El día que perdimos a Dámaso

Es de rigor considerar que las pesadillas son historias oníricas que provocan en el durmiente un estado de inquietud, de desazón o de pánico intermitentemente reprimido. De la pesadilla, se despierta uno con las pupilas dilatadas, cargadas de sorpresa, incredulidad o sencillamente miedo. Lo bueno que tienen las pesadillas es que cuando uno regresa a la realidad cotidiana y abre el ojo a ras de la almohada, comprueba que todo lo que acaba de vivir es cosa virtual, pura falacia, pura comedia, o mejor, puro melodrama representado sobre el escenario de la imaginación. Y es entonces cuando el cuerpo se relaja y disfruta en soledad como pocas veces. Algo parecido al alocado disfrute que provoca la reconciliación de los amantes tras la negra acritud de una disputa. En cambio, cuando el despertar viene motivado por el zumbido de ese miserable mensajero que es el despertador telefónico y compruebas que trae de reata una notica terrible, la pesadilla pasa a primer plano de la realidad y te deja noqueado por varios minutos en la lona de la sábana de abajo.

Algo de esto último me ha ocurrido esta mañanita. El encerado luminoso --y maldito, esta vez-- de la pantalla del móvil me insiste en que es verdad, que debo creérmelo, que ha muerto Dámaso González. Llamo al torero Vicente Ruiz El Soro y su voz me llega entre sollozos. Marco el número telefónico de Luís Francisco Esplá –cuñado de Dámaso--, con quien ayer compartí tarde de toros y programa  de televisión en Bilbao hasta bien entrada la noche y no obtengo respuesta, por lo que deduzco que ya se ha puesto en marcha y, por tanto, el mazazo luctuoso no tiene vuelta de hoja. Este 26 de agosto de 2017 pasará a la historia del toreo como un día tristemente célebre: El día que perdimos a Dámaso. Así, sin apellido. Las grandes figuras no lo necesitan.

Ha muerto Dámaso, así pian pianito, como toreaba a los toros y a la vida. Y yo me acuerdo de aquellos años setenta, ya bien avanzados, cuando le tuve al alcance de mi pluma primeriza, aún con el punto sin desbastar y, por tanto, insolente y blasfema. A Dámaso, por aquél entonces, la venalidad o maliciosa ignorancia de la crítica imperante le contaba los pases en gran alarde peyorativo; y uno, que tenía a aquellos gurús por natural referencia tardó muy poco tiempo en comprobar cuán injusta y bellaca es, a veces, la herramienta del escribidor de toros. Y la mente que le da órdenes,  naturalmente.

Me hice damasista desde que le cortó el rabo a un toro en la feria de Valladolid, allá por el año 77 o 78, no recuerdo muy bien. Fue aquél ejemplar de la raza bovina de lidia, un claro exponente del toro mansurrón, huidizo, remolón, incierto, malo de solemnidad, que se refugió en las tablas; y allí, en el terreno elegido por el toro, Dámaso le llevó prendido en los vuelos de su muleta cuantas veces quiso, pasándoselo por la faja  o por la espalda una y otra vez sin  que  se inmutara la figura del torero ni la tela roja de la franela presentara la más mínima arruga. ¡Ah, el temple de Dámaso! ¡Qué gran descubrimiento!

Estoy seguro que los renglones de los obituarios de la prensa de mañana se llenarán de temple. El temple por aquí, el temple por allá. El temple, el temple, el temple… ¿Acaso Dámaso González solo ha representado en el toreo la imagen del temple?

Creo, sinceramente, que ha sido mucho más. Ha sido el último mohicano que se echó de bruces sobre el rocoso desfiladero de las capeas, aquellas encerronas de los años sesenta, en las que no se sabía quiénes eran más peligrosos, si los toros talludos y cargados de zunas o los mozos forzudos y armados de garrota que tan bien supo retratar Ángel María de Lera en su popular obra Los Clarines del Miedo. Miedo daba ver a esos muchachos barbilampiños, cargados de ilusión y de bullidora entrega, que se ponían delante de las tarascadas de vacas resabiadas y toros mostrencos, ayunas de bravura las unas  y ahítos de picardía los otros y, cómo no, en ocasiones de los zurriagazos de las varas de fresno de los lugareños. Las capeas, afortunadamente ya en desuso, eran un banco pedagógico primario que presumía de axioma: la letra con sangre entra. A Dámaso, por entonces, le conocían en Albacete como El Lechero, solo poco antes de que se anunciara en los carteles de sus primeras novilladas como Curro de Alba. Ciertamente, el nombre y el apellido de la pila bautismal no ofrecían gran atractivo para la fonética taurina, pero en muy poco tiempo, ya en Barcelona, un tal Dámaso González, acabó con el cuadro… en el redondel de la Monumental.

No soy amante de la estadística. La considero, simplemente, orientativa para encajar lo cuantitativo, no lo cualitativo. La tendrán ustedes, ofrecida de forma prolija, en las oportunas biografías que surgirán tras la desaparición de este gran torero. Me interesa más, por tanto, destacar la cualidad de Dámaso González como dominador innato de toros mohínos y reservones, pero, a la vez, la de un conductor maravilloso de los bravos y boyantes, apoyándose siempre en ambos menesteres en la sólida quietud de sus piernas, en la firmeza de sus brazos y en la inconsútil suavidad de sus muñecas de seda. Valiente como el que más, sincero como ninguno, puedo asegurarles que le he visto cuajar faenas sencillamente antológicas.

Queda, sin  embargo, un aspecto más a resaltar en la personalidad irrepetible de este ejemplar de la raza humana que nos abandona: su innata bonhomía. Difícil encontrar un pedazo de pan, vestido de luces o de paisano, del tamaño de Dámaso González Carrasco, el torero y el hombre que nos ha dejado sorpresivamente, pintando en el rostro de sus incontables amigos y admiradores el garabato que representa el dolor de lo irreparable. Entre todos ellos me encuentro. Con todos ellos me identifico.

Ah, una cosa más: admirado artista, querido amigo: antes de que desaparezca tu figura de la faz de la tierra, déjate el nudo de la corbata ligeramente desaliñado entre el cuello de la camisa. Es una de tus señas de identidad. Dios, te reconocerá en seguida. Pasa, Dámaso, estás en tu casa.