Ureña, entre el gozo y la pena

Confesión de parte: me encanta cómo torea Paco Ureña. Ya me interesaba en su etapa de novillero, y me alegré de su resurrección hace cuatro temporadas y, por supuesto, de su ingreso en las principales ferias del circuito taurino de nuestro país. Me encanta el toreo de Paco Ureña… y sanseacabó, que las confesiones de parte no admiten indagación alguna.

Generalmente, Ureña sale a torear de capa sin probaturas, sin cata ninguna del toro que acaba de hacerse presente en el ruedo, sin quitar la cáscara del melón. Sale del burladero, abre el abanico carmesí y le ofrece al toro la bamba para recrear en él el prodigio que cuenta el Evangelio acerca de la Santa Faz de la Verónica. Otra cosa es que el toro admita las recreaciones bíblicas, que ya se sabe que los toros de lidia, como el melón, como salen, son.

Con la muleta, tres cuartos de lo mismo: le planta la tela roja tomando el estaquillador con la zocata y se pone a torear al natural como quien lava. Ayer, lo vimos en el tercer toro de la tarde, un cinqueño acarnerado y feo, protestado de salida por sus limitaciones corporales, pero noble hasta decir basta. Noble e inexpresivo, con una embestida cachazuda y despaciosa, de las que suelen descentrar y descubrir a los toreros medrosos. Paco Ureña, sin duda no está entre ellos. Paco es un valiente sin fisuras. Se la juega sin tapujos y se pasa a los toros más cerca que la mar. A mayores, tiene la cabeza fría y sabe aquilatar los recursos para sacar el máximo partido a los toros bravos. A este de Núñez del Cuvillo, primero de su lote, le cogió el aire en seguida: precisaba el toro espacio y tiempo. Y con ese planteamiento fue desgranando una faena en la que prácticamente nadie creía, dados los evidentes pocos bríos del animal. Y, sin embargo, Paco Ureña se hartó de torear, ora con la izquierda en naturales despatarrado o a pies juntos citando de frente, ora con la derecha, en muletazos engarzados en un palmo de terreno, todo ello agavillado con pases de pecho en los que los flecos de la muleta barrían la anatomía bovina de pitón a rabo. Fue una faena en la que la emoción la ponía exclusivamente el torero, porque el toro era un marmolillo, para qué nos vamos a engañar; pero cuando remató su larga labor (avisada) de una estocada ligeramente desprendida, cobrada con zambullida sobre el morrillo, la oreja cayó de forma impepinable.

La otra oreja, la del quinto de la tarde, se la llevó puesta el toro al desolladero, y con ella el cerrojo de la Puerta Grande, porque el torero mató de una estocada más defectuosa que la anterior y fue nuevamente avisado. Fue este un toro también protestado por su escaso trapío, que se manifestó protestón ante el caballo de picar, tirando cornadas a diestro y siniestro, al peto, a la montura, a la brida, a las riendas y al sursum corda que participara en el atalaje. Llegó áspero y violento (enterizo, por falta de castigo) al tercio de banderillas y a Paco no se le ocurrió nada mejor (peor, quiero decir) que comenzar la faena por estatuarios, error garrafal del que le sacó el propio animal con tarascadas intempestivas, al punto de que en seguida se empleó el torero en doblones por bajo, recogiendo la indómita embestida, que era lo que el toro demandaba. Después, la faena fue de tragantón. Tan pronto brotaban muletazos largos y templados como enganchones feos. Al final (pero muy al final), se congeniaron Ureña y el toro en una serie con la derecha de notable ajuste y ligazón… hasta que el de Cuvillo se lo echó a los lomos y lo buscó con saña en el suelo. Total, que al murciano se le fue otra Puerta Grande en Madrid  por culpa de la espada, pero se llevó una rotunda ovación del público. Nada nuevo en este torero.

Dicho todo lo cual, y ratificando mi gusto por el concepto que del toreo tiene Paco Ureña, he de confesar, también de parte, que me produce un efecto poco agradable la forma de escenificar su labor en el ruedo. El rictus de su rostro y sus ademanes desmadejados, me hacen el efecto de quien sale a cumplir una penosa obligación, la víctima propiciatoria de un drama que está por llegar,  como los héroes en las tragedias de la vieja Grecia, o los reos que van a cumplir la pena de la sentencia dictada por un auto de la Audiencia Nacional. En vez de ir a crear y exhibir una obra de arte, parece que marcha hacia el patíbulo. Ignoro si esta actitud es impostada (espero que no), pero me veo en la obligación de llamar la atención sobre ello,  porque siendo como es un gran torero creo que no precisa ofrecer la impresión de un ser desvalido, que puede caer rendido por la fatiga o la tortura antes de llegar al estribo de la barrera. Sinceramente, creo que un torero como él debe provocar en el público un sentimiento de gozo, jamás de pena. 

Hecha esta reflexión, desde el más estricto respeto y admiración hacia el torero, es de rigor apuntar que la corrida de Núñez del Cuvillo, compuesta por cuatro toros cinqueños y dos cuatreños, ofreció una irregular presentación, bajando sensiblemente el tono los lidiados en segundo y tercer lugar. El cuarto, estuvo mal picado y llegó a las banderillas pidiendo guerra, pero el banderillero Raphael Viotti le clavó un par antológico en todo lo alto, jugándose el tipo,  que puso Las Ventas boca abajo. Sebastián Castella, que se había topado antes con un burraquito de embestida destemplada y apenas le dio opciones de lucimiento, intentó consolidar su prestigio en este segundo de su lote, escenificando un explosivo comienzo de faena con pase cambiados y en línea natural, sin mover ni un grano de arena bajo sus zapatillas. El  cuvillo barrigudo y serio, fue también bravo y encastado. Sebastián se dejó enganchar demasiadas veces la muleta y aquello no acabó de cuajar. Además, el público no estaba especialmente receptivo con el francés, que tampoco está haciendo una gran temporada. Ni sombra de la de los dos años anteriores. Menos mal que estuvo breve con la espada, aunque en este toro le enviaron un aviso. Algo le pasa  (o le pesa) a Castella…

Abrió el festejo, para confirmar la alternativa, el joven torero mexicano, Luis David Adame, hermano de Joselito, y no puede decirse que su primera actuación como matador de toros causara un gran impacto. Ya se sabe que este público, de cuando en vez, suele tener un comportamiento bipolar con los toreros. Tan pronto se entrega sin reservas a un recién llegado como se reserva el acíbar de su acritud para otro recién llegado. En esta ocasión, el joven Luis David se encontró en el segundo caso a las primeras de cambio. Ni una palma de cortesía en la ceremonia de confirmación de alternativa, otorgada por Castella en presencia de Ureña (que sustituía al lesionado Ferrera) y ni un atisbo de comprensión ante la excelente faena que el mexicanito cuajó al toro de la ceremonia; porque en ella hubo secuencias de gran altura, con pases perfectamente ligados en redondo con una y otra mano, remates ampulosos por alto y por bajo y adornos oportunos. Una faena que en otra Plaza --y en esta misma, en cualquier otro tiempo-- hubiera deparado un triunfo de clamor al torero. Pues, nada, pitos y gritos de ponte aquí y estáte quieto, cuando el torero lo que hacía era torear templado y largo, aprovechando la excelente embestida del animal, el mejor toro de la tarde. Menos mal que el sexto, un toro de nombre Aguafría, excelentemente picado por Óscar Bernal, se encontró con la cabeza caliente y el corazón frío del mexicano. El toro se   empleó con fijeza y bravura en la primera parte de la faena, pero fue desfondándose a medida que avanzaba el trasteo. Luis David, empero, no perdió jamás la fe en el triunfo y a fe que lo tuvo en la palma de la mano, o por mejor decir, en la punta de su espada. Inició la faena de rodillas, con apostura y decisión y prosiguió con series encadenadas en las que destacaron dos de naturales extraordinarios, una con la derecha ligadísima y un pase sorpresivo cambiado por la espalda empalmado con un cambio de mano y uno de pecho magnífico. Se la jugó con las bernadinas finales y, ya digo, perdió el trofeo por pinchar dos veces, antes de colocar media estocada letal. Esta vez, el público reconoció el esfuerzo y la capacidad lidiadora de Luis David Adame, un torero de dinastía de allende la mar que habrá de tenerse en cuenta.

Que no se me olvide citar de nuevo a la cuadrilla de a pie de estos Adames mexicanos, compuesta por Miguel Martín (increíble que este tío no esté alistado con una primera figura del toreo), Tomás López  (gran capotero) y Fernando Sánchez (espectacular banderillero).

Y que no se le olvide a Ureña que tiene cualidades para erigirse en un artista excepcional, sin necesidad de inscribirse prematuramente en el martirilogio de la Tauromaquia. El toreo, el arte del toreo, es grandeza.