Lo de México

Anteayer fue el día. La tarde, más bien. El día y la tarde que eligió José Tomás para reaparecer en los ruedos, en una corrida de largo metraje en la Monumental Plaza México, que fue lugar de depósito de primeros auxilios a los damnificados por los tremendos seísmos que asolaron varios puntos del país durante el pasado mes de septiembre, causando mas de trescientas víctimas mortales. Un horror.

Las gentes del toro, tan vapuleadas tantas veces y desde tantos flancos, dieron una vez más muestra de una solidaridad apabullante. No es lo mismo ser solidario con un donativo o planificando galas artísticas u organizando eventos  deportivos, que aceptar poner en juego la vida para obtener ese donativo a favor de los más desfavorecidos, en este caso, grande y grandioso, a la vez. Así es nuestra gente, la que a diario se ve aguijoneada por un animalismo dislocado que va camino de animalizar a los humanos, mientras los taurinos damos ejemplo de humanidad.

Como lo de México no es sino una muestra más de la fibra emotiva tan a flor de piel que se puede encontrar en el tejido encerrado en los trajes de luces, tampoco voy a explayarme en ditirambos para magnificar el hecho que tuvo lugar el martes en la capital del Distrito Federal, porque no es el primero ni será el último. Solo constato las lecciones de filantropía que son capaces de impartir los toreros. Digo los toreros porque son el principal reclamo para movilizar a los  miles de personas que aportaron su contribución tangible para una noble causa,  aunque también soy bien consciente de que hubo destacados  miembros de los diferentes estamentos taurinos que quisieron –y lo hicieron—colaborar; pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

A lo de México se le colocó el sobretodo, el supuesto bombazo, de la ya citada  reaparición de José Tomás. Me parece bien. En casos como éste, cuantos más alicientes, mejor. La Plaza casi se llenó, y es lástima ese “casi”, porque hubiera sido bueno para todos –la Fiesta incluida—que el papel estuviera agotado con varios días de antelación; pero, sinceramente, tal como están las cosas, meter casi cuarenta mil gentes en un recinto taurino roza la proeza.

Lo estrictamente taurino de la llamada corrida-monstruo se resume en una muy buena actuación del citado  José Tomás y de Manzanares, el triunfo sin fisuras de los toreros nacionales Joselito Adame y Sergio Flores y, por último, como dato negativo, la mala fortuna de los españoles Hermoso de Mendoza y El Juli y de los mexicanos El PayoLuis David Adame con los toros que hubieron de lidiar. Corrida maratoniana que el apasionado público de aquél maravilloso país siguió con el máximo interés y la mejor disposición. Todo a favor de obra, de una buena obra.

Dicho lo anterior, es justo valorar también el gesto de Enrique Ponce, que al verse fuera del cartel –prefiero ignorar los motivos—decidió entregar íntegramente los honorarios percibidos en la corrida en que actuó en La México el pasado 3 de diciembre a la Fundación Carlos Slim, el multimillonario empresario mexicano que decidió ejercer un singular mecenazgo: quintuplicar todos los donativos que se entreguen a favor de los damnificados por la tragedia, sea cual fuere la cifra entregada. Ahora, a tenor de las millonarias cifras que baraja el diestro de Chiva en las Plazas mexicanas y, en particular, en la Monumental de Insurgentes –donde es el torero que goza de máximo cartel, mientras no se demuestre lo contrario–, echen ustedes cuentas…

He visto por televisión las imágenes del evento. De los toros, me quedo con su presentación, muy por encima de lo esperado para estos casos. De José Tomás, solo se puede ver lo que deja el propio torero a los medios de comunicación. Del resto, las que se quieran, y más. Sinceramente: me quedo con un quite del de Galapagar y con las faenas del mayor de los Adame –que se tiró a matar sin muleta, como hizo en Madrid– y de Sergio  Flores. Ambos obtuvieron un éxito  legítimo (creo que no hace al caso enumerar las orejas cortadas). Ahora, falta saber qué rentabilidad le pueden sacar a este triunfo y en festejo tan señalado, de cara a la temporada española. Ya verán que, de aquí a que lleguen los primeros vientos de las ferias, las orejas, por mucho que pesen, están a merced del viento.

Visto lo visto –lo que me han dejado ver– tengo la impresión de que lo de México no alcanzó ni la repercusión ni la difusión esperada. Menos mal que se cubrieron las expectativas recaudatorias; pero ¡qué pena!

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