El "sitio" de Madrid

Si hay algo en esta fiesta de los toros de nuestros pecados en lo que todo quisque estará de acuerdo es que torear es una profesión de riesgo. De alto riesgo; del máximo, diría yo: el que está dispuesto a afrontar voluntariamente –toreros a la fuerza no existen en el catálogo oficial de la Tauromaquia--, todo ente de razón que pone en un  albur la dote más preciada que le otorga la madre Naturaleza –su propia vida—frente a un ser irracional que está empeñado en cobrársela en cada instante. Nadie en su sano juicio será capaz de discutir tan palmaria o fehaciente realidad. Nadie, salvo aquél que se sienta en el graderío de una plaza de toros con la inverecundia gratuita que otorga el adoctrinamiento fundado en una premisa indestructible: el torero es, por definición, un violador de normas, un hábil driblador de cánones, o lo que es peor, un estafador de pobres ignorantes, víctimas del toco-mocho habitual que se perpetra por los ruedos del mundo con total impunidad. Por tanto, hay que estar ojo avizor

El único (que se sepa) ruedo del mundo, o al menos donde mejor se avizora a esta plaga anticanónica que viene asolando a la Tauromaquia desde hace siglos, es el que se recorta allá abajo, acotado por la barrera, en el interior de la Plaza de Madrid. No solo en la actual de Las Ventas, sino en las otras muy venerables que la precedieron. Se dice esto sin ánimo de empicotar a nadie. Es pura historia.

De todo lo dicho se desprende que el torero que torea en Madrid, además de afrontar el riesgo evidente que supone enfrentarse al toro, al llamado toro de Madrid, ha de ser capaz de superar el riesgo añadido que le acosa desde allá arriba, compuesto por un comando en imaginaria permanente, tan escaso de unidades como estridente en su quehacer, que le corrige posturas y ademanes, con una virulencia tal, que es capaz de arruinar la más aguerrida disposición y de desquiciar el ánimo más templado.

En estas condiciones se emplearon ayer, con encomiable empeño, tres muchachos que atesoran indudables cualidades para triunfar en el riesgoso oficio que han elegido. Los tres debieron salir insatisfechos, por motivos bien diferentes. Román, porque estuvo a punto de abrir la Puerta Grande, ganada por su ganoso afán de superar cualquier dificultad, porque su aniñada figura es bien recibida por gran parte del público y, sobre todo, porque se juega el tipo con un desparpajo que desplaza la ternura para dar paso al acongojo. Hay que reconocer que este Román valenciano torea con aplomo y templanza cuando el toro lo permite, y cuando no, se juega el tipo con una sonrisa que no deja de ser desconcertante. Y eso impacta. Ayer, le correspondieron dos toros de Fuente Ymbro de los que brindan el triunfo en bandeja: bravos, nobles y encastados. A los dos los toreó Román con afán desmedido, con la prisa que se debe disculpar en el joven que tiene la yerba en la boca. Se arrimó sin pestañear en quites y citó de largo con la muleta al tercero de la tarde, respondiendo el toro con un galope alegre y engallado, embistiendo por derecho, pero sin ofrecer ni una sola embestida gratuita. Había que llevarlo toreado, bien toreado, mandando y templando en tan arrogantes acometidas, y así lo toreó Román en los primeros compases de la faena, donde hubo naturales largos de bella factura. Lástima que el afanoso empeño del torero le llevara a acortar la distancia en los cites y acabara su labor muletera con cierto amontonamiento –lo cual le deparó una fea voltereta--, solo roto por una tanda final de derechazos embraguetados, con la tela a rastras por la arena que el fuenteymbro aguantó tirando de su fondo de bravura. Las bernadinas ceñídísimas  y una especie de media arrucina de escalofrío pusieron los tendidos al rojo vivo, más aún cuando   salió del embroque final de la estocada –algo defectuosa, por tendida y traserilla--  con el raso del calzón desgarrado y un gesto adolorido en el rostro. Se amorcilló el toro en tablas, lo levantó el puntillero y sonó un aviso, pero la gente estaba ya embalada y quiso premiar al torero con la oreja del bravo animal. Con  ella se dio un garbeo por el anillo enarenado el joven torero, entre diferentes valoraciones: unos, considerando un  desatino el discutible tino del diestro con el acero, y otros recuperando las buenas sensaciones que Román había generado durante su meritoria actuación con capa y muleta. Repitió suerte en el sexto, un toro castaño de gran nobleza que también acudió al cite de largo y no se cansó de embestir. Román le plantó cara con la mano izquierda sin titubeos y toreó al natural con excelente trazo  e innegable elegancia. Mandón y arrebatado conforme avanzaba la faena, parecía que se le abría la Puerta Grande otra vez, pero se le fue la mano en un metisaca y se eternizó con el estoque de descabellar, después de la estocada, y sonó un aviso. Por estos motivos, Román se fue de la Plaza entre ovaciones; pero, sin duda, contrito, desazonado, consciente de que no es lo mismo una ovación que una salida en hombros por la Puerta de Madrid.

Por otros motivos abandonaron el ruedo también ligeramente cabizbajos Morenito de Aranda y Joselito Adame.  El primero, porque hubo de vérselas con el toro bronco y avieso que rompió Plaza, un fuenteymbro que cazaba moscas por el pitón derecho y las espantaba por el izquierdo. Una prenda de toro. Bastante hizo con quitárselo de en medio y salir indemne del encuentro. El cuarto toro se arrancó como un tren sin frenos al caballo de picar y medio descarrilado al que guardaba la puerta, pero acabó embistiendo sin celo y con media arrancada. Esta vez, el Moreno de Aranda solo pudo dejar algunos apuntes de su excelente toreo de capa y tal cual muletazo de bella composición. Se llevó, además, un volteretón en un quite en el toro anterior.

El mexicano Joselito Adame redondeó ayer en Madrid una torerísima actuación. Así, como suena. Sus comienzos de faena de magnífica prestancia, sus series de pases naturales impecables de armonía y ritmo y sus muletazos en redondo con la mano derecha con el compás abierto, llevando empapado al toro en la muleta  y rematando con ampulosos pases de pecho, deberían haber despertado una tempestad de ovaciones, pero… allí estaba el comando censor, ajeno a la belleza del arte del toreo, disparando desde sus bastiones antimácula la munición del argumento de el sitio, esto es, el lugar entre los cuernos que el torero debe ocupar al torear, o sea, el lugar del atropello, el que hace imposible la ligazón, el que tira por el precipicio la relación entre los pases. Es la cartilla de racionamiento de Madrid, que ayer no dejó que brillara como merecía la actuación del --a mi juicio-- mejor torero mexicano del momento. Una actuación que, en cualquier otro tiempo, hubiera reventado la Plaza. Ayer, no. Ayer, se vociferaba desde arriba cuando el de abajo estaba toreando primorosamente. La espada cayó algo baja, es verdad, pero la verdad del torero en la ejecución de la suerte también fue innegable; por eso, tras negarle el presidente la oreja pedida por el público, aquél abucheo a las palmas durante la vuelta el ruedo pareció un ejercicio impúdico, inmerecido e ingrato. Repitió Joselito su forma de torear, tan limpia como ceñida y elegante, en el toro colorado y gordo que se jugó en quinto lugar, incluso cuando el animal, noble en principio, reculó y se fue hacia los tableros, donde el torero escenificó un bello final de faena. La estocada provocó un desagradable derrame, pero ello no empece la gran tarde de toros que ayer firmó en Madrid el Joselito mexicano de nuestra contemporaneidad.

Fue una tarde en la que también vimos picar superiormente a Pedro Iturralde,  colocar banderillas  con precisión y ajuste a Miguel Martín, Fernando Sánchez y Andrés Revuelta, además de torear de capa en la brega con gran eficacia, largura y templanza a Tomás López. Y contemplar el trapío y las puntas astifinas de los toros de Fuente Ymbro, encastados y bravos, en su mayoría, con las matizaciones antes esgrimidas.

En suma, una buena tarde de toros, radiante de sol, clásica del veranillo de San Miguel. Una tarde en la que los aficionados pudieron disfrutar con el arrojo salpicado de buen toreo de un valenciano que pelea por ser figura, saldada con una solitaria oreja (también contestada, no se crean) y con la  espléndida actuación de un toreo mexicano que se va de Madrid  sin grandes honores porque no ha toreado en el sitio. El sitio, de Madrid nada tiene que ver con El Sitio de Zaragoza, la marcha militar que se compuso para glorificar lo heroico frente a lo invasivo, cuando todavía Paquiro no había dado a la imprenta su Cartilla de Torear.  En El Sitio de Madrid prevalece lo invasivo frente a lo heroico. No es una marcha, es una matraca. Un sonsonete, injusto por inexplicable e  intolerable por intolerante. ¡Que tiempos estos!...