La bandera de la banderilla

¡La banderilla!/mire usté qué poca cosa/cualquier rosa, tarda más en crecer…/pero la banderilla, nunca puede crecer hasta bandera/se ha quedado en chiquilla/ Pequeña, jaranera, graciosa, airosa, un poco nerviosilla y un mucho  pinturera, pero chiquilla/por eso se le llama…¡Banderilla!

Entresaco estos versos del poeta granadino Manuel Benítez Carrasco, a quien llegué a conocer en México y al que cito con cierta asiduidad, no tanto por su calidad literaria, sino por el entusiasmo españolista que destila su obra (en la que aparece con frecuencia el tema taurino) y por su expresiva dicción como excelente rapsoda. Pertenecen al poema titulado La Banderilla, cuyo contenido es tan original como sorprendente.

Lo traigo a colación porque hace apenas cuarenta y ocho horas, la banderilla ha vuelto a ser protagonista en Bilbao. La banderilla en Bilbao, ya se sabe, es especial. Mi amigo Fernando las vestía con galanura, utilizando ricas telas de vivos colores y bullones pomposos a lo largo del palo de escoba entre el tramo desnudo de la empuñadura y el arpón. Supongo que su descendencia lo seguirá haciendo con idéntico mimo artesanal, dotando a las banderillas que ofrece el emboinado servidor a los toreros en la Plaza de Vista Alegre, de ese acento especial que imprimen los bilbainitos chirenes a las cosas que dan carácter a su tierra: lo bueno, rico y amplio.

Ocurre, sin embargo, que algunos toreros –los que acostumbran a protagonizar los tercios de banderillas--  llevan sus propios palitroques entre el equipaje que manejan. Son varios pares alineados cuidadosamente en la arqueta correspondiente, que se puede ver abierta de par en par –nunca mejor dicho—que se retrepa sobre la pared del callejón. Antonio Ferrera es uno de ellos.

Antonio, ibicenco de cuna y extremeño por crianza y convicción, suele ordenar que los papelillos engomados del vestido de sus banderillas lleven los colores de la bandera de su tierra de adopción, Extremadura y de la nación a que pertenece, su querida España. ¿Alguien le puede negar tan elemental derecho?

Pues en la segunda corrida de abono de las Corridas Generales de este año, al brindar su primer par de banderillas  al público –escaso, por cierto-, se escucharon silbidos en algunos sectores de los tendidos porque los garapullos se envolvían con los colores de la bandera española. Ya se sabe: estamos en Bilbao; de provocaciones, nada.

Como es habitual, los aplausos fueron muy superiores a los pitos, pero, repito, estamos en Bilbao, y aquí pocas bromas con estas cosas. Y eso que, como decía Benítez Carrasco, la banderilla nunca puede crecer hasta bandera. Por tanto, ¡qué tendrá que ver!

Recuerdo que, hace muchos años, se ordenó borrar de esta plaza de toros la franja rojigualda que envolvía perimetralmente la separación de los tendidos de arriba de los de abajo, cambiándola por los colores del Athletic… de Bilbao, que es, repito, donde estamos. Recuerdo, también, que este hecho provocó la diáspora de mi añorado amigo Vicente Zabala Portolés, exiliándose voluntariamente durante estas fechas de agosto y cambiando las Corridas Generales bilbaínas por la feria taurina de Almería. Fue la forma de responder a  lo que en aquél tiempo consideraba el crítico taurino de ABC una provocación en viceversa.

El caso es que la guerra de banderas (que en Bilbao tenía especial virulencia durante su Aste Nagusia, utilizando un insólito armamento de mástiles en el balcón del Ayuntamiento el miércoles de fiestas, creo recordar) continua, más o menos atenuada. A Ferrera, le pitaron los colores de la bandera de España de su par de banderillas, y Antonio se negó a banderillear. Entonces, arreciaron los aplausos, pero ya no hubo marcha atrás.

¿Por qué no había de haberla? A Paquirri también le pitaban en idéntica tesitura, y además en unos tiempos (años setenta y ochenta) en que la cosa  estaba especialmente virulenta en el País Vasco, y el torero ponía tres pares de banderillas con estos colores y por cachavas.

Con todos mis respetos para Antonio Ferrera, creo que debió tirar para adelante con sus banderillas, porque estoy seguro que su triunfo hubiera sido el mismo. En Bilbao, y en el ruedo de su plaza de toros, nadie piensa que estas cosas son un agravio deliberadamente provocado. Nadie, excepto los obcecados de rigor.

En cierta ocasión, estando a punto de comenzar una corrida de toros en la fantástica Plaza bilbaína, penetraron en el palco en que me encontraba una tropa de exultantes mexicanos, a los que saludé con el cariño proverbial que me despierta el encuentro con gentes de aquél país. Lo primero que hicieron, antes  de tomar asiento, fue colocar una bandera de México sobre en enrejado de la balconada. Mientras esto sucedía, se me acercaron desde el palco de al lado tres amigos de Pamplona, muy vinculados a la taurinísima Meca, que se sorprendieron por la algarabía de los vecinos recién llegados y por el cariñoso trato que me deparaban. Entonces se produjo el siguiente diálogo:

--¿Los conoces? - me preguntaron los navarros.

--Para nada; son aficionados a los toros y han reconocido mi rostro, simplemente. Son así de efusivos -respondí.

--¿Y por qué han colocado en el palco la bandera de su país?- insistieron.

--Porque hoy actúa un torero un mexicano; pero sobre todo, porque pueden. Yo no podría colocar la del mío.

Esta es la triste realidad.