Por siempre, Miguel

Créanme que me cuesta ponerme delante del teclado, cuando el frío de Madrid  se deja sentir tras el ventanal y la negrura de la noche se filtra por la celosía pestañosa que le protege. Noche negra esta del 6 de noviembre. Noche  bien triste. Cuando las noticias te golpean así, a traición, no se terminan de encajar en la mente porque el cuerpo, todo él, está medio apijotado, como el que se magullan  los toreros tras las tablas del burladero al recibir el golpazo traicionero del bruto astado. Estoy harto. Harto de tener que mover los dedos pesadamente y de escribir con la cabeza gacha,  porque lo que me apetece es meterme en la cama y taparme cabeza y todo. ¿Otra vez? ¿Otro sobresalto? ¿Otro disparate del Destino? Pues, sí: otra vez. En esta ocasión el mal viento que procede del lindo México que tanto amo es quien me envuelve en la malanueva: Ha muerto Miguel Espinosa, al que le pusieron Armillita Chico en los carteles y resultó ser el más grande de la más gloriosa dinastía torera mexicana. ¡Me duele tanto!…

En mi archivo fotográfico guardo como oro en paño una fotografía en color, de dieciocho por veinticuatro, de Miguel toreando en la Maestranza de Sevilla. He ido por ella y me la he puesto junto a la pantalla del ordenador, como los toreros ponen las estampas de su devoción junto a la lamparilla de aceite antes de partir para la Plaza, para que la Providencia les ayude a volver…

Ella, la foto, también me ofrece la providencial ayuda para volver a redactar unas pocas letras como único y pírrico aporte a la expresión de dolor y de íntimo sentimiento que la trágica noticia produce en mi alma. Aquella tarde había toreado Miguel en Sevilla con una severa expresividad, sin el menor atisbo de crispación, con ese tempo divino que imprimen algunos toreros (solo algunos) de su querida tierra. Me cautivó su forma de torear con el cuerpo relajado, la muleta tersa y limpia, ofrecida al toro como bebedero de su embestida, las zapatillas asentadas  y la mano libre descolgada, medio dormida. El retrato es la viva estampa de la naturalidad. Mejor diría de la sobrenaturalidad, porque hay que ser un superdotado para pasarse a la muerte en carne viva por la faja sin el más leve respingo ni la más mínima  afectación.

A estas horas Miguel es carne muerta. No me lo puedo creer. Cuando redacto estas líneas las noticias son confusas en torno a la causa del fatal desenlace, pero la certidumbre es total: ha muerto Miguel Armillita. ¡Qué fría resulta siempre la mensajería de la fatalidad!

En casos como este, comienza el borbolleo de las neuronas en la memoria y me devuelven la estampa del Armillita jovial de las noches sanfermineras en Pamplona, el de la risa siempre dispuesta a abrirse por entre su dentadura recia  de indio fuerte y sano, o el de las tardes de toros en Salamanca, cuando el inefable Bojilla, a la sazón delegado del apoderamiento “oficial”, se echó para adelante ante una botella de buen vino de Ribera y me miró fijamente para sentenciar: Si me tomo un par de copas más, esta tarde le mando a Armillita a la puerta de chiqueros. O el de las tertulias de madrugada, hablando de toros y de toreros, de críticos y de públicos y de la Biblia en verso.

Me resultó especialmente gratificante compartir con la familia Armilla un largo día en su rancho Chichimeco no muy lejos de Aguascalientes, junto a su mamá, los hermanos Manolo (también recientemente fallecido, el pobre) y Fermín con su hijo Fermincito, que por entonces toreaba al perro y hoy es matador de toros y algunos amigos más, saboreando una deliciosa comida, hablando de cosas del toreo y de la pelota vasca, recorriendo los potreros de la finca y viendo aquellos toros chiquitos, descendientes directos de los saltillos que se trajeron de España los hermanos Llaguno y que el desconocimiento del origen o el desenfoque del aficionado español los repudiaría por “falta de trapío”; y, sobre todo visitar el museo de la dinastía, dedicado en gran parte al patriarca, aquél Fermín Espinosa Saucedo, el primer Armillita Chico conocido, a quien en los años 30 llamaron en España el Joselito Mexicano. ¡Como sería!…

Ahora, el menor de los hijos de aquél Armillita figurón del toreo en los dos países, ha muerto sin llegar a cumplir los sesenta años. Hace nada nos vimos una mañana en Las Ventas, por San Isidro y nos íbamos juntos a comer y a hablar de nuestras cosas (de toros, naturalmente) en cualquier tasca de cualquier esquina. Le debía ese almuerzo y un partido de golf, porque allá en su tierra hidrocálida me prestó sus palos para que jugara con su hermano Fermín; pero no fuimos a almorzar, porque otro matador de toros español le reclamó para (supongo) asuntos de mayor enjundia. Ya nos vemos luego, se disculpó. ¿Luego? ¿Cuándo, Miguel?

Aquella soleada mañana de mayo, muy pasado el mediodía, abandoné los aledaños de la Monumental de Madrid recordando los pases naturales de Miguel a un toro de Juan Pedro Domecq, en el festival homenaje a Julio Robles; tres tandas pluscuamperfectas que pusieron boca abajo la Plaza de Las Ventas. Me acordaré, también siempre, siempre, de su trato cordial, sincero, cabal, nimbado de una afinidad casi lindera con la fraternidad. ¡Cómo no voy a estar afligido en estos momentos! ¡Cómo estará la pobre Verónica, su esposa y sus allegados más directos! Cómo me acuerdo de ese brindis en la Monumental Plaza México, cuando me ofreció todo serio la montera y me dijo unas palabras de mera cortesía, bien aclaradas al terminar la faena: No pude decirte lo que quería, mano; estos tipos de la televisión te ponen el micrófono y roban intimidad…¡pinches periodistas!

La verdad es que no sé por qué me da por contar estas cosas en un momento como éste. ¿Acaso estoy vencido por la adversidad y la deshora? Probablemente. Quizá debería haber entrado en Google y soltar la retahíla de datos, fechas y números que inundarán a estas horas los noticieros taurinos en la Red, en los periódicos y en los medios audiovisuales. Debo ser, también un pinche periodista.

Estoy desolado, y solo se me ocurre añadir que en el orden humano, Miguel era un hombre bueno y en el taurino un colosal torero. Y que sentía por él un cariño entrañable. Y que, como él me dice en la dedicatoria de la estampa que ilustra esta pobre crónica luctuosa, le tuve el afecto de quien se siente por siempre amigo.

Por siempre, Miguel, por siempre. Estés donde estés, tenlo por seguro.

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