El Ciclón, amaina

El torero Juan José Padilla lo acaba de anunciar en el Hotel Colón, de Sevilla: Me retiro. Es un manifiesto verbal entintado de melancolía. Traje verde oliva, camisa blanca y corbata verde botella, todo ello, bajo el rodete de cordón negro que le cruza la frente y le parchea el ojo izquierdo; pero estaba hecho un dandy. El torero se había acicalado a conciencia para irse a la última portayola de su vida taurina, presentándose en el acto que anuncia su despedida de los ruedos como todo un señor: pulcro, apersonado al más alto nivel, como si quisiera mostrar al mundo de la prensa su nuevo uniforme de civil, bien diferente al resudado y muchas veces ajironado traje de luces de sus tardes de faena.

Se va Padilla. Nada que objetar. Se va rico, espero. Bien lo merece. Ha ganado su fortuna desde abajo, trepando por la cucaña engrasada de las plazas de mucho polvo y poca bolsa. El próximo año cumplirá un cuarto de siglo como matador de toros (25 temporadas), que es una buena cifra para recoger velas y poner punto final a tan ajetreada y procelosa tarea, por mucho que cueste. Anuncia, no obstante, que se dará una vuelta por ahí, que es costumbre traída a la fiesta de los toros  desde hace un par de décadas –más o menos– por los protagonistas del adiós, según ellos, para ratificar tan sublime decisión in situ, porque sienten la imperiosa necesidad de decirlo de viva voz (toreando, se entiende) y de paso mostrar su gratitud al público por el trato recibido. Es un rendez-vous que se ofrece como respetuosa pleitesía a quienes están arriba de la arena: Respetable público…

Se va un torero que ha matado toros de todo tipo, clase y condición en el transcurso de una trayectoria profesional que pudiéramos dividir en tres etapas: la primera en las plazas de toros sin palcos, agunas sin callejón, de pequeño redondel o portátiles, donde había que ganarse el triunfo a dentelladas, con toros de escasa garantía y la rentabilidad cáustica de una misérrima soldada: los gastos… y gracias. La segunda se registra Pamplona, en el año 1999, cuando debuta en la Feria del Toro de San Fermín, corta tres orejas en la corrida de Miura y se proclama ídolo taurino sanferminero para los restos. Y la tercera, aquella horripilante cogida de Zaragoza, en las fiestas pilaristas del 2011, cuando un toro de Ana Romero le metió el cuerno por detrás de la oreja y le vació el ojo izquierdo. Ahí pudo acabar todo –así lo reconocía el propio torero–, pero no hizo más que empezar su etapa más próspera, triunfal e, incluso, insospechada. Me atrevo a afirmar esto último porque Juan, a pesar de ser jerezano, tierra de toros bonitos y de toreros con duende gitano, no ha sido – no es— un torero de exquisitas formas. Haciendo comparanza con el fútbol no es un  pelotero de filigrana, sino un sttopper que no deja pasar momento ni lugar para hacerse presente e imponer su ley de tipo duro, fuerte y valeroso. Entra él al trapo  de los toros, si falta hiciere.

Ha sido un recorrido por los ruedos del mundo plagado de satisfacciones, imagino que bien remunerado, pero también de una dureza descomunal. Le he visto a punto de ser partido en dos por un toro de Miura en Sevilla, de ser degollado por un victorino en San Sebastián –lo llevó desde la puerta de chiqueros hasta el burladero de cuadrillas con el pitón hundido a la altura de la garganta— o apalizado terriblemente en Pamplona, por otro buen mozo embarcado en Zahariche…, en fin, un variado muestrario de percances, sustos descomunales y una serigrafía de heridas incontable que le hace tener bien ganados los cuartos ganados y que se lleve y un respeto infinito del respetable. Recuerdo que en Santander, a los pocos días –apenas una docena– del referido palizón pamplonica –cornada incluida—,  al observar  la rastrojera de varetazos y contusiones que ofrecía su rostro, no pude evitar recriminarle: Lo que haces me parece una temeridad; descansa y recupérate, porque lo puedes pagar muy caro. Su respuesta: ¡Cuando me compre dos fincas! Su apoderado (en aquél tiempo José Luis Segura) me miró, sonrió, fuese y no hubo nada.

Juan José Padilla se va de los toros como líder del escalafón al que pertenece. ¡Líder!, que se dice pronto. Le dicen esto hace un cuarto de siglo y le da un soponcio.

Deja la estela de torero aguerrido y honesto, de peleador nato. Buen banderillero, alicuando le pega lances de capa a los toros con gran templanza o se gusta toreando de muleta y es sincero y contundente estoqueador. De todo ello colijo que cuando deje las arenas de las plazas de toros y deposite unos  puñaditos en el arquillo de su intimidad echará en falta su mundo, su gente, su vida. Si los toreros que se retiran entraran en un confesionario al año siguiente de colgar el chispeante, le dirían al cura: Padre, qué solito me encuentro. Dice Juan que se va a dedicar a la familia y a otros menesteres profesionales que no puede divulgar; pero lo cierto es que no hay en el mundo soledad mayor que la del torero retirado, por eso la inmensa mayoría se retractan y vuelven. Padilla, es un candidato más.

Esperemos que la temporada del 18 le sea pródiga en triunfos y  reconocimientos, pero sobre todo esté  libre de percances. Ya ha pagado demasiados impuestos en el ruedo este Pirata que ha llenado los tendidos de banderas con la tétrica calavera que ondeaba en los bajeles tripulados por  aquellos bebedores de ron caliente, garfio en la mano y pata de palo. Eran los piratas caribeños del XVII. El Pirata de este siglo, ni bebe ni renquea, es tan valiente o más que aquellos miserables rufianes, se enfrenta cara a cara con los toros, tiene una familia maravillosa y, además, es buena gente. Es el Ciclón de Jerez, que ya está preparando su amainado pertinente y permanente.

En este momento, sería bueno que Juan José Padilla se acordara de quien le dio la primera mano, tiró de él, se partió la cara por él, creyó en él… y se quedó sin él de forma excesivamente prematura, a mi juicio. Se llama Carlos García Manso, pero todo el mundo taurino le conoce como Carlos Zúñiga.  Y es que el apellido materno –tan poco taurino, para sus actividades en torno al toro– le obligó a tirar del segundo paterno, Zúñiga, para decorar el rótulo; pero él es un tipo bravo, tanto, que de novillero se anunció como El Cid, y, me consta, ha sido quien más se alegró de que este torero saliera con bien y triunfante en  las tres etapas referidas.

Que te vaya bonito, Juan. Disfruta y recuerda, que es disfrutar dos veces.

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