La cubierta de Arturo

Entre tanta noticia desapacible, lúgubre, sórdida y  nefanda que, en el orden taurino,  nos ha deparado este año 17 del nuevo siglo, viajar a Zaragoza durante la feria de El Pilar, ver el cielo azul purísima de una de las ciudades más bellas de España y contemplar el bullicio de un gentío entusiasta y festero que se encamina hacia su más que bicentenaria Plaza de Toros, para llenarla hasta el teflón de su cubierta, me ha deparado una de las sensaciones más gratificantes de la temporada.

Y es que, en los tiempos abruptos y desquiciados que corren en el solar de este bendito país por entre los estratos políticos, sociales y, naturalmente, tauromáquicos, contemplar el interior de una plaza de toros de primera categoría con todas sus localidades, absolutamente todas, ocupadas se ha convertido en noticia, que ya es triste tener que dar pábulo alborozado a tan  palmaria realidad (si me permiten el pleonasmo) a lo que en épocas no muy lejanas era la constante natural en las grandes ferias, y la pilarista zaragozana era, y es por bien ganado derecho, una de las principales.

Llenos en Zaragoza. Llenazos. El parte “oficial” que transmite la empresa Teseo Comunicación, uno de los principales órganos colaterales que cooperan en la  magnífica gestión empresarial que pilota Simón Casas, nos arroja la cifra de 151.908 espectadores como cómputo global de las gentes que asistieron a los festejos en el viejo coso de La Misericordia, entre los días 7 y 15 de octubre. Festejos de mañana, tarde y noche, pero festejos taurinos al fin y al cabo, entre los que destaca el No Hay Billetes de la corrida del viernes 13 y los prácticamente llenos de varias corridas más. Pero ¿Cuánto tiempo hacía que no veíamos un No Hay Billetes en la plaza de toros de Zaragoza?

¡Ah, el tiempo! El tiempo fue siempre el obstáculo principal del retraimiento de los aficionados locales y foráneos para desplazarse hasta el coso de la capital de Aragón para ver toros o sortear vacas. Ese tiempo que las veleidades del inapelable cambio climático han decidido prolongar el veranillo de San Miguel hasta bien entrado el décimo mes del calendario. Con el termómetro elevado hasta la más insospechada calentura, nos metidos en el interior de la cazuela de este recinto taurino, convertido en verdadera olla a presión con tapa de polímero terso e impermeable. ¡Qué sofoco, Dios! Pero qué alegría contemplar que en el graderío no cabía un alfiler.

De pronto, al tiempo (siempre el tiempo) que sonaron los clarines que anuncian el comienzo del espectáculo y se abría el doble portón del ancho túnel a que aboca el patio de cuadrillas, se fue abriendo también la gigantesca capucha de teflón, para acabar convirtiéndose en un sofisticado paraguas recién plegado.

En ese instante me acordé de mi amigo Arturo. Porque Arturo, la Cubierta y Zaragoza han pasado a la posteridad como la terna que protagonizó un hecho de singular trascendencia en la historia de esta Plaza de Toros y en la del toreo en general. Arturo, por supuesto, como director de una lidia que exigía esfuerzo, determinación, valor y generosidad sin límites. Arturo, naturalmente, es Arturo  Beltrán, un aragonés de pro porque amó como pocos aman a su tierra y un tipo genial, solidario, generoso y altruista, que es cóctel poco frecuente entre los individuos de la especie humana, sobre todo entre los que se hallan, como él se hallaba, en un estatus social y económico de palmaria boyantía.

El tiempo. Siempre el tiempo. Echo la vista atrás en ese tiempo y recuerdo que recién pasado el ecuador del los años 80 del pasado siglo, Arturo se empeñó --¡qué pasa, pues, maño!-- en emprender una empresa ardua y extremadamente costosa: cubrir la Plaza con una gigantesca lona protectora, fina, dura e impermeable, que fuera fija para tapar los tendidos y móvil (retráctil) para poder destapar la parte del ruedo. Un empeño quimérico que apenas recibió apoyos por parte de quienes se beneficiarían directamente del “invento”: los propietarios del inmueble y quienes se instalarían en él, para actuar o para contemplar a los actuantes.

Los arqueólogos de una cerrilidad que se aferra al pasado, le hicieron a Arturo una campaña malsana, estúpida y cegata. Incluso los propios aficionados de la ciudad cuestionaron –por fortuna solo algunos grupos—la practicidad de la cubrición (el término es el habitual en el lenguaje de arquitectura) de la Plaza. Con todo ello hubo de luchar Arturo Beltrán, a costa de sinsabores, ingratitudes y de su bolsillo. Con todo y con eso, ahí está la obra. Con la cubierta de Arturo ya no hubo más días de toros desapacibles, de lluvia fría, de vientos racheados del Moncayo y de cualquier otra perturbación meteorológica. Después de la cubierta de Arturo los toreros ya no podrán poner la excusa del tiempo invernizo para no ir a torear a Zaragoza ni el público para acudir al coso de Pignatelli por la incomodidad del paraguas y el abrigazo para sentarse en el tendido. Después de la cubierta de Arturo todo cambió en el diseño de los futuros recintos taurinos. Un mecenas y un visionario, eso fue Arturo Beltrán para Zaragoza y para la fiesta de los toros.

Pues, bien; con todo este bagaje de intachable veracidad, por iniciativa de Victoriano Valencia, que fue socio de Arturo Beltrán en la empresa taurina de aquellos años de aventura en pos de la cubierta, se propuso colocar en el amplio patio de caballos de este monumental coso zaragozano un sencillo azulejo que reconozca la obra y  el empeño de un hombre de la tierra que  consiguió hacer de un lugar inhóspito (por la destemplanza del clima ya referida y sobradamente constatada en la fechas de las fiestas del Pilar) un recinto rehabilitado para la práctica del toreo y confortable para el público asistente. ¿Puede caber ni siquiera una mínima reticencia para tan justa causa?

Háyla, sin embargo: cuando ya estaba todo previsto, solicitada la oportuna autorización a la Diputación Provincial, y el azulejo construido y pagado, hete aquí que los gerifaltes de la Diputación de Zaragoza lo deniegan, sin más. Y para disimular la causa de la negativa, no se les ocurre otra cosa que cambiar la ubicación de otros azulejos que se hallaban encastrados en la pared de ese patio, amplio, hermoso, ideal para la instalación de efemérides y recuerdos que atañen a la segunda plaza de toros española en antigüedad.

¿Por qué se deniega la colocación del azulejo que evoca a Arturo Beltrán? Me cuentan en Zaragoza –es de dominio público—que quienes rigen la Diputación Provincial pertenecen al PSOE, y la hija mayor de Arturo, Ana Beltrán, es la presidenta del PP de Navarra. Me cuesta creer semejante ruindad; pero si así fuere, qué pena de ciudad, regida por unos herederos del rencor y practicantes del odio. Qué asco de politiqueo. Qué bajura de miras. ¿Hasta para reconocer algo tan sencillo, tan emotivo y tan justo es preciso  hurgar en el muladar de lo miserable?

Espero que para el año próximo se reconsidere la cuestión. La cubierta y Arturo merecen perpetuarse en la memoria de las futuras generaciones de aficionados de esa tierra y de los que llegan de fuera; incluso de quienes hoy practican  la mezquindad desde sus poltronas y se sientan después en un burladero del callejón de la Plaza. Gracias a Arturo y su cubierta, también ellos, libres de viento, frío y lluvia, hoy pueden ver el cielo abierto.