Hablan las piedras…

Creo haber leído al excelente escritor colombiano Antonio Caballero que las piedras hablan en vascuence (en euskera, diría yo), o algo por el estilo. Y si así no fuere que me perdone el amigo Antonio, por el que siento una rendida admiración. El caso es que la piedra tiene mucho que ver y que contar en los hechos que jalonan la historia de la Tauromaquia; para empezar, porque la piedra, colocada por sillares ciclópeos, fue asiento de cimentación en los cosos taurinos primigenios, y con gran frecuencia puesta con aparejo lineal en sillares chiquititos, para conformar los asientos de los tendidos. Desde esta última disposición,  la piedra a cara vista ha hablado largamente a través de los años –en vascuence o en castellano, elijan ustedes— para proclamar ese dato fehaciente que tanto preocupa a los organizadores y a los protagonistas de la corrida: la entrada, esto es, el cómputo de público que se aposenta en los graderíos.

–¿Y la entrada, qué tal? –se le pregunta con vivo interés al asistente al espectáculo.

–Mediana: Mucha piedra al descubierto –responde el interpelado.

Recuerdo también que antaño maricastaño hubo una serie de televisión que se titulaba Si las piedras hablaran… en clara alusión a la mudez petrificada de los colosales monumentos que se han mostrado impasibles al paso de los años, a pesar de ser testigos de los avatares que fueron construyendo la Historia de los Pueblos.

Pues, bien: puede que las piedras de los castillos, catedrales o faraónicas obras de rudimentaria pero magnífica ingeniería no digan ni mú por los siglos de los siglos, pero las de las plazas de toros hablan, ¡vaya si hablan! A grito pelado.

Acaba de terminar la feria taurina de la Virgen de San Lorenzo en Valladolid y he podido ver, con pesar, que las piedras calizas de Campaspero han lucido más que nunca. O al menos mucho más que en los ciclos taurinos de ediciones anteriores. Campaspero es un pueblo vallisoletano que se asienta entre Peñafiel y Cuéllar, dos localidades muy taurinas y muy castellanas. Desde la más remota antigüedad, a Campaspero se le distingue, entre otras cosas, por la calidad caliza de la piedra de sus canteras. El coso del paseo de Zorrilla llenó con esta piedra sus tendidos, y las hileras de sus antañones asientos están ahora onduladas por los diversos asientos que ha sufrido el edificio.

He visto tanta piedra este año, tanto Campaspero al descubierto, que no me he  podido resistir a entrar en diálogo con tan noble elemento; de modo y manera que me he entregado a la tarea de poner el pabellón auricular sobre esta venerable y blanquecina sustancia mineral, libre del obsceno reposo de la almohadilla, para absorber las sicofonías de su acendrado saber y entresacar lo más notable que acaeció sobre el ruedo de la Plaza del paseo de Zorrilla en los tres últimos festejos taurinos.

Mi confidente de Campaspero me chiva que la corrida del viernes tuvo carácter de acontecimiento.

–Sí, señor, esa tarde se  produjo en Valladolid el primer indulto de un toro en corrida formal (la historia dice que hubo antes un novillo indultado hace 111 años, pero aquello fue una negligencia del novillero que padeció las intemperancias abruptas del animalito… y se lo echaron al corral, que no es lo mismo). El caso es que, en esta ocasión, El Juli toreó de muleta de forma soberbia, llevando la mitad de la tela escarlata arrastrando por la arena y ligando los muletazos sobre ambas manos en series de largo contenido y temple y mando admirables. Magnífico El Juli, que realizó una de las mejores –si no la mejor—faenas de cuantas se cuentan en su muy copiosa temporada. El toro de Daniel Ruiz, bravísimo y noble hasta decir basta. Aguantó las tandas en redondo de amplia curva con el hocico por el suelo, y una gran fijeza. Antes, había recibido un soberbio puyazo de ese gran picador que es José Antonio Barroso y acudió alegre y veloz al cite de los banderilleros. No llevé la cuenta de los pases –ni falta que hace– que El Juli le dio a Fanfarria, un toro de peso razonable: 492 kilos repartidos en unas armónicas hechuras.

–¿Fue de indulto?—le pregunto a la piedra el tendido 4, que fue la que lo vio de forma más despejada.

–Por supuesto—responde ufana–. Toros como este, que aguantan sin abrir la boca decenas y decenas de pases sin mostrar síntomas de agotamiento ni emplear una mínima picardía, son de admirar, de gozar y de indultar.

–Y yo me lo creo. De verdad. ¿Quién más actuó?

–Un chico rubio, creo que de Valencia, llamado Román, ocupó el puesto del lesionado Manzanares, y cumplió con creces. Valor y entusiasmo. Román, joven torero emergente, pero relegado a matar corridas de colmillo retorcido se encontró con dos toros bravos de Daniel, el segundo de su lote, serio hasta decir basta, tuvo mucho que torear. Su entrega fue generosamente valorada por el público que le premió con oreja en cada toro y le sacó, junto a El Juli, por la Puerta Grande. Se fueron solos, porque a Roca Rey le correspondió un lote feo y malo. Ah!, y a El Juli no le dieron los máximos trofeos porque no había toros en el desolladero a quien cortárselos. Pura anécdota. Lo bueno, lo grande, había ocurrido minutos antes.

–El sábado dicen que había gran ambiente…

–Qué va, fue un espejismo. Las piedras estuvimos esa tarde bien a gusto; en mi caso, bien cómoda. Y ventilada. Tarde de ventarrón. Ponce, como siempre, mostrando un afán desmesurado para sacar el mejor partido a los toros. Este Ponce es capaz de pegarle pases hasta al carretillo del pintarrayas de la Plaza. Se empeñó en cortar una oreja al primero de su lote y se la cortó. Lo mismo hizo con el segundo. Y del tercero se llevó las dos, porque sus faenas, casi todas de largo metraje, tienen como fin desplegar todo su repertorio de  pases –a mi no me gusta la poncina—y, sobre todo, exprimir todo el caudal de embestidas de los animales. En puridad, hay que reconocer que toreó con la izquierda de forma magistral; pero no es menos cierto que Enrique Ponce, te lo juro, deja a los toros para el arrastre, antes de montar la espada. Por cierto, a su último toro lo despenó de un volapié extraordinario.

–¿Y Manolito Sánchez, qué tal afrontó esa corrida especial de fugaz –suponemos—reaparición?

–Pues con buen ánimo, pero las cosas no salieron como esperaba. El público desde luego, jamón serrano. Le obligaron a saludar después del paseíllo y no dejaron de jalearle los pases, muchos de ellos impregnados de esa enjundia y despaciosidad que caracteriza a su concepto del toreo, pero…

–¿Pero, qué?

–Pues que le fallaron las espadas. En el primero, porque pinchó, en el segundo porque mató atravesado y pegó un  mitin con el verduguillo, al punto de que le tocaron los tres avisos; pero al matar al primer viaje al sexto la gente se empeñó en que saliera en hombros con su amigo Enrique y lo consiguió. Le otorgaron las dos orejas del toro.

–Bien está lo que bien parece. Cúmplase la voluntad popular.

–Desde luego. Y hablando de popular, durante muchos años la corrida de rejones traía hasta Valladolid a gran cantidad de gente del alfoz. Aquí gusta mucho el caballo; pero ¡qué pena de entrada! Pablo Hermoso de Mendoza debió flipar con tanto Campaspero al descubierto. Después, los toros de Bohórquez, nobles y bajitos de casta, cumplieron resignadamente su cometido de perseguir a las cabalgaduras de Manzanares y Lea Vicens, que mataron con prontitud –que no quiere decir bien—y cortaron una oreja a cada toro. Otra cortó Hermoso, con diferencia el más destacado, siempre en maestro del arte de torear a caballo. Pero, cuando miraba a los tendidos se le caían los palos del sombrajo.

–¿Algo más, querida piedra?

–Nada. Que no quisiera estar tan abandonada en las tardes de toros de Valladolid. Somos muchas las que estamos a la intemperie. Demasiadas.

Y aquí fina la crónica taurina del elemento más sólido y más atento que se pudo ver –en abundancia–  estos días en el interior de la plaza de toros de Valladolid. La Piedra de Campaspero de su plaza de toros, de momento, está fija y sola. No come pipas; pero  todo se andará.    

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