Verdes europeos--, ha puesto en marcha una Change.org para tratar de impedir que el torero Manuel Díaz El Cordobés participe en la presentación de ese acto lúdico-festivo-televisivo que se celebra en España a las doce de la noche del último día de cada año: las Campanadas. Piden cinco mil firmas, y las han logrado en apenas veinticuatro horas. Dicen los de Equo, que la propuesta de El Cordobés como presentador de las Campanadas de Fin de Año en Canal Sur Televisión, en horario de máxima audiencia, es poco menos que una  provocación y, por supuesto, una clara defensa del maltrato animal. Lee este reclamo en las redes sociales la  militancia animalista y pone el grito en el cielo, enchufándose las pilas a toda pastilla, porque considera tal propuesta un agravio intolerable, un hecho de insufrible patetismo, como si semejante  trampantojo fuera una realidad.

Pues no se ande mucho por las ramas del conformismo la gente del mundo taurino, no continúe instalada en el cómodo pragmatismo de no echar cuentas de algo tan baladí, porque hay otra realidad que sí es bien fehaciente: la abismal diferencia entre el activismo de los antis y el de  los pros de la fiesta de los toros, a favor de los primeros, naturalmente.

Parece ser que la cuestión ha quedado en una anécdota más de los “pesados” animalistas, según he podido constatar por las respuestas a algunas de mis averiguaciones. A los aficionados taurinos –y no digamos a los profesionales—les adviertes de la gravedad de estas cosas y te responden lo mismo: ¡qué pesados son!... y se quedan pan panchos. No reaccionan, ni se indignan, ni se revuelven contra la intolerancia --¡no queremos ponernos a su altura!, dicen--, ni contraatacan con otra Change.org que recoja al menos el diez por ciento de esos cientos de miles de espectadores que –según las estadísticas—se asientan cada año en los graderíos de las plazas de toros.

Aquéllos que se engloban en lo que con cierto eufemismo llamamos “gente del toro” sí que son “pesados”, pero tomando el término por la acepción de practicantes de una cargazón interior que cuesta trabajo poner en movimiento. Ante este tipo de flagrantes agresiones no mueve un dedo ni Dios, dicho sea sin ánimo de molestar, que estamos en tiempo de Adviento para el mundo cristiano. Aquí vienen los de Equo, montan un plebiscito entre los internautas  y le ponen en un brete a los directivos del Canal autonómico andaluz; pero en un brete gordo, porque como se resienta con estas cosas la cartera publicitaria, habida cuenta de la indefensión que se registra en la parte afectada, la decisión –de  momento, impensable—de apartar a El Cordobés de la presentación de tan emblemático espectáculo puede tener efectos tan dolorosos como expansivos. Dolorosos para la fiesta de los toros, porque implica la tácita y pública consideración del torero como un tipo repugnante e indeseable, un animal de bellota que hay que marginar de cualquier presencia en nuestra sociedad; y expansivos, porque en el supuesto acaso de que tal hecho aconteciera, se le daría una publicidad desmesurada --¡menuda campanada!-- a lo que supone un triunfo histórico de esa “cruzada mágica” que se nutre en buena parte de gentes con buenos sentimientos hacia los seres vivos –que hasta el punto de lo estrictamente  razonable compartimos--, pero que ven en la Tauromaquia una  práctica aberrante, retrógrada e innecesariamente cruel. Así, dicho sin paliativos, está la cuestión.

Mientras alguno de nuestros toreros se prepara para liarse el capote de paseo en la feria de Cali y en el resto de otras colombianas que se avecinan, aquí, en España, las cinco mil firmas que repudian a un torero y vetan su presencia en un programa de televisión se toma poco menos que a cachondeo. ¡Qué pesados son  estos animalistas! Eso es lo malo, que pesan mucho y se sienten fuertes, porque no tienen más oposición que la beatífica –y gratificante, eso sí-- notificación periódica de la Fundación Toro de Lidia acerca de la sanción a un/a salvaje que insulta a los toreros muertos por el toro. Ahora que dicha Fundación está presidida por mi amigo Victorino, a ver si pica espuelas y reacciona ante este tipo de esperpentos, que tienen más importancia de lo que parece. No es tan difícil: ¿Qué aparecen cinco mil firmas  contra un torero?, se replica ipso facto con diez mil a favor; pero para eso hay que tener permanentemente movilizada a nuestra gente, que es lo que hace la parte contraria con los suyos.

Veremos qué pasa, pero me entristece la abulia con que se toman los filotaurinos de nuestro tiempo estos ataques soterrados a la fiesta de los toros y en especial a sus practicantes directos. Estoy convencido de que el caso de las Cinco Mil contra El Cordobés pasará de largo en las tertulias, cenáculos y actos de premiaciones que proliferan en estas fechas por nuestro país. Estamos sumidos todavía en la modorra ancestral de lo bueno y bello que era “lo de antes” y lo malo y corrupto que es “lo de ahora”. Exactamente lo mismo que se trataba en aquéllos conciliábulos de hace siglo y medio. Lean sino las primitivas revistas taurinas o algunos libros --”Antes y después de El Guerra”, de F. Bleu, por ejemplo—y verán qué risa. Claro que “antes” no se le ocurría a nadie pedir firmas contra  cualquier torero, sea cual fuere su estilo o su fachenda. Ni había Internet.