La rareza del ole

 

Me pregunto dónde se habrá ido el ole en las tardes de toros, en qué rincón de las Plazas lo han escondido, quién lo ha secuestrado. Van saliendo toros por la puerta de chiqueros, van yendo toreros a su encuentro, tratando de jugar con donosura el carmesí de sus capotes y el escarlata de sus muletas, y es raro que de los graderíos salga ese grito espontáneo, visceral y sincero con el que toda la vida de Dios se han subrayado las suertes de la lidia, cuando fueron bellamente ejecutadas: ¡¡Ooooleeee!!... u ¡¡ooooleeeé!!... En estos tiempos, el ole tradicional es una rareza. Todo lo más que se percibe en la acústica circular de los escenarios taurinos es un opaco rumor procedente del callejón o de la angustura de los burladeros donde se refugia el peonaje del matador: ¡¡Bieeeeén!!... dicen los emboscados tras las tablas del dicho refugio. El ole, qué pena, está abocado a entrar en estado terminal.

La segunda corrida de la feria taurina de la Virgen de San Lorenzo que se está celebrando estos días en Valladolid mostró un claro ejemplo del trance por el que está pasando esta Fiesta nuestra. Los toros de Matilla (empresario, apoderado, ganadero y no sé qué más) salieron bravos y codiciosos, excepto uno, el tercero, que se mostró respondón. Toros aparentes, sin estridencias corpóreas ni cornudas, aunque supongo que no colmarían las apetencias del aficionado actual, que tiene formada una imagen abueyada del toro de lidia, como prototipo del trapío contemporáneo. Los tres toreros del cartel, Sebastián Castella, Miguel Ángel Perera y Alejandro Talavante, están considerados figuras de este tiempo, y bien ganado lo tienen, que no seré yo quien les regatee un ápice del mérito que han contraído en estos años de dura ducha por los ruedos del mundo. Son tres grandes toreros. Resultado: algo menos de media Plaza cubierta de espectadores. ¿Qué está ocurriendo?

Ocurre que Castella toreó de capa con gran ajuste y variedad de suertes, en las que predominaron las que ahora se han puesto de moda: tafalleras y cordobinas, para después hacer una demostración imponente de quietud, de estática total, de jugar (aparentemente) con el toro, pasándoselo bien delante de la barriga como por detrás de la culera, con una increíble economía de movimientos. Ocurre que Miguel Ángel Perera repetía la operación, pero con mayor largura, si cabe, en los lances de capa y los muletazos. En quietud, pocos superan a Perera. Los toros, eso sí, bravos, apenas picados, aparentes para no volver la cara ni torcer el gesto en la embestida, posibilitaron este toreo de parón, que tanto sorprendió a los públicos del segundo y tercer decenio del siglo pasado, y que algunos toreros, como Manolo Litri pagaron con su vida. Sorprender es muy distinto de cautivar. Y, perdónenme, en el arte del toreo si no cautivas no emocionas; y sin emoción esta Fiesta se amustia, se adocena, se consuela con el ¡bieeeeén!… de los taurinos y no arranca el ¡ooooleeee!... de los aficionados. Ayer, durante esas faenas quietas, estáticas, tancredistas, se escuchaban por los tendidos algunos murmullos de admiración, y algún que otro ¡ay!..; pero los olés seguían recluidos en la bodega de cada cual.

Por eso, cuando Alejandro Talavante (inédito justificado con el indócil,  inservible y abecerrado tercer toro) cortó por lo sano y no perdió tiempo en aburrir a la gente, nadie le pitó; pero cuando toreó de muleta espléndidamente al sexto de la tarde, un toro de Matilla serio, bravo, encastado y codicioso, los oles salieron de las galeras de la Plaza, donde llevaban engrilletados toda la tarde. Ahí había arte, belleza, sugestión, torería… el menú imprescindible para despertar el apetito del ole, que en cuestión alimenticia de esta clase es un exquisito. Talavante clavó una eficaz estocada y cortó las dos orejas y lo sacaron en hombros por la Puerta Grande. También Perera se llevó una del quinto. Y si no llegan a fallar estrepitosamente con los aceros, Castella y el propio Miguel Ángel Perera hubieran nutrido cumplidamente sus respectivos esportones. De acuerdo; pero el ¡ooooleeee!, el gritó explosivo y admirativo del público, solo apareció en el último toro.

Dicen los expertos en antropología lingüística que ese ole tan español y tan legítimamente taurino procede de un vocablo árabe que se justifica como calificativo de un suceso imprevisto, sorprendente, de algo sobrenatural y se traduce así: ¡Por Dios!... Pues eso digo yo: por Dios bendito, que los encargados de despertar las emociones que dormitan en un rincón del alma de los espectadores, es decir,  los toreros que sienten el arte en lo más profundo de su ser, entren en acción de una vez por todas y nos devuelvan el placer de disfrutar de la belleza, creada por ellos en el momento que la muerte anda por allí, meticoneando sin pudor en medio de una situación de riesgo. Si nos quitan el ole, se llevan por delante la fuerza expresiva y exclusiva de ese  contemplador estático (el público), que forma parte de la esencia de la fiesta de los toros. Ni más, ni menos.