La Corrida de la Bandera

Ayer --qué les voy a contar--, 1º de octubre de 2017, fue un día histórico para este país, todavía llamado España. Ayer, en Madrid, se celebraba en la plaza de Las Ventas la última corrida de la llamada feria de Otoño, que no sé por qué razón alguien la ha emparentado o empatizado con la movida de los años 80, cuando no fue sino un reclamo más de la empresa Chopera (don Manuel) y posteriormente de sus sucesores, los hermanos Lozano, para estirar la goma del abono, que fundamentalmente se constreñía a San Isidro, y, de paso, justificar con los deficitarios festejos dominicales que la de Madrid era una Plaza de Temporada. ¡Ja!

Sea como fuere, hay que reconocer que, comparada con la otoñada acuífera de los secanos de  nuestros campos, la otoñada taurina de este año en Madrid ha sido magnífica.  Ayer, sin ir más lejos, los graderíos de Las Ventas, a pesar de la forzada ausencia en el cartel de la gran novedad del año (Antonio Ferrera) estaban prácticamente repletos de público. Casi llenos hasta la bandera. Digo la bandera cuando debería decir las banderas, porque jamás vi tantas banderas de España tremolando por los tendidos; banderas de diferentes tamaños y con abanderados de toda clase y condición. ¿Cuántas habría? Vaya usted a saber, pero el caso es que el colorido y el énfasis patriótico del comienzo de la corrida parecióme más el mitin reivindicativo de un patriotismo arteramente minorado por unas circunstancias políticas de extrema gravedad, que la algarabía jubilosa que precede a un espectáculo de máxima expectación. Hasta las banderillas que se colocaron en todos los toros llevaban los colores rojigualdas. Ayer, en Madrid, el festejo taurino celebrado el 1º de octubre fue, sobre todas las cosas, la Corrida de la Bandera.

En los prolegómenos, y puntualmente en algunas fases de su desarrollo, salía  de distintos puntos del tendido un grito estentóreo entintado de arenga: ¡Viva España!, coreado de inmediato por el ¡Vivaaaa!... subsiguiente. Y yo me acordaba de aquellas viejas lecturas que relataban los arrebatos de Victoriano de la Serna y Manolo Bienvenida en aquella corrida de pugilato soterrado con los toreros mexicanos, que determinó el primer rompimiento del Convenio Taurino entre ambos países. ¡Viva España!, gritó Victoriano arrodillado y de espaldas al toro, antes de ser cogido y herido, y ¡Viva España!, repitió Manolito, también genuflexo, cuando llevaban a su compañero a la enfermería. Y cómo, unos meses después, en la Maestranza de Sevilla, el propio primogénito de los Bienvenida mandó hacer una pintada en blanco sobre el fondo rojo de su muleta con el mismo grito, aunque por motivos exclusivamente ideológicos: ¡Viva España! Claro que eran otros años, mejor dicho, otro año: el año en que estalló bajo los pies de los españoles el conflicto más dramático de su Historia. Y claro, también, que la mayoría de esos pies solo podían calzar unas modestas alpargatas con suela de esparto. Hoy, se gritan y corean las mismas proclamas, pero la mayoría de esas gargantas están acostumbradas a trasegar alimentos preparados bajo el confortable calorcillo, graduado a discreción, que proporciona el microondas. Menuda diferencia, entre la España del 36 del siglo pasado a la del 17 del actual.

Centrándonos en el tema taurino, la que luego fue Corrida de la Bandera se presentaba como un sensacional y reñido mano a mano entre el francés Juan Bautista (sustituto de Ferrera) y el murciano Paco Ureña, uno de los toreros predilectos del Foro. De ahí  (proclamas aparte) la fervorosa expectación.

Ocurrió, sin embargo que, como en tantas ocasiones, el festejo decepcionó. La corrida de Adolfo Martín, muy baja de casta y ayuna de fondo, arruinó la buena disposición de los toreros. Respondió, eso sí, a la tipología del encaste albaserrada, esto es, toros de pieles cárdenas, degollados de papada, cornivueltos que enseñaban las palas y algunos, como el cuarto, con unos pitones pavorosos. Solo desentonaron, en lo que a presentación se refiere, el quinto y el sexto, de escasas chichas; pero, en conjunto, salvo el primero, apenas dieron oportunidades de lucimiento a los esforzados toreros.

Se cita al toro que abrió la corrida porque hizo concebir la esperanza de que se avecinaba una gran tarde de toros. Fue este adolfo un toro de bella lámina, saludado por el público con una ovación. No apretó en varas, pero acudió con derechura a los banderilleros, luciéndose en dos pares Rafael González; después Juan Bautista lo toreó de muleta con galanura en el comienzo de faena, para después interpretar varias tandas en redondo con ambas manos plenas de ajuste, enjundia, naturalidad y templanza, cerradas todas ellas con señoriales pases de pecho. Buen torero, este franchute, dicho sea con el mayor cariño. Está en plena sazón. Ha cuajado en un excelente matador de toros,  y es, junto a Castella, lo mejor que ha venido vestido de luces allende los Pirineos. Lástima que pinchara en los medios cuando citó a recibir y que, tras la estocada que asomó tímidamente por los bajos del animal, se hiciera un lío con el estoque de cruceta. Sonó un aviso y solo algunas palmas, pero la faena y toda su labor con el capote, de extrema suavidad, parecía destinada al premio tangible.

Después Bautista se las vio con un toro que peleó sin celo en el caballo de picar y pasó al último tercio embistiendo de forma cansina y con la cara a media altura. Toro que exigía mando y firmeza, ante el cual el torero no mostró el más mínimo titubeo, que ya es de valorar. Terminó con unos ayudados por alto, ejecutados con gran empaque y de nuevo las espadas se atragantaron, volviendo a escuchar un aviso. Mucho peor fue el quinto, un cinqueño de carnes escurridas y endemoniadas intenciones. En principio, pareció que el toro tenía más motor que los anteriores, pero lo cierto es que tomaba las curvas del muletazo con el freno de manos echado, probando y mirando al torero, que es algo que debe producir el lógico desconcierto a quien se encuentra en sus cercanías. Lo intentó por activa y por pasiva, sin hallar resultado positivo, pero no insistió demasiado, por lo que tras la estocada y el descabello se llevó una considerable ración de pitos.

A Paco Ureña no le pitaron, salvo a última hora, cuando se empeñó en lo imposible: torear al toro terciado de carnes y cornicorto de defensas que se empleó con mentirosa de codicia bajo el peto del caballo de picas. Digo mentirosa porque se fue las dos veces al relance de un capote y empujó en el peto medio por compromiso; después fue probón y artero, distraído, pero con el reojo alerta. Toro de pasar miedo y de hacerlo pasar al público, ante el cual el torero murciano estuvo mucho tiempo. Demasiado. Ureña lo despenó de una estocada, pero escuchó un aviso. El de los cuernos descomunales (80 centímetros de pitón a pitón) no valió para nada. Embistió andando. Toro para cruzarse, porque estar junto a él al filo del pitón era tanto como estar en el filo de la navaja. No tuvo un pase, y Paco se lo quitó de en medio con brevedad.

Lo mejor de Ureña se vio en el segundo toro, que se arrancó de largo al caballo y le colocó Pedro Iturralde dos puyazos livianos, pero precisos. Sin embargo el toro se mostró remiso a tomar la muleta que generosamente le ofrecía el torero, con alardes previos de cites frontales enseñando estentóreamente el bajo vientre. Tanto lo ofreció que por poco el toro se lo queda en propiedad. Todos los pases de muleta tuvieron gran mérito, porque fueron arrancados a base de firmeza de piernas y juego de brazos. De nuevo se pasó de faena (este Ureña es incansable), y después de pinchar y colocar una estocada sin puntilla, le tocaron otro aviso, muchas palmas y algunos pitos.

La Corrida de la Bandera terminó cuando llegaba la anochecida. Muchos aficionados recogieron velas, esto es, pequeños mástiles en los que enrollaban cromáticas telas en rojo y amarillo y se metieron en el metro, no sin antes echar un vistazo a las pantallas de los teléfonos móviles, para enterarse de lo que había pasado en Cataluña. Pues qué va a  pasar, lo previsto: el lío no ha hecho más que empezar. Como decía Belmonte: dentro de dos horas, será de noche. Eso, también.