Perera corona con éxito el último Puerto de la temporada

Miguel Ángel Perera se fue en hombros de la Plaza de Las Ventas después de cuajar una espléndida actuación ante dos toros del Puerto de San Lorenzo.

El párrafo anterior podría resumir una tarde de toros en Madrid, una tarde más de esta feria de Otoño que oficia de telonera para dejar caer el telón de la temporada taurina en la capital del Reino. Pero sería un titular demasiado largo, impropio de lo que se exige en periodismo, para lo cual lo mejor es extraer el lead de la noticia, esto es registrar la esencia del acontecimiento con la máxima economía de unidades de léxico, y para lograrlo se me ocurre algo así como Perera corona con éxito el último Puerto de la temporada, aunque no doy por cierto que sea lo más atinado, preciso y concreto, para ponerle etiqueta a una tarde de toros.   

Sin embargo, así lo dejo a guisa de titular, porque me parece que reúne suficientes datos para definir el resultado del hecho y las circunstancias que concurrieron en el mismo para alcanzar las oportunas consecuencias.

Porque nadie duda que venir a Madrid a torear en estas fechas, cuando está prácticamente vendido todo el pescado que había que pescar en los últimos coletazos de la campaña de toros no deja de ser un detalle, sobre todo cuando dicho detalle parte de aquellos toreros que gozan de un bien ganado prestigio. ¿Qué interés, qué beneficio, les puede reportar jugar esta baza de Madrid si no hay un horizonte de fechas próximas pendientes en el calendario? ¿Qué interés puede encontrarse en tener que pasar un puerto de montaña cuando la temporada discurre cuesta abajo?

Estas preguntas no se las puede hacer uno al público de toros, porque es el único que tiene derecho a demandar la comparecencia de las figuras en las Ventas, para dar cuenta de su estado de forma y, de paso, para que estas, las figuras, hagan un gesto de vergüenza torera. Eso ocurría en tiempos ya muy lueñes, cuando la Empresa de Madrid contrataba  para toda la temporada a la baraja de artistas más cotizada del toreo –el abono del año taurino, se decía-- disponiendo el empresario las fechas a voluntad. Nadie piense en un reciclaje en esta dirección, porque es tiempo perdido… y sobre todo pasado.

La corrida de ayer, penúltima del otoño taurino madrileño, reunía varios alicientes. De un lado, dos jóvenes valores como Juan del Álamo (uno de los triunfadores de la feria de San Isidro) y López Simón, uno de los toreros que más triunfos sonados ha cosechado en esta Plaza; y de otro la presencia de una figura destaca del momento, Miguel Ángel Perera, que está cuajando un gran final de campaña. Y, por añadidura, los toros de la ganadería del Puerto de San Lorenzo, que siempre tiene un hueco en los carteles, porque le avalan los numerosos éxitos alcanzados durante las últimas décadas. La tarde, una vez más, apareció radiante de sol y acalorada en grado sumo, lo cual redundó en la reunión de casi veinte mil almas en el graderío del colosal coso madrileño.

De todo ello se deduce que la corrida había despertado gran interés; y a fe que, por esta vez, la expectación fue generosamente correspondida, fundamentalmente porque la corrida de los ganaderos salmantinos ofreció un juego de lo más variado, pero también de lo más atractivo para el aficionado. No fue una corrida homogénea en lo que a presentación se refiere, porque ya me dirán si lo es un lote de toros en el que dos de ellos (tercero y quinto) se diferencian nada menos que en 140 kilos; pero sí en lo que al juego se refiere: La mayoría de los toros salieron abantos, distraídos, enterándose, que decían los antiguos revisteros y algunos fueron rompiendo hacia adelante a medida que transcurría su lidia, caso de los jugados en primero y cuarto lugar, que acabaron acariciando el calificativo de toros de bandera.

Ambos le correspondieron a Miguel Ángel Perera, y con ellos el torero extremeño  redondeó una de sus mejores, más contundentes y redondas  actuaciones en la Plaza de Madrid. Dicen los que saben de esto –o creen saber—que los primeros toros son difíciles porque el público todavía no se ha terminado de acomodar en su asiento y no ha entrado en la corrida. Sabrán mucho estos escribas del sanedrín taurino, pero yo he visto faenas antológicas en esos toros teloneros. Solo hace falta que el toro embista por derecho y el torero toree como los ángeles. Y eso fue lo que ocurió ayer con un toro de nombre Caracorta, el único cinqueño del lote que partió del Puerto de la Calderilla hacia los corrales de Las Ventas. Toro de alegre acometida, nobilísimo y de largo y profundo viaje, hocicando sobre la arena. Frente a él, un torero bien plantado, con las zapatillas hundidas en el piso, el brazo flexible, la cintura rota y la muñeca suelta: Miguel Ángel Perera. Iba y venía el toro en derredor de una figura hierática, embebido en las telas de torear, absordo, abducido por tanta autoridad, tanto temple y tanto mando. Naturales desde aquí hasta allá, derechazos al mismo ritmo (cadencioso) y un circular engarzado a la trinchera y acabado en un cambio de mano eterno, incendiaron los tendidos. Soberbia faena de Perera, coronada con una estocada algo atravesada, que provocó la dilatada rendición del animal. Aviso y oreja. ¿Qué algunos protestaron? ¿Y esto es novedad? Aquí se cuenta lo visto y vivido. Las demás repuestas se engullen en costal aparte.

El cuarto toro fue extraordinario, por su alegría en la arrancada, su fijeza y su brava pelea, especialmente en las tres cuartas partes del tercio final de la lidia, porque se afligió en los dos anteriores y acabó marchándose a los adentros. Miguel realizó un comienzo de faena en los medios, con esas series tan repetidas de cambiados y más cambiados sin cambiar de posición; pases de calentón para el público y de gran exposición para el torero, pero que apenas sirven para definir las embestidas de los toros. No obstante, Perera lo vio muy claro desde el primer momento tan es así que se fue al quinto pino del ruedo para citar a unos 30 metros de distancia (más o menos) y el toro respondió con un galope de ataque frontal que encandiló a los aficionados. ¡Qué forma de embestir! ¡Y qué forma de torear la de Miguel Ángel Perera! Se quería comer el toro la muleta, pero el torero solo dejaba que la oliera, llevando la golosina a milímetros de los pitones. Lo verás, pero no lo catarás, parecía decirle Perera al gran toro de Lorenzo Fraile.

Fue una faena larga, pero maciza, de toreo caro, no exenta de algún grito intempestivo, que no deja de ser una ridícula forma de hacer el ridículo ante un cónclave de miles de gentes. Faenón de Miguel Perera en Madrid, quizá una de sus tardes más logradas, aunque no rematadas con la belleza que merecían. Al igual que en el primer toro de su lote, en este volvió a fallar con la espada, pues pinchó antes de la estocada definitiva y también se rebajó la premiación hasta un solo trofeo.  No importa. Sigo en mis trece: Perera coronó con éxito el último Puerto de la temporada. El del Puerto de San Lorenzo, añado ahora.

Del resto de la corrida cabe señalar la mala fortuna de Juan del Álamo. Su primer toro, protestado por renquear, llegó al último  tercio orientado, mirón y a la caza del torero, y el quinto fue un zambombo que desmontó al piquero de un gañafón y se fue asfixiando paulatinamente, conforme discurría la faena de muleta. Pero hasta entonces fue bravo, sorprendentemente bravo, para lo que anunciaba su acochinada anatomía. A veces, incluso atosigante, al punto de desbordar al joven torero salmantino, que se perdió en un limbo que buscada distancias y terrenos. Lo mató de una buna estocada, pero no se libró del aviso.

Al devolverse por flojo y lisiado el tercer toro de lidia ordinaria, Alberto López Simón hubo de lidiar un sobrero de Santiago Domecq, un burraco grandón, de alta gaita y  abultado morrillo al que colocó un par de banderillas soberano Jesús Arruga. Fue este un domecq bajo de casta que mostró cierta docilidad, pero nula transmisión de emociones. López se enfrascó en cruzamientos y recruzamientos para agradar a una parte del personal y el toraco le sorprendió un par de veces, sin que llegara a alcanzarle. Pinchazo y media eficaz. Aviso al canto. (¡Qué puntualidad tienen estos presidentes con los avisos; llevamos al menos media docena que suenan justo cuando el toro dobla, ¿hay mayor estupidez que avisar de algo que no tiene ya solución). El sexto, en cambio fue otro de los buenos toros del Puerto, algo desconcertado de salida y huidizo, como es habitual en este encaste, que recibió un puyazo del piquero que guardaba la puerta y un picotazo del titular, pero después fue refinando su comportamiento y acabó tomando las telas toreras de López Simón con notable boyantía. Ello propició algunas tandas en redondo que fueron jaleadas por el público, especialmente las ejecutadas con la mano derecha, porque por el pitón izquierdo el torero se vio desbordado en algunos momentos. La faena iba para oreja, pero la espada invistió de guardia municipal al morito de Lorenzo Fraile y ya no contó la certera agresión subsiguiente. Sonó otro aviso, que también avisaba de que el espectáculo llegaba a su fin y se preparaba la performance de una salida en hombros por la Puerta Grande.

Y ahí tenemos al triunfador, henchido de júbilo, sobre los hombros de su mozo de espadas, David Benegas, y descansando sobre los suyos una bandera de España, que también es un detalle simbólico, en el comienzo de un fin de semana convulso e histórico para nuestro país. Mañana será otro día. Y que  sea lo que Dios quiera.