Adiós, Victorino

¡Cómo no te voy a conocer!, me dijo Victorino hace un par de años en Valladolid, al acercarme  a la meseta de toriles de la plaza de toros, donde se había instalado junto a su nieta Pilar, al terminar una multitudinaria manifestación a favor de la Tauromaquia. Al ver su mirada perdida y su meneo de cabeza, como ausente ante mi presencia y ante aquella magnífica concentración de la gente del toro, le tuve que preguntar medio enfadado: ¿Pero es que no me conoces? Fue al iniciar el abrazo habitual de nuestros cada vez más espaciados  encuentros cuando me percaté de la gravedad de su estado. ¡Cómo no te voy a conocer!, me espetó al cabo de unos minutos, probablemente porque un rayito de lucidez se abrió paso entre el celaje de su memoria. Pero me dejó preocupado. Muy preocupado. Y ahora, hace un momento, me acaba de llegar la noticia: ha muerto Victorino.

A Victorino le conocí cuando (taurinamente hablando) a ninguno de los dos nos conocía nadie; cuando aquí el firmante hacía sus primeros pinitos como informador taurino y ya se había hartado de correr delante de los grises por los merodeos de los comedores universitarios del SEU, en aquél enfebrecido mayo del 68. De él, me impresionaba su radiante colmillo de oro, incrustado en la formación recia y amarilla de una formidable dentadura, pero sobre todo su locuacidad, su desparpajo y su asombrosa determinación de no claudicar ante nada ni ante nadie que le tocara, siquiera fuera tangencialmente, la dignidad. Tenía encerrados en su hato de Galapagar una piara de toros fornidos, enterizos, soberbios, de pieles grises y cuernos buidos y brillantes, cuya mirada de acero causaba un respeto imponente. Unos toros de impresionante trapío que ningún torero –ni siquiera los que estaban más tiesos que una regla—querían ver ni en pintura. Me contaba entonces que estaba dispuesto a ceder una corrida completa ¡gratis! a la empresa de Madrid, para solventar la polémica entre El Cordobés y Palomo Linares, a la sazón a la greña en la disputa por una corrida de Galache para la feria de San Isidro. Y, de paso, naturalmente, darse a conocer entre el establihsment taurino ¡Qué tío, mi amigo Victorino! ¡Qué forma de ordaguear a los poderes fácticos de la Fiesta! ¡Qué huevos! Aquél ejemplar tan especial de la raza humana me ganó para los restos.

A partir de entonces –y porque los azares de la vida así lo quisieron—seguí de cerca su meteórica carrera como criador de reses bravas. Por tanto, pude disfrutar de su apabullante despegue, por encima de sus compañeros de crianzas, que no de fatigas. Y hasta me hizo un hueco en cosas de su privacidad, comiendo cocidos en su casa de Galapagar, y alubias con chorizo en el cuartito de estar en Monteviejo; pero sobre todo, me hizo el honor de compartir largas horas, días y años en su gratificante –bien que intermitente– compañía.

Llevo mucho tiempo en continuo contacto con su hijo, también Victorino, amigo del alma, con quien he solapado tantas confidencias, personales y profesionales, y tipo cabal donde los haya. Le acabo de telefonear y no descuelga el móvil. Lo entiendo. Debe estar abrumado, agobiado, desbordado por el aluvión de llamadas interesándose por tan infausta noticia, una noticia que no por esperada deja de ser dolorosa, de las que le dejan a uno aplanado. Ha muerto su padre, y con independencia de la edad y de las circunstancias penosas en que vivía en los últimos meses, un padre es un padre. Y más si el padre se llama Victorino Martín Andrés. 

A la hora de los obituarios —increíble lo de este malhadado año, Señor—se contarán las vicisitudes y los avatares de este tío paleto, descarado y atrevido, que tuvo la osadía de hacer de un proyecto utópico una realidad maravillosa: recuperar un encaste de bravo emblemático que se había medio perdido entre las verdes praderas de las dehesas y los verdes tapetes de los casinos: los albaserradas del marqués que un marranero de Palazuelo de Vedija se llevó previo vaciado de sus alforjas reventadas de dinero. Unos toros que, en manos de sus herederos, andaban de acá para allá, sin que apenas nadie les echara cuentas… hasta que Victorino y sus hermanos Venancio y Adolfo hicieron piña y comenzaron la aventura.

De la aventura hablarán o escribirán, si a bien lo tienen, los compañeros de la información taurina y algún que otro aventurero en estos menesteres. La mayoría citarán lugares comunes, datos de toros, triunfos sonados, encuentros y desencuentros con empresas, taurinos, toreros y aficiones. Les puedo asegurar que Victorino jamás dobló el lomo ante ellos, ¡faltaría más! Iba a lo suyo, y lo suyo era el toro y su crianza, el toro íntegro, el serio, el que ponía las peras a cuarto al más pintado… o metía el morro a ras de la arena, con una nobleza extraordinaria. ¡Había que verle en esos tentaderos, abroncando a quien creía que lo merecía, sin distingos de rangos ni pijadas!

Le quisieron involucrar en tejemanejes espurios o  burdas añagazas. Fracasaron los viperinos y los envidiosos. Victorino Martín Andrés ha puesto un jalón  indestructible en la historia de la ganadería brava del mundo y de la Tauromaquia en general. Lo he dicho y escrito tantas veces que no me importa repetirlo ahora: es el mejor ganadero de lidia de todos los tiempos, porque sobre su talento, su intuición, su capacidad de trabajo y su imperturbable honestidad,  se fue erigiendo un criador de bravo desde abajo, un ganadero sin apoyo de herencias, apellidos, ni  otras zarandajas. Un ganadero ejemplar. Un fenómeno irrepetible, me atrevo a decir. Y no quiero abundar más en panegíricos o semblanzas por si alguien pudiera creer que se incurre en el ditirambo. Victorino estuvo, y está, muy por encima de todo eso.

A pesar de los temores por la evolución de su último arrechucho, hace tan solo cuarenta y ocho horas, ahora que nos abandona siento que un vacío extraño y una rara melancolía va ganando espacio en mi ánimo. Ya no sé qué decir. Solo sé que se me ha ido un amigo. Uno de mis buenos amigos, de los mejores que he podido espigar entre las besanas de la gente del toro.

Adiós, Victorino. Te echaré de menos. Ya lo estoy haciendo. Como te conozco, no me extrañaría que abandonaras este perro mundo rescatando el resplandor de tu potente colmillo de oro, tratando de alumbrar el oscuro panorama, taurino, político y social que aquí nos dejas. Lo digo porque te conozco bien. ¡Cómo no te voy a conocer!

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